10 de mayo de 2015

Cuento: "Los carruajes del faraón", Eduardo Jiménez Mayo

13:11 By Santiago Daydi-Tolson

No te duermas, me dijo mi abuelo en su espectral visita del inframundo a mi casa de San Antonio. No me dio razones, pero entendí que los carruajes del faraón me cobrarían el alma si me durmiera. Era sábado, las doce menos trece de la noche.

Me cargué de dos linternas de mano, las prendí, y con ellas penetré en la oscuridad de mi biblioteca. Me coloqué en un sillón al fondo de la sala en una esquina y dirigí los haces de luz hacia la entrada abierta. Condenado de mi abuelo, pensé, maldito heraldo negro.

¿Qué tal si además de heraldo fuera mi verdugo?, pensé, y comencé a desconfiar de él, así como desconfiaba de mi mujer que me había abandonado ese mismo sábado por la mañana. Salió para la casa de sus primos en Houston, jurando nunca volver. Un marido que por miedo casi no sale de su casa es menos que un hombre, me dijo.

Había perdido mi puesto en la facultad justo treinta y tres días antes, porque me encontré progresivamente imposibilitado para distinguir entre las fotos enfocadas o desenfocadas, a pesar de que mi visión no estaba deteriorada. Ya no valía como profesor de fotografía.
Curiosamente, el neurólogo no le encontró explicación. Me aconsejó que vacacionara lejos de Tejas e inclusive lejos del país. El presidente Obama nos ha dejado tan perdidos como los africanos, me dijo, racista orgulloso, y también me dijo, váyase a un país católico como Polonia donde ojalá recupere usted la fe de sus mayores.

La visita de mi abuelo difunto me tocó una noche en que la electricidad se nos había cortado a causa de una tormenta. Llamé cinco veces seguidas a mi mujer para saber si en Houston pasaba lo mismo, y cinco veces se activó la contestadora. Esperé dos horas más y volví a llamarla, siete veces seguidas. La contestadora se activó siete veces más. Ya era domingo, las dos con once minutos de la madrugada.

Tomé nota de la hora y de la displicencia de mi mujer, y volví a dirigir las linternas hacia la entrada abierta de la biblioteca. Se me ocurrió levantarme a cerrar la puerta con llave, pero me había quedado pasmado. Menos mal, pensé, así los veré venir.

Tenía setenta y cuatro años de edad, mas aún le temía a la muerte. Mi mujer, a la cual yo doblaba en edad, era mezzosoprano especializada en repertorio barroco hispanoamericano. Figuraba en un coro mundialmente reconocido, y todo el mundo sabe que las divas no le temen a la muerte. Esta leve diferencia de temperamento nos separaba más que la descomunal diferencia de edad.

Seguía tomando apuntes de los acontecimientos más trascendentales de esa noche, para dejar testimonio de lo que pasaba en las últimas horas de mi alma, teniendo especial cuidado en la hora que marcaba mi reloj de pulsera iluminado; por eso sé que vinieron por mí los carruajes del faraón a las cuatro con veinte cuatro minutos de la madrugada, a pesar de estar todavía brumoso afuera.

No los veía venir, sino los oía. En frente de mi casa traqueteaban las ruedas de los carruajes, y los caballos que los tiraban bufaban escandalosamente. Ojalá no despierten a los vecinos, pensé, pues si llamasen a la policía el faraón me obligaría a costear las multas o las fianzas exigidas a los aurigas.

No me atrevía a mirar por las ventanas para confirmar con los ojos lo que el cerebro ya me afirmaba con lujo de detalle. Volví a apuntar las linternas hacia la entrada de la biblioteca, y me sobrevino un sueño imposible de resistir. Me dormí profundamente y a las diez con veinte y dos minutos de la mañana me levanté de repente con ganas de salir para afuera.

Al llegar a la calle, me encontré con pruebas contundentes de la llegada de los carruajes del faraón. Las ruedas dejaron marcas en el pavimento y hasta las banquetas quedaron en pedazos. Se llevaron mi alma al infierno, seguro, pero dejaron mi cuerpo en la tierra para dar testimonio de los sucesos.

Hablé con los vecinos, pero todos fingieron ignorancia. No oyeron nada, excepto los truenos y relámpagos de la tormenta. Las marcas en la calle no eran más que gastadas huellas hechas por llantas de automóviles del siglo veintiuno. Me fui a la Primera Iglesia Bautista Monte Sión al mediodía, al ser el templo más cercano a mi casa, y por casualidad el coro entonó el espiritual negro, “Balancéate suavemente, dulce carruaje, viniendo para llevarme a casa”.
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Domingo 10 de mayo, 2015

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