22 de junio de 2015

Viajes: "Confesiones de una inmigrante documentada". Primera Parte. Lilianet Brintrup Hertling

15:54 By Santiago Daydi-Tolson

Es imposible concebir la supervivencia y la existencia en los Estados Unidos sin coche. El sólo pensarlo hace esbozar más de una sonrisa, incluso nerviosa--para decir lo menos--aunque no por eso menos estimulante, por lo que es imposible no hablar de ellos, los inquietos e inquietantes. El coche en los Estados Unidos nos hace sentir seguros, protegidos, aislados y lejos de lo que no queremos ver, rozar ni entender. En el coche yo puedo instalarme como en una carpa, temporalmente; puedo desde comer, beber, vestirme, hasta pintarme las uñas. Mientras manejo, puedo ver al mundo pasar con la ilusión de que no dejo huella. Y por sobre todo, puedo concebir el sueño de tener “otro” coche, el mejor, el último modelo o el que tiene mi vecino, que siempre será mejor visto que el propio. Hay tantos.
Sin embargo, hay gente en Estados Unidos que no maneja; hay otros que no desean manejar; hay gente que sabe, pero que no quiere; hay gente que quiere y no puede; hay gente que maneja sin licencia, sin seguro, casi a escondidas. Hay gente que maneja tirando cosas por la ventanilla y que no mira el paisaje. Hay gente que se queda en casa para no manejar, aunque se exponga a los impertinentes llamados telefónicos; hay gente que se compra coches como quien se compra zapatos. Hay gente que al manejar pasa del acelera chofer acelera al Hit the Road Jack.

De cualquier modo desde las carreteras se siente, queramos o no, la vibración del imperio.

La indiscutible  preferencia de los estadounidenses por los coches ha logrado establecer una marca definitiva de  modernidad, aunque ésta ya no sea sino un gran mito. Donde quiera que uno vaya aparecen por docenas las agencias de viajes que se dedican a duplicar por miles volantes y folletos que ofrecen todo tipo de viajes grandes y chicos. Además, esto mismo ya se encuentra en el internet y en la televisión. Nada permite no moverse.

Cuando llegué a USA yo no sabía manejar. Después de mucho pensarlo y recibir consejos de mi marido y de algunos bondadosos amigos instándome a ‘apearme del caballo’ y optar por el timón de la máquina, decidí que era tiempo de recibir mis primeras lecciones. Las recibí de mi marido, poco didáctico, claro. A pesar de su gran sentido de humor, conmigo lo perdía absolutamente, sintiendo probablemente que yo era una suerte de salvaje extraterrestre, o definitivamente un caso perdido, que no lograba convenio alguno con el dichoso escarabajo amarillo pálido, siempre listo para arrancarse de mis manos y de mi pie derecho. Gritos y sombrerazos cruzábamos entre nosotros con mucha parsimonia y dignidad cada domingo de clases de ‘chofereado’ en pleno Memorial americano. Aprender a manejar en un cementerio no era una mala opción. Era, en principio, el lugar ideal para una novata (que temblaba ante la obvia asociación con la muerte como destino final): había silencio de biblioteca, había espacio y aunque los senderos dobles eran estrechos, la vista podía expandirse plácidamente sobre el césped –siempre verde cuando no había nieve— y el coche mínimo podía avanzar aunque fuera a corcoveos.

Creo que pocas veces he sufrido más al sentir que ese aparatito tan mínimo–que además tenía el peso de haber sido comprado en Luxemburgo y traído a USA en barco—podía manejarme sin contemplaciones de ninguna especie. Al término de esas clases fundamentales en las que yo iba entendiendo poco a poco la mentalidad pragmática y rápida del norteamericano, salía a la carretera y me paraba en una esquina y trataba de observar directamente a los ojos, durante algunos segundos, a cientos de conductores de coches que pasaban raudos. No me explicaba cómo eso tan ‘natural’ que yo veía hacer como maniobrar un volante, como subirse a un coche y desplomarse en algún asiento trasero o delantero y dejarse llevar por el conductor o conductora, podía volverse en Estados Unidos una verdadera pesadilla. Había algo extraño en todo esto. De todas maneras yo debía salir alguna vez del Memorial y atreverme a deslizarme por esas pistas llenas de coches veloces.

Memorizar el ‘librito’ o manual de conducir fue fácil, por lo que en un par de días fui a dar el examen. Tuve, de la larga lista de preguntas, siete malas. Sólo se aceptaban cinco errores para aprobarlo. Revisando varias veces el examen y algunos de los otros exámenes que me habían dado para estudiar (¡el infaltable modelo!) observé que, en realidad, el error era de ellos y no mío. Me sentí estafada, pero de algún modo pensé que era preferible esto a haberlo aprobado de una vez y después ¡¿qué?! Un examen aprobado no significaba nada en este juego con la velocidad y la muerte y, por cierto, tampoco significaba que yo podría lanzarme a las carreteras pretendiendo que no tenía miedo de verme sola ante la posibilidad de cometer un errorcito.

Me imaginaba en esa situación tan desventajosa en medio del vértigo de las grandes carreteras y mis pequeños hijos solos en casa y yo sin poder comunicarme con ellos (en ese tiempo aún no gozábamos de la conveniente pesadilla de los celulares). Esto ya era una verdadera bomba de angustia. Por lo que una mañana puse mi mejor cara y me lancé al interior de un autobús y me fui decidida, aunque temblando, al Department of Motor Vehicles. Me dieron el examen (¡sin cita previa!) y no me ofrecieron sentarme en ningún lugar de la amplia sala por lo que debí tomar el examen de pie. Esta falta de respeto (para una persona) y de consideración (para una mujer) y de compasión (para la especie humana) la dejé pasar haciendo gala de mi extraordinaria buena disposición para conmigo misma y para con la humanidad entera. Esta vez cometí los mismos ‘errores’ que la vez anterior y lo ¡aprobé! Pensé, en un minuto aciago, darme la molestia de señalarle a la gentil y rubia señorita que era puras sonrisas para conmigo, que yo había sido víctima de una injusticia la primera vez, pero algo inexplicable me detuvo; fue como si una voz salida del Memorial me dijera Alto, no cometas tu primera infracción que puede pesarte, porque a la corta o a la larga te tendrás que encontrar de nuevo no sólo con esta señorita feliz, sino con todo el sistema de cuatro ruedas. Así es que devolví las cortesías con la mayor de mis sonrisas y con mi despiadado acento hispano dejé muy en claro que estaba más que agradecida y que definitivamente la gente de por aquí era generosa y comprensiva con los extranjeros.

Probablemente el desajuste se produjo porque en esta segunda vez yo pedí tomar el examen en español como para irme más a la segura; pero al comenzar a leerlo me di cuenta no sólo que apenas entendía algunas palabras, sino que además empezaba a perder tiempo en corregir las faltas de ortografías, por lo que al cabo de algunos minutos regresé adonde se hallaba la señorita feliz y le supliqué me diera un examen en inglés porque el español me era difícil entenderlo. ¿No es Ud. mexicana? me dijo. No, contesté yo, lamentablemente no lo soy. Oh, I see, dijo ella. Próxima a la convulsión, creo que me llevé en el bolsillo, para mitigar mi frustración retroactiva, el lápiz que me dieron para rellenar los casilleros del inolvidable examen bellamente mecanografiado. Ahora debía hacer una cita para tomar el examen del verdadero “chofereado” con auto y toda la cosa.

Pasé varias noches en que apenas podía dormir bien pensando en las altas velocidades de las grandes carreteras y sintiendo el vértigo y dejándome llevar por un pánico irracional; sintiendo ya en carne propia la fragilidad de la vida humana en medio del frenético pasar de los coches, imaginándome desolada e indefensa, puesto que de algún modo intuía que si me atropellaba un coche nadie se iba a enterar o mejor dicho, nadie se iba a dar por enterado. Pero como no hay peor diligencia que la que no se hace, una soleada mañana fui en compañía de mi esposo a dar el temido examen. Al separarme de él y entrar a la sala, yo miraba desesperadamente a mi alrededor buscando a alguien de quien despedirme. Para mi sorpresa, la señorita feliz y yo nos instalamos en mi coche amarillo pálido y después de algunas preguntas de rigor, partimos todas sonrisas, hacia la salida del estacionamiento con destino al centro de la ciudad y por ciertas calles cercanas al Memorial de mi función. Los semáforos hasta parecían amigables y no me falló ni uno solo; no me tocó aquello de la luz naranja justo en el momento de la aproximación al semáforo; no, todo fue definitivo; cuando yo llegaba, ya estaba ahí la luz roja, por lo que frenaba con toda confianza y enseguida venía la luz verde que me permitía con todo el tiempo necesario cruzar o doblar sin siquiera yo enterarme de la maniobra. Por lo demás nadie intentó cruzar ninguna calle cuando no le correspondía por lo que no debí ceder el paso por cortesía en ningún momento; ningún policía vino tras de mí ni a preguntrame ni a exigirme nada; ni una sirena de ambulancia ni de bomberos interrumpieron mi suave deslizarme por esas calles asoleadas de Dios. Ni lluvia ni viento ni niebla ni mucho menos nieve alteraron mi fluido deslizar. El sol brillaba más dorado que nunca. Mi auto respondía dócilmente a cada una de mis maniobras logrando una sincronización perfecta y sorprendente y sin saber cómo estuvimos de regreso en la inmaculada oficina del DMV para recibir la aprobación final. Sentí que el mundo me amaba y que nada era mejor que vivir en sociedad en donde la armonía era incuestionable. Sentí y supe que desde ese día yo y la máquina habíamos hecho un pacto, una alianza indeleble y que de ahora en adelante seríamos y debíamos ser invencibles.

La licencia de conducir no se hizo esperar. Llegó un día jueves a mediodía del mes de septiembre. Yo estaba tan feliz y emocionada que llamé a mi mejor amiga (quien tampoco manejaba en ese entonces) para que fuéramos al día siguiente de visita a casa de otra amiga quien tampoco había vencido, aún, la barrera de la velocidad; probablemente se me ocurrió ir a visitarla para presumir un poco frente a ella del exitoso cambio de estatus en el que mi amiga y yo nos hallábamos. Salimos como a las cinco de la tarde con nuestros dos hijos pequeños (de 2 y 3 años) sentados en el asiento de atrás. Yo iba tranquila y con la ayuda moral de mi amiga sentía que ya estaba lista para cruzar de ida y vuelta los varios miles de kilómetros de ancho de este gigantesco país.

Al regreso, en un cruce de cuatro caminos, al esperar la luz verde para doblar a la izquierda y al demorarme en doblar y no percibir que mientras tanto ya había cambiado la luz verde, que me permitía el paso, a luz roja, doblé, pero tarde. Un joven de diecisiete años que venía a alta velocidad por la calle de mi extrema derecha y que tenía mi misma dirección nos dio un topón en la puerta derecha con lo que mi coche salió disparado hacia una gasolinera. Todos gritábamos. Los niños, que por primera vez entendieron que esto no era un juego, lloraban con todas sus fuerzas expresando todo el terror posible. Nosotras con mi amiga estábamos mudas de pavor. A mí me dio ipso facto e in situ, la menstruación. Al ver mis rodillas llenas de sangre pensé que estaba herida, pero afortunadamente no había sido sino el gran susto. Era obvio que si el joven adolescente hubiera venido a velocidad prudente o normal, y viéndome que yo estaba intentando doblar a la izquierda, no me habría chocado. Bien. Pero ¿cómo le haces entender esto a un policía que ha mamado la legalidad con la primera gota de leche materna? ¿Y cómo se lo das a entender en un inglés absolutamente incipiente y precario de primeros meses en USA y sin antes haber tenido mayor contacto con el idioma? Y como si esto fuera poco, desconociendo los términos técnicos precisos que la situación del accidente requería. Demás está decir que me quedé con un shock tremendo. Mis ilusiones de pacto y alianza deshechas. La realidad brutal frente a mí. Blandiendo en alto los papeles en los que se certificaba mi culpa y delito, juré con ferocidad y me negué a seguir manejando.

A las innumerables y enfáticas instancias de mi esposo, volví a subirme al coche después de un par de meses. La vida cambió desde ahí. Dejé de soñar diligencias tiradas por caballos. Dejé de ensoñar mi vida con mulas ágiles trasladadoras de equipaje y personas. Dejé de imaginar burritos encantadores y carretas tiradas por bueyes amables. Dejé de imaginar traslados interoceánicos y circunnavegaciones en bellos y espaciosos barcos. Pasé al estado de mi coche es mi casa; de llegar tarde a llegar a la hora; de vivir en la luna a defender mis derechos camineros y carreteros; de ignorar y despreciar todo lo que era ley y reputación de conductor a aprenderme las leyes al revés y al derecho. Pero, poco después y cuando yo pensaba que ya me ‘la sabía de todas, todas’ fui sorprendida brutalmente por un niño de seis años.

A unas tres cuadras antes de llegar a mi casa había un autobús de colegio detenido (de amarillo furibundo) del cual se bajaban algunos niños para dirigirse a sus casas. Bajados e idos los niños y no habiendo luz roja intermitente, la cual ordena detención absoluta e inmediata, me aventuré a pasar lenta y cuidadosamente por el lado del autobús. No fue el chofer el que me amonestara, sino un niño de no más de seis años, quien bajando el vidrio de la ventanilla y asomando su rubia y hermosa cabecita, me gritó con una voz desesperada y aguda: It’s ilegal, It’s ilegal! Yo sentí que algo extraño ocurría en mi interior y que probablemente a mi coche se le iban a reventar los neumáticos. El aparecimiento de lo imprevisto y de la mala sorpresa que nunca falta en este país y que te hace saltar el corazón de angustia creándote el sentimiento de que  permanentemente estás transgrediendo algo, siempre cruzando una luz roja (literal), me hizo concebir la idea tenaz de eliminar los coches. Pero ¿cómo? Eran piedra imán para mí; ya casi los adoraba. Imposible.

Era y es obvio que manejar un coche y dominar el territorio físico por donde se avanza o retrocede no significa que uno realmente sepa, o que uno esté verdaderamente a caballo en las leyes y regulaciones del tránsito. El teje y maneje de este asunto se ponía cada vez más complejo y complicado. Esta revelación con respecto a la comprensión-incomprensión profunda de las cosas en los Estados Unidos se convertiría, con el tiempo, en la perfecta analogía para muchas de las situaciones experimentadas en territorio anglosajón. Se sabe sin saber y sin saber se sabe y se supo; se hizo de todo para entender, para llegar a la raíz de la cuestión y bien al final y a punto de tirar la esponja, uno concluye que hizo lo que se pudo y se pudo lo que se hizo y que lo mejor será trabajarle a la paciencia y ya se hará ‘cuando se pueda’. Las alternativas no faltan en este país y por esta vía uno se guía. Es decir, lo opuesto al coche que con seguridad se desplaza por vías que le ofrecen la total-relativa seguridad. Llegué a mi casa con una angustia feroz, y con la voz del niño taladrándome el cerebro, tratando de controlar mis vísceras y de encontrar el sentido de todo esto, preguntándome ya en voz alta: ¿cómo iba a ser posible sobrevivir en Estados Unidos si hasta un niño le dice a uno lo que está bien y lo que está mal y lo que es peor, lo que supone (tal vez bien) que uno no sabe y, aún mucho peor, que lo que uno pensaba que estaba bien y era razonable, simplemente no lo era?

Creo que la depresión me duró un par de días, hasta que mi hija de tres años, me volvió a la realidad preguntándome candorosamente, aunque algo exasperada: Mom, why you are not a regular mother?  Con toda seguridad que ese día tomé mi cochecito, ya fiel compañero, y regresé al Memorial en busca de paz y tranquilidad para mi abatido sistema nervioso. Lo que no sabía yo era que, en realidad, al convertirse uno en su propio chofer también se convertía en chofer de toda la familia. Todo se volvió acarrear niños a las clases privadas de gimnasia, ballet, tenis, piano etc., a los cumpleaños y a las fiestecitas (por lo menos uno y una por semana) que duraban tan corto tiempo que apenas los dejaba en una casa y regresaba a la mía para ‘hacer algo’ cuando ya tenía que regresar a buscarlos. Había días en que literalmente no bajaba del coche.

Devenir tu propio chofer en los Estados Unidos tiene, sin duda, grandes ganancias, puesto que te hace reconsiderar varias cuestiones sobre la dependencia y aunque sea difícil entenderlo y aceptarlo al principio, devenir tu propia sirvienta, tu propio peón, te transforma definitivamente en otra persona, es decir, te transforma en persona. Estados Unidos es la gran escuela de la vida en medio de carreteras y coches.

Y si sobre filosofía y política doméstica e internacional se trata, lo único que se debe hacer es darse la molestia de leer los stickers (calcomanías) que los norteamericanos adoran pegar en la parte trasera de sus coches. Las hay desde dulces ternezas hasta amenazas brutales; desde llamados a la conciencia a fuertes dosis de  indulgencias de todo tipo. Definitivamente aquí la filosofía anda en coche. Leer, ya se sabe, es un estupendo y necesario componente de todo viaje, así es que el que no tiene un libro a mano, (el caso de muchos conductores de vehículos), puede entretenerse en esta especialidad especialmente diseñada para el chofer.

En Estados Unidos todo o casi todo ocurre en coche. Uno no puede, en realidad, hacer nada sin depender de esta máquina. El que no tiene coche, arrienda. El país está lleno de Rent-a Car con itinerarios de ida y vuelta, con seguros y que, desde luego, sacan de apuros y de imprevistos. Los precios varían y sólo se puede arrendarlos si se es propietario de una tarjeta de crédito; es decir no se puede pagar en efectivo; la verdad es que no entiendo mucho por qué. Sin embargo, y a diferencia de lo que algunos creen, no todos tienen coches, así como no todos tienen yates; no porque no los deseen, sino simplemente porque no se tienen los medios económicos para adquirirlos. Pero esto era lo que yo creía firmemente o, por lo menos, lo que uno observa cuando recién llega a este país.


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Lunes 22 de junio, 2015

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