28 de abril de 2015

Minirrelato: "Los ojos de la cabrona", Alexandra Botto

22:34 By Santiago Daydi-Tolson

Era un dramaturgo. Su nombre es menos memorable que sus ojos oscuros y el rizado de su pelo. Ya se sabe, el juego comienza con un fuego cruzado que  nunca lleva a nada. El escenario es el mismo: humo de cigarrillos, wannabes y copas. Le dejé ser quien es, mirándolo expandirse sobre sí mismo como un agujero negro. Sus avances los rechacé mientras hacía malabares con mi bolso blanco para mantenerlo quieto. Ya de pronto era un King Kong presumiendo su apetito erótico, ya de pronto un bufón balanceándose en la noche adornando sus historias con mujeres hermosísimas (típicas señales en el camino). Pero yo no caí. Me miró entonces como se miran de lejos los animales salvajes. Comenzó a comprender que yo no encajo en el grupo de mujeres regulares y que más bien soy un ser híbrido y raro, una gata escurridiza y huraña que escribe poesía con el lomo erizado. Creo que hasta empezó a notar que tengo puntos azules en la cara. Se le ocurrió decir que ya iban a dar las doce. Yo, en cambio, quise decirle pequeño dinosaurio mequetrefe. En algún momento pensó que nuestro romance podría ser un buen script alternativo, una de sus historias desquiciadas en que su ego gana. Cirquero de oficio y acostumbrado al espectáculo de latón y lentejuela, era un pez en el agua entre muchachas putiabiertas y olvidables, deambulando en su universo con harapos brillantes y con alas. Es decir, queríamos cosas distintas. Para mí era demasiado escándalo su mundo de muñecas resucitadas de noche, o su casa siempre esperando el golpe del címbalo para brindar por París, por Arthur Rimbaud (“¡atroz fanfarria”!) y por cualquier ella. Además prefiero apostar por los abismos, seguir fiel a mi temperamento catastrófico, a mi hábito de pasar cuchillo a todo y a todos hacerles agujeros, huequitos por donde pueda pasar la luz y terminar con la ceguera que nos arde en la mirada. Él supo que no sería divertido lidiar con mi tristeza a cuestas, que sólo haría más lentas nuestras guerras. Consternado, se levantó y me dijo que iba por otro trago. Aproveché para dejarle un mensajito. Incluía una risita incontenible, dos frases hechas, una interrogante y un poco de misterio pasajero. Antes de irme volteé a mirarlo, lo vi estremecerse en una furia a duras penas contenida y un aroma a diablitos quemados impregnó el aire.


 La experiencia me dejó un resplandor maravilloso del tipo estrella invernal (que adoro).

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Martes 28 de abril, 2015

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