14 de agosto de 2015

Viajes: "Confesiones de una inmigrante documentada". Segunda Parte. Lilianet Brintrup Hertling

08:16 By Santiago Daydi-Tolson

Mi llegada a California desde la costa este hizo cambiar mi opinión al respecto. El curioso encuentro ha sido con personas que casi displicentemente ignoran los coches. No les interesan, los detestan y los evitan diciendo, El coche sería mi última opción en la vida. Dichosos algunos, digo yo. Entiendo que el coche en Estados Unidos, para la clase media trabajadora como también para clases sociales que están un poco más arriba y/o un poco más abajo, no es un asunto de opción, es un asunto vital en una sociedad móvil que al fin de cuentas lo que menos le gusta es estarse quieta. Su verdadero dios es el movimiento, el cambio; es en el desplazamiento mismo donde el norteamericano de habla inglesa halla su fortuna, su suerte, su identidad, su destino. Su tradición se construye a partir del movimiento, del cambio rápido, y si esto le soluciona algo de la miseria de su diario vivir, pues entonces, mucho mejor. Sin duda que nada lo hace más feliz que observar su propia realidad a vuelo de pájaro y sacar de allí profundas verdades; sentado en el coche realizará las mayores especulaciones, los más preclaros inventos, como también los más espúreos negocios. Basta ver la televisión: la gran mayoría de los anuncios comerciales de coches o de otros productos se anuncian con gente saltando dentro o fuera de un coche, caminando o bailando.

¿A qué hora se está quieto este país? es una de las preguntas que muchos viajeros y residentes extranjeros nos hemos preguntado y nos preguntamos aún. Nunca, sería la respuesta más acertada, debido a que el coche es el instrumento favorito y apropiado para quienes no disponen de tiempo para ver los dos crepúsculos diarios. Lo increíble de todo esto, y pasado el shock de los primeros meses, es que el extranjero se habitúa y no por la simple cuestión de ‘al país que fueres haz lo que vieres’, sino por una comprensión curiosa que no siempre acertamos a explicar. El aquí y el ahora de la existencia humana tendría que agradecerle algo al coche: vamos todos a grandes velocidades sentados cómoda o incómodamente en nuestros automóviles, bien dispuestos a llegar a algún lugar pensado, por lo general, como ‘un mejor lugar’. Pero el andar de un lugar a otro, en realidad, no nos ha llevado a ese lugar mejor, porque no nos ha mejorado moralmente. Sin embargo, la prisa constante del norteamericano en sus rutas revela no sólo lo que ya todo el mundo sabe, es decir, que ‘el tiempo es dinero’ para éste, sino que también muestra una consideración para aquél que viene atrás; el norteamericano se apura, hace maniobras, se encaja en pequeños espacios, hace virajes espectaculares, toca la bocina, todo, con tal de dejar pasar, de no estorbarle el paso al que viene atrás. Así mismo observa rigurosamente los turnos y pobre del que se atreva a tomarse el turno de pasar si no le corresponde. La pregunta que habría que hacerse, en realidad, es que en medio de la veloz paradoja móvil establecida por el asedio del glamour y del férreo individualismo, ¿cómo se puede llegar a ser persona en un mundo donde la persona no existe, en donde el anonimato es el pan nuestro de cada día? Tal vez, precisamente por esto, al desaparecer el individuo, queda el coche; y a éste, al coche, es al que de verdad se le cede el paso y se le conceden venias y reverencias.

El clima no es un impedimento para el conductor de este país; he observado que incluso mientras más lluvia hay o más nieve, el chofer norteamericano, buscador de desafíos por excelencia, toma esto como un reto acelerando aún más. Por otro lado, el hecho de que algunos no tengan coche hace que aún podamos ver gente caminando por las calles de las ciudades de por sí bastantes fantasmales. Las ciudades americanas se han hecho para coches; son amplias, bien delineadas, con, en general, veredas a veces estrechas, con clara señalización, escueta y rigurosa precisión en nombres y números; con la excepción de algunas ciudades en las que como uno espera que todo esté bien señalizado, al menor cambio o falta de señalización, el chofer se pierde hasta no volver a encontrar más la calle buscada. Tomar una salida (Exit) equivocada en una ciudad grande como Los Ángeles, Washington D.C., Houston etc., significa simplemente perderse; y lo menos que le puede costar al desesperado chofer son hasta dos horas en tratar de ‘volver a entrar’ o ‘volver a salir’. Curiosamente, mi experiencia me ha enseñado que en esas ciudades mal señalizadas, en donde los anuncios en las calles son algo caóticos y a veces poco legibles, esas ciudades, digo, son a veces las más abiertas a la diversidad, las más tolerantes y hasta las más humanas. La ciudad así, no expresa su real intención y esto le permite al chofer moverse más libremente o por lo menos sin tanto miedo.

Caminar, por otro lado, en una ciudad norteamericana es despertar la sospecha de los habitantes y la de los conductores: ¿qué estará haciendo esta persona caminando?, ¿es que nadie le puede “dar un ‘ride’ o un ‘aventón’?, ¿es que nadie puede detenerse y llevarle? Para un estadounidense es casi inconcebible el hecho de que alguien ‘normal’ y ‘regular’ pierda tiempo caminando por las calles o simplemente que ponga atención a los coches; porque esto es precisamente lo que un valiente peatón debe hacer en medio del vertiginoso pasar de los coches: mirar, cuidar que nadie se le venga encima; repetirse a sí mismo/a que tiene derechos previos a los de la máquina que vino después que el bípedo al mundo. Con toda seguridad este hecho histórico es difícilmente comprendido por las nuevas generaciones que han nacido, se han alimentado y vestido dentro de un coche desde su más tierna infancia. Lo mejor, hoy día, para ‘torear’ bien los coches y cuidarse de ellos con parsimonia y sin mala leche, es vestirse de turista y echarse a las calles a cualquier hora del día o de la noche; porque en un lugar donde el tiempo es dinero y el dinero puede significar otro coche, parece imposible que alguien quiera desplazarse por calles sólo por gusto o disfrutar de una caminata diaria al ir a su trabajo (cuestión casi imposible debido a las distancias que separan la casa habitación de los centros laborales).

El hacer dedo está, además de prohibido, totalmente desacreditado debido al serio peligro que corren los conductores de alma caritativa; exponen su vida por el único hecho de detenerse movidos por un acto de compasión de llevar a alguien. Se ha sabido de casos de brutalidad inaudita en que no sólo el conductor ha sido despojado de su ropa, de su coche, sino que torturado y asesinado y a veces hasta sexualmente violado. Sin embargo hay todavía algunos jóvenes y también personas maduras y hasta ancianas que se ven obligados a recurrir al asunto aventón. Y aunque uno sepa que no yace un criminal en cada uno de los que están apostados a orillas de las calles y carreteras, uno pretende no verlos, porque el miedo con que se vive en este país ha logrado carcomer nuestra poca sensibilidad social.

En la carretera o highway se ve, desde luego, cómo el mundo se divide en perfectas clases sociales aunque camufladas en este ir y venir enfebrecido y ya necesario: los que conducen por las vías de la izquierda a altísima velocidad, pero casi siempre un poco así como que no quiere la cosa, imperceptiblemente a 180 ó 200 kilómetros por hora en Mercedes Benz, VMW, Jaguar; los que conducen definitivamente un coche cuyos dueños jamás comprarían otro tipo de coche que no fuera un SUV (Sport Utility Vehicle) que manejan deslizándose de extrema derecha a extrema izquierda de las vías con orgullo, fuerza, rapidez y poder, porque son precisamente los valores que representan; y los que conducimos más bien por las vías de la derecha (envidiando un tanto a los otros, como corresponde a todo inmigrante más o menos ‘reventado’ o en ‘vías de progreso’) en Wolkwagen, Honda, Toyota, Subaru, Nissan, Chevrolet y Ford de hace una o dos décadas, y que también vamos a alta velocidad, pero eso sí, notoriamente. El coche aquí se hace notar, no por la fuerza de la voluntad de su conductor o por la suave belleza de la máquina, sino simplemente porque el coche cruje, emite sonidos imprevistos, extraños e inubicables de una u otra manera. Hablo de ese lado donde uno está obligado a ceder el paso a todo el que se le ocurra o tenga necesidad de entrar a la vía principal.

La inventiva norteamericana ha dado con la interesante noción de los Car Pools. Se trata de una vía especial con su logo distintivo para conductores propietarios de coches que no van solos, sino acompañados de más de dos o tres personas. Me ha tocado ir viendo cómo estas carreteras especiales van, a veces, casi vacías, porque en la mayoría de los coches viaja únicamente el conductor, lo que hace que no puedan ocupar la vía de los Car Pools. Vía y coche casi vacíos es un desperdicio inicuo. El norteamericano prefiere, definitivamente, viajar solo y aunque haya creado la pantomima alternativa y sea de corazón generoso, y esta alternativa le dé la posibilidad de serlo concretamente acarreando a más gente, en realidad, profundamente no lo desea. Sueña con su nave espacial individual que a lo más incluya a su pareja, o donde quepan como máximo dos niños y un perro. El individualismo está tan enraizado que ante la sola idea de tener que esperar a alguien que necesite traslado, prefieren antes, cortarse las venas.

Pero esto que parece criticable en estos tiempos de aire contaminado gracias a nuestros conmovedores coches y peritos conductores, en realidad no lo es tanto o por lo menos la culpa no debe recaer únicamente en el conductor propietario del coche. Lo verdaderamente criticable en los Estados Unidos es la carencia de buenos sistemas públicos de transporte colectivo. El gobierno hace oídos sordos a esta cuestión de vital importancia no sólo para la economía del país, sino para la ecología del planeta. Si alguna vez me he atrevido a tomar un autobús ha sido para maldecirlos, no porque no anden ni funcionen mecánicamente, sino porque allí se dan cita personas que no conocen el agua ni el jabón. He salido, aparte de mareada, odiando la divina naturaleza del ser humano.

Manejar en una carretera de los Estados Unidos puede constituir un conjunto de experiencias invalorables para toda la vida y la de las generaciones por venir. Si la televisión constituye una ventana al mundo (buena o mala), el coche es el gran ventanal al mundo local o simplemente nacional. Lo triste de la situación es que la gente apenas tiene tiempo para mirar el paisaje natural o cultural desde ese gran ventanal. Cerradas las puertas y bajados los seguros, el coche se transforma en un territorio cercado que aisla a los viajantes quienes probablemente optarán más que a ver, a escuchar música, noticias, a pensar y hasta leer si el viajante se trata de un acompañante y no de un conductor.

Manejar es un placer, hasta que deja de serlo. Hasta que alguien se atreve a pegarte un papel en el parabrisas de tu SUV recordándote que el coche que conduces consume demasiada galosina y que ésta es la razón de las guerras de Estados Unidos con el ‘otro’ mundo; que ése u otro coche que conduces posee una significación de agresividad, de intolerancia sexual, de rigidez ante la diversidad, de insulto asqueroso al medio ambiente, de ataque frontal a todos los seres vivos, desde el alce hasta las bacterias, de desafío letal a la naturaleza casi nunca intacta. Sin mucho esfuerzo y sin necesidad de ser versado en alta política o ser perito en economía internacional, uno sabe y entiende que esta ‘avanzada social’ logra entrever la necesidad de un cambio radical con respecto a los coches que tanto amamos; porque yo amo mi coche; y uno de mis grandes placeres es subirme en esa casa rodante y sentir cómo me lleva exactamente al lugar que deseo ser llevada, sin discusión.

¿Bicicletas? Como alternativa deportiva y para jugar con ellas me parecen estupendas. Para el trabajo diario, me parecen terriblemente incómodas y estrechas para cargar los aperos necesarios para sobrevivir varias horas fuera de casa. Además, las veredas para bicicletas son a veces tan angostas que una pasa rozando los coches, más bien los coches casi pasan rozándola a uno, por lo que una deviene sin querer algo así como una equilibrista para no ser arrastrada por alguno de ellos al estar desprevenida. Pero esto no quiere decir que en ciertas ciudades norteamericanas no se hagan esfuerzos para que sus habitantes opten por la bicicleta. Admiro a esas personas que, contra viento y marea, bajo el sol implacable y la lluvia torrencial se desplazan en biclicleta a sus respectivos trabajos. El ‘esforzado’ norteamericano no se da paz en esto del desplazamiento forzado. En el afán por la transformación en el transporte están, como he dicho, muchas bravas y adelantadas personas.

Descartados los sistemas de transporte colectivo eficientes, como trenes y buenos autobuses que realmente funcionen para nosotros los trabajadores, tenemos ya los primeros coches eléctricos, híbridos, o que funcionan con agua y también con aceite de maní usado o simplemente con aceite vegetal usado. He conocido un par de personas que hicieron un viaje desde California a Brasil (con los traslados pertinentes en los ferries) en un coche que usaba aceite de cocina. Me contaban que iban parando en los restaurantes en que suponían que usaban aceite profusamente. En la universidad donde yo trabajo, un ingeniero ha creado el primer coche que funciona con agua.

Pero con o sin agua, con o sin aceite el problema de los coches no va a desaparecer, porque a este problema se le suma el exceso de coches. El problema es cuántico. Aquí se maneja a ciertas horas bumper to bumper (‘parachoque con parachoque’). La vida en estas carreteras se convierte en una suerte de escena circense, en donde cada malabarismo realizado por el conductor resulta en un éxito o en un fracaso; en salir ileso o tieso. Al menor descuido del siempre agotado y apurado chofer, el sueño o la realidad feliz del traslado puede convertirse en una escena metálica infernal. Los choques son masivos, porque en una carretera de cinco o seis pistas en donde se van casi tocando los coches entre sí, sensualmente, tanto por detrás como por delante y por ambos lados, al chocar uno de ellos, los otros no pueden detenerse ni desviarse. Sin duda que este circo sin malla protectora no es deseable para nadie. Pero aquí estamos todos disfrutando de los coches, porque así y todo no se puede funcionar ni ser feliz sin uno de ellos en los Estados Unidos.

Con todo, es precisamente en Estados Unidos donde mejor se maneja. Obedientes a las leyes, uno está forzado a detenerse ante un signo Stop (‘Pare’) a las dos de la madrugada, aunque no venga absolutamente nadie ni nada por alguna de las calles que el ojo avisor pueda divisar. Esto que da tanta tranquilidad a los norteamericanos y a mí misma, puede llegar a irritar a grados extremos a muchos latinoamericanos, quienes ven la innecesariedad de detenerse en un lugar en plena madrugada en donde sólo transitan fantasmas.

Aunque parezca extravagante, hay norteamericanos que desearían uniformidad en los coches en forma y color; una sola forma y de color negro, ha dicho alguien por aquí. Yo difiero. En un país en donde la diversidad se discute y en última instancia se desea, los coches también deben hacer gala de diversidad en tipos, formas y colores. En la costa este de los Estados Unidos, por ejemplo, abundan los coches de colores oscuros como verdes, azules, granates, negros o cafés; por lo menos esto es lo que uno ve al aproximarse a una ciudad por avión y descender a los estacionamientos del aeropuerto; y en la costa oeste, especialmente en California se observa una gran cantidad de coches de colores vivos y brillantes, como calipsos, rosados, púrpuras y amarillos chillones, incluso todo tipo de colores fosforescentes.

Mi esposo, a fuerza de estudiar los manuales de mecánica, aprendió no sólo a hacer los tune-ups (‘afinamientos’) de rutina, sino hasta cambiar motores. El gran maestro mecánico vivía a aproximadamente dos mil millas de distancia de nuestra ciudad; era un chileno exiliado llamado Aquiles quien se había instalado en Texas con su mujer y dos hijos. Una vez al año mi esposo viajaba en nuestro coche para recibir las práticas enseñanzas de Aquiles, quien aparte de saber muchísimo de mecánica era un experto en filosofía política. Más de una vez vi a mi marido, doctorado en la Escuela Práctica de Altos Estudios de París, dudar sobre sus respuestas en cuestiones filosóficas. El mecánico, con las tuercas y la llave inglesa en la mano, declamaba con convicción, mi marido asentía con humildad, nunca con condescendencia. Las clases de mecánica se alargaban a veces varias semanas durante nuestras vacaciones por lo que mis hijos tenían oportunidad de jugar con los hijos del mecánico en pleno taller.

La filosofía de nuestro bien querido y respetado mecánico llegaba hasta el límite de no permitir que sus hijos fueran a la escuela. La educación se daba en casa. Padre y madre eran los preceptores. Curiosamente años más tarde y muy lejos de este lugar, ya en California, yo volvería a tener un mecánico norteamericano filósofo llamado Mark (el de la Calle F), con quien me involucraría en conversaciones increíbles sobre alta política, agricultura y por sobre todo acerca de la necesidad de tener o no tener coche, aunque nada aprendiera yo de mecánica. Y en un futuro aún más lejano, Car Talks sería uno de mis programas de radio favoritos mientras me deslizara por las rutas puntillosamente pavimentadas.

La llamada experiencia de la frontera de Tijuana es el paso por la, literalmente, ‘muralla de coches’. Nada me ha impresionado tanto como esta experiencia. Las cinco o seis corridas de coches que desde mi cómodo asiento del Gran Cherokee que yo podía observar a cada lado, me producían en ese momento una sensación intensa de comunidad. La famosa y más concurrida frontera del mundo (Estados Unidos/ México) se me apareció como una suerte de mercado al aire libre en donde uno compra por la ventanilla del coche todo tipo de chucherías y objetos de arte popular mexicano; además de guardias armados y custodiados por grandes perros pastores alemanes que custodiaban y recorrían como podían esa babilonia de canastos y de gente caminando en medio de la movilidad lenta pero segura de los coches. Sin duda que esos coches me estaban contando o me iban a contar una historia: en la salida de Estados Unidos hacia México fue como no cruzar a otro país, puesto que no debimos detenernos en absoluto ni nadie nos pidió ningún documento. La verdad es que ni me enteré cuando ya estábamos en territorio mexicano. El paso fue, al decir de los mexicanos, sin chiste.

Hubiera preferido haber detenido el coche y haberme lanzado a pie. Sentí por primera vez que la libertad de movimientos que me daba el coche en los Estados Unidos, aquí, en este lugar de cruce histórico me privaba de la libertad de, al menos, realizar una excurcioncita por tan señalado territorio; aunque mejor pensado, lo que realmente hubiera querido hacer al detener y bajarme de mi coche, era haberme desprendido de esa máquina con la que yo misma delimitaba mi propia frontera. Tal vez hubiera querido, aunque entiendo que sólo por algún breve instante, desprenderme de una identidad anglosajona que me hablaba no sólo de movilidad y dinamismo, sino de aislamiento y de desamparo.

Sin embargo el regreso fue definitivamente otra cosa, aunque confirmó más de uno de mis sentimientos previos. No sólo tuvimos que hacer la cola en medio de una multitud de coches y esperar una hora y quince minutos para poder cruzar, previa mostración de los pasaportes, sino que esa incipiente sensación de comunidad que sentíamos cuando veníamos con los otros coches--en donde era posible ver y escuchar a los conductores y a sus familias apretujadas, como también escuchar su música mexicana puesta a gran volumen--desapareció al ir poco a poco avanzando por las vías bien pavimentadas de los Estados Unidos.

¿Qué había pasado con toda esa gente que respiraba, hablaba, gesticulaba a nuestro lado en su mayoría en español? ¿Qué había pasado con esos coches y cochecitos medio destartalados que venían hacia acá como medio ‘quejándose’ con sus ruidosos motores y en medio de sonajeras de latas? Las amplias carreteras, los highways, nos fueron diluyendo a todos para, al final, después de varias millas, disolvernos por completo.

Estamos perdidos, aventuré yo; no, respondió mi compañero de viaje, hemos llegado a casa.

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Viernes, 14 de agosto, 2015

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