10 de mayo de 2015

Memoria: "Mi velorio", Jesús Valenzuela

13:16 By Santiago Daydi-Tolson

Termino el año escuchando la música que he dispuesto que se toque en mi velorio. A mi lado Sabine cose en la máquina la pierna de una muñeca. Al costado de la máquina se apilan otras piernas ya cosidas, unidas sus partes previamente por alfileres con cabezas de color. En mis oídos la dramática música de Fauré.

Cuando pienso en mi velorio me veo en el ataúd, que tiene la tapa abierta, quieto, con los ojos cerrados--si no lo estuvieran mirarían el cielo raso--y esta música, la última que escucharé en esta tierra. Se oyen aplausos pertenecientes a la grabación de este concierto. También yo he sido aplaudido en ocasiones. Sabine, sentada cerca del ataúd, llora calladamente pero sin pausa la pérdida de lo insubstituíble, de lo que llegó a su vida demasiado tarde, iluminándola como una amorosa ola de mar besa la playa y queda la arena brillando por las fosforecencias que en ella se depositan. La música sube de volumen a intervalos y parece que también llorara y se quejara por la pérdida ocurrida. La voz de una soprano enumera razones para que la pena se desborde ante la inevitable magia y misterio de la muerte.

Tantas veces le pedí a Dios un minuto más de vida para dedicarlo a amar a mi mujer, previendo este momento en que se cancelarían todos los permisos y ya no  podría dar nada más que lástima. Él me lo concedió cada vez. Y la amé como si fuera mi último minuto en esta tierra. Nuevamente los aplausos y me imagino que son para mí. Me aplauden porque ayudé a ese borracho a cruzar la calle, porque siempre tuve dinero en el bolsillo destinado a algún pobre. Porque amé a Dios con toda mi mente y mi corazón. Porque tuve el coraje de aceptar el diseño que Él dispuso para mi vida y caí en todos los hoyos que Él me preparó y acepté todas las pruebas por las que Él me hizo pasar. La música sube de volumen y es como si rebotara en el cielo y bajara de allí bendecida y engalanada. Se abren los cauces que  permiten que el llorar fluya y yo sin que nadie lo sepa, también lloro por tener que abandonar a mis amados, lloro por las veces en que no pude perdonar a mis hermanos, lloro de agradecimiento por tener las respuestas preparadas para cuando los Ángeles me interroguen dentro de un momento. Nuevamente los aplausos marcan un intervalo en la música. Comienza el Requiem en Re menor, lentamente guiado por las voces graves de los chelos y las de las contraltos. Mis hijos, casi todos ausentes, se pierden este momento como se perdieron tantos y tantos otros, distraídos por detalles rencorosos o de solo aparente importancia. Pero los últimos están conmigo porque nunca me separé de ellos tan lejos o tanto tiempo.

Lo que dejo es nada comparado con lo que me llevo. Todo lo que dejo cabe en una maleta de viaje y sobra espacio. Lo que me llevo es una amistad con Dios que a través de los años y gracias a Su Misericordia fue creciendo, atacada de continuo por mi propio ego, por los enemigos del bien y también por los amigos, que mal interpretaron esta tan extraña y personal manera de amarlo. La voz de un tenor resalta sobre el fondo y cuenta las maravillas de este mundo, ésas, que desde hoy tendré que dejar.

Hosana in excelsis. Esa es la voz de mi madre que me manda su aliento y apoyo, barre con mis miedos y me baña de aceptación. Tanto trabajé la aceptación, desde el momento en que, como el minero cuando descubre un filón, me di cuenta de que todo esfuerzo por trabajar en ella valía la pena. Ese era el tesoro en el campo, esa era la perla que una vez encontrada había que vender todo para comprarla. Esa era la llave del Reino de Dios en la tierra. Y luego, los años, sencillamente y sin esfuerzo fueron decantando el polvo del saber y cubriéndome de un carácter más manso; me enseñaron a amar, para poder irme habiendo disfrutado de ese especial regalo de Dios. Mi ego, de ser un caballo salvaje y encabritado, se convirtió en el corcel de mi sulky, ése que me permitió llevar y traer niños de la escuela, ése que me llevó a los túneles a cantarles a los simples transeúntes, regalándoles la música que nunca me perteneció y que siempre llevé como un encargo del verdadero Dueño de todo talento y don. A ese corcel, mi ego, tuve en vida el buen juicio de no negarle su comida, aceptando su materialidad con compasión y sin vergüenza.

Finaliza el concierto y el director saluda al primer violín y al público. Es el momento de dejarlos, para él y para mí, pero los aplausos se multiplican y el director señala a los músicos y al coro compartiéndolos.  De pronto se cuelan en el aire las notas del concierto para clarinete de Mozart y le ponen como un final feliz a este velorio; y está bien, porque en realidad la puerta que voy a cruzar lleva a la Gloria, al encuentro con el Amado, a la sala de espera para entrar a la vida eterna, a la unión con todos los que ya están allí.

La pena de mis más amados no se termina allí. El duelo ha de ser largo. Recién se planta la semilla de ese duelo y deberá crecer y dar frutos para luego marchitarse como todo, a excepción de nuestra alma que está destinada a un largo viaje que para mí comienza hoy.

De Crónicas de Berlín
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Domingo 10 de mayo, 2015

1 comments:

  1. Me encantó esta narración. Felicidades al autor y gracias a ti por compartirla.

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