29 de octubre de 2015

Cuento: "El empresario explotado". Carlos Ponce

09:58 By Santiago Daydi-Tolson

Aquella tarde me sentía desconsolado. Con mi esposa en el hospital para dar luz a nuestro quinto hijo, mi amante viajando por Miami con el idiota de su marido y mi novia enojada conmigo por haberme encontrado haciendo el amor con su hermana, vieja anticuada, ¿en qué siglo vive? En fin, una tarde de perros para mí, Joaquín Ramón de la Roca, que vida tan jodida. Pensando que tragar podía disipar mi mal humor fui a parar al restaurante de moda, La Mordida del Político. La mitad de las mesas estaban vacías; la hora de comer había pasado y era temprano para cenar. Definitivamente no era el ambiente que había imaginado. Tenía hambre, pero hambre de contacto humano; nada complicado, no me apetecía una conversación pesada, llenadora. Se me antojaba una charla ligera, salpicada de chistes y bromas de buen gusto sobre la gente gorda, fea, pobre y, por si fuera poco, estúpida. Qué digo, estúpida, imbécil ¿podría ser de otro modo? De ninguna manera, con su escuálido ingreso, lo dudo. ¡Ah! Los desarrapados, la clase más grande del país, los que nunca van al gimnasio ni comen sushi o ensaladas, los diabéticos hipertensos. Panzones de solitarias, ni siquiera juegan golf o van a Suiza a esquiar, a lo mucho van al boliche a atragantarse con pizza y cervezas nacionales. En fin, allá ellos, ésa no es mi bronca. Al verme llegar, el naco de la entrada se me acercó oliendo a ajo y pobreza ofreciéndome una sonrisa de cocodrilo. ¿Una mesa para el señor? Vaya pregunta estúpida, ni que yo fuera el cartero, con mi traje de Christian Dior de dos mil dólares y zapatos Lamborghini de seis mil verdolagas. Pero el retardado no captó la ironía y seguía esperando mis órdenes cual perro fiel. En eso llegó el maître, que me conoce pues cuando vengo le unto la mano con varios billetes de a mil para apantallar a mis amigos. Deshaciéndose en saludos me condujo a un salón privado y me soltó una pregunta que demuestra lo tarado que es: ¿Espera a alguien más? No, imbécil, espero a tu pinche madre para comérmela en escabeche, tráeme el menú y un whiskey que sea más viejo que la madre que te parió. A le mejor el cabrón se molestó pues vi como que su risa fue medio pichurrienta pero ¿quién soy yo para estar de payaso de mequetrefes? En el saloncito había una puta televisión y como yo estaba solo la prendí para ver si me distraía de mis pendientes. Me puse a ver una película porno pero me aburrí. La chavala estaba guapísima y me pregunté ¿Cómo es que esa pájara no se consigue un buen esposo que la mantenga en vez de dedicarse a andar cogiendo con todo mundo y agarrando enfermedades venéreas al por mayor? Pedí otro whiskey y un bistec tan grande que casi me trajeron toda la vaca. La película era de una rorra que se había cambiado a un departamento y llamaba al electricista para que le conectara la electricidad y se enchufaba a la nena. Después venia el plomero a arreglar el calentador y se la recetaba; ya para cuando llegaba el del teléfono para poner el cable yo estaba fastidiado pues todo era lo mismo. No sé cómo los degenerados sexuales no se aburren de ver lo mismo una y otra vez. Eso sí, el bistec estaba de pelos, delicioso y ya con mi tercer whiskey me olvidé de mis problemas y a disfrutar la vida. Hasta le dije a Roberto, el mesero culero, que si quería un empleo mejor pagado que me fuera a ver a mi despacho y le di mi tarjeta, yo te pago el doble de lo que ganas aquí, le dije. El cabrón no lo podía creer y me daba las gracias con mil caravanas. Total, pensé, cuando vaya a mi oficina le digo a mi secre que lo mande a la chingada y así me divierto otro rato. El jueguito me funcionó pues Roberto me traía mis bebidas en un dos por tres. Esa maña la aprendí en los cursos de Donald Trump. Ese tío sí que es bien hacha; a mi sus lecciones me han servido para acrecentar mi capital, a la mejor un día llego a ser el Trump de México ¡ándale papacito! Me puse a checar la tele y para mi sorpresa lo más entretenido era una plática del Papa Francisco. Yo nunca he sido muy religioso que digamos. Cuando era niño iba a la iglesia porque mi mamá me obligaba y ya de adulto pues solo voy por conveniencia; a la boda de la hija del señor presidente, a la primera comunión de la nieta de mi socio Pascual y cosas por el estilo pero ir a perder el tiempo a darle gracias a Dios, ¡ni madre! El dinero que tengo lo heredé de mi padre y mi trabajo me ha costado acrecentarlo. Pero debo de reconocer que ver al Papa Francisco me atrapó desde el principio. Como que ese buey se ve sincero y luego lo que dice: que hay que tratar bien a los más necesitados, que hay que compartir con los jodidos, todas esas chingaderas me llegaron y hasta se me salieron las lágrimas. Me sentí conmovido, sobre todo por haber llorado, no cualquiera se emociona al ver que alguien está haciendo algo por los desdichados. El Papa sí que sabe, me quedé pensando; esto lo deberían ver los dueños desgraciados de Wal-Mart que me compran las cosechas de mis ranchos a precios de remate, el maldito de Bill Gates que no da descuento en sus programas a pesar de que en mis compañías le compramos miles de ellos, el vende patrias de Carlos Slim que se aprovecha de su monopolio para exprimirme con sus tarifas telefónicas, el pinche Azcárraga que me saca hasta las lágrimas por anunciar mis centros comerciales en sus telenovelas bazofias. ¡Bola de aprovechados, sanguijuelas! Me sequé las lágrimas y hasta de propina le dejé una milonga a Roberto. Iba a hacer lo mismo con el bato que me trajo mi Ferrari pero mejor nomás le aventé un billete de veinte al piso a la vez que le grité: Y di que te fue bien tarado, eso te pasa por lento. Ja, ja, ja, la verdad es que ni se tardó tanto, pero tampoco hay que tirar del dinero a lo loco. Además eso le sirve de incentivo al infeliz para que le eche más ganas; ay que dichoso soy, ni duda cabe que este Papa si es bien reata y está luchando por ayudarnos a nosotros los explotados. A la mejor hasta doy un donativo a la Iglesia; eso sí, anónimo para que no me comiencen a llegar los curas pediches a que les dé más, ¡ni madre! Luego no me los quito de encima.

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Jueves 29 de octubre, 2015








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