16 de abril de 2015

Cuento: "Su última voluntad", Bertha Jacobson

17:14 By Santiago Daydi-Tolson

La muerte de la abuela coincidió con las lluvias de otoño. Todos los parientes desperdigados por la República Mexicana fuimos llegando a la vieja casona de la calle Hidalgo, donde las primas Mercedes y Esperanza nos recibieron de la mejor manera posible: con cubetas esparcidas por la sala para atrapar el agua de las goteras, trapos viejos en la entrada para limpiar el fango del calzado y el aroma a té de canela por toda la casa.

Los primos fuimos siempre muy unidos; a excepción de Rómulo, quien era el mayor y padecía de un gran complejo de superioridad. Aún la misma abuela, una persona totalmente imparcial con sus nietos y sobrinos solía decir: “No entiendo por qué Rómulo salió tan pedante.”

El tío Goyo, hermano mayor de mi abuela, llegó al velorio a eso de las dos de la mañana justo cuando se fue la luz y tuvimos que saludar al patriarca de la familia Barajas en la penumbra de los cirios encendidos, lo cual daba a su rostro anciano y enjuto un aire fantasmal. Debo explicar que cuando mi abuela ‘enviudó’ antes de cumplir los treinta años, se vio obligada a regresar a la casa materna y a vivir bajo el amparo y la autoridad de su hermano. El tío Goyo, un acaudalado comerciante con residencia en el norte del país, presidía sobre las decisiones familiares a pesar de la distancia; además de ser muy generoso, invirtió tiempo en inculcarnos las costumbres antiguas de un pueblo pequeño a principio del siglo XX. Gozaba del respeto, la admiración y veneración de todos nosotros y ninguno hubiera osado contradecirlo. Era mi padrino y también el padrino de una veintena de primos, incluyendo a Rómulo.

La lluvia caía con gran fuerza sobre las tejas de arcilla y mi padrino tuvo que levantar la voz para hacerse oír.

--¡Muchacho, ven acá!--me señaló con el índice y me pidió que me acercara. Los ojos de gato de mi padrino brillaron en la oscuridad. A lo lejos, percibí la mirada intensa y recelosa de Rómulo. ¿Por qué se dirigía mi padrino a mí y no a él?

Por respeto a la difunta, no pudimos conversar en la sala, así que me tomó del brazo y cruzamos el zaguán hacia la cocina donde las primas solteronas se afanaban en hornear hogazas de pan para el desayuno.

 ̶ Es necesario ir a hablar con el sepulturero. Quiero que mañana a primera hora, te vayas al camposanto. La familia tiene varias fosas; investiga la situación y encárgate de hacer los preparativos para el sepelio. Considero que tú eres el más adecuado para decidir, pero pienso que a mi hermana le hubiese gustado que la enterráramos con su marido.

Las primas dejaron de palotear la masa y levantaron la mirada, boquiabiertas. ¿De dónde salía con esto el tío Goyo? Era bien sabido que el abuelo fue un mujeriego que abandonó a la abuela a los pocos años de matrimonio, y si regresó con ella fue porque se encontró sin un centavo, desahuciado y a punto de morir. Ninguna de sus otras mujeres, y ni siquiera sus padres o hermanos reclamaron el cuerpo. En nombre de las buenas costumbres, el tío Goyo forzó a la abuela a hacer el papel de viuda digna y resignada y procedieron a dar santa sepultura a mi abuelo en las fosas de la familia Barajas. Después de tanto tiempo, estoy seguro que mi padrino lanzó al olvido aquel episodio tan desagradable. Un gran trueno estremeció las ventanas de la cocina, y el tío Goyo ni siquiera reparó en nuestra sorpresa.

--Haré lo que usted guste, padrino. Pero creo que a mi abuela le hubiera gustado más quedar sepultada al lado de su madre ya que…

--El lugar de la mujer es al lado del marido. En la vida y en la muerte--me cortó tajante. Sus costumbres machistas no daban lugar al diálogo. Ignorando mi objeción, pronunció un par de frases cariñosas para las primas y se fue.

Me quedé en la cocina tratando de calmarme. Cuando regresaba a la sala, me topé con la figura corpulenta de mi primo mayor.

--Según deseos del tío Goyo, yo iré contigo al camposanto--siseó Rómulo como serpiente.

El resto de la noche velamos el cuerpo inerte de la abuela, vestido con sus mejores galas. Las otras ancianas del pueblo rezaron el rosario en un murmullo mientras que los primos jóvenes nos remolíamos los huesos en aquellas sillas incómodas de patas cortas y asientos de mimbre. El constante caer de la lluvia se convirtió en un canto arrullador que me llevó al pasado, a los veranos con la abuela en ese pequeño pueblo cargado de tradiciones religiosas. Lloré por mí, no por ella. Ella ya había pasado a mejor vida.

Al repicar las campanas llamando a misa de siete, el tío Goyo, con su mirada de lince me indicó que era hora de irme. Me puse de pie y busqué a Rómulo en la sala. No lo encontré y salí a la calle en busca de un carro de sitio que nos llevara al cementerio. Rómulo me esperaba en la esquina. Iba vestido como el Chapulín Colorado, con un poncho rojo chillón y botas de hule amarillas. Estaba fumando bajo la lluvia y ya tenía el carro de sitio contratado. Movió la mano con impaciencia cuando me vio salir. Tan pronto abordamos el auto, se bajó el capuchón del poncho y me miró con desdén.

--No sé por qué el tío Goyo te pidió a ti hacerte cargo de esta diligencia. Yo soy el primo mayor.

--Pero yo soy el nieto mayor de mi abuela. Además recuerda que he sido administrador de panteones por varios años.

--¡Con esta lluvia de mierda, el pinche panteón va a ser un lodazal del carajo!

--¿Y para qué viniste? Yo hubiera podido hacerlo sólo. Lo único que quieres es congraciarte con mi padrino.

No contestó pero quiso fulminarme con su mirada. Siguió fumando hasta que llegamos a nuestro destino.

El licenciado Mireles nos recibió sobrio y parsimonioso. Nos dio un pésame demasiado formal y pasamos a una oficina cuyo desorden contrastaba con la seriedad que pretendía darle a nuestra visita. La radio sintonizada en una estación de música guapachosa estaba a todo volumen para poder escucharse por encima de la incansable lluvia. El licenciado Mireles ofreció una disculpa torpe y se apresuró a apagar el aparato; señaló una percha para que Rómulo colgara su poncho colorado, y luego nos invitó a que tomáramos asiento frente al escritorio donde había una cantidad exorbitante de planos.

--¿Qué opciones tenemos, Licenciado?--pregunté.

--El tío Goyo desea que su hermana sea sepultada al lado de su difunto marido--declaró Rómulo.

--Junto a su madre--dije yo.

El licenciado Mireles se perdió unos instantes en los planos. Luego, señalando con un lápiz mordisqueado y sin borrador, indicó dos puntos.

--La fosa donde yacen los restos de Don Hipólito Troncoso, que en paz descanse, es muy antigua y no tiene gavetas. Por el contrario, la fosa donde se enterró a Doña Fátima Barajas, como es más reciente, ya tiene las gavetas construidas. Con este temporal no es prudente iniciar ninguna construcción, el cemento no secaría en varios días…

--Más dice usted, Licenciado, que la fosa de Don Hipólito Troncoso es muy antigua. Se puede utilizar la misma gaveta donde fue sepultado él. Después de tantos años, ya todo habrá quedado reducido a polvo--insistió Rómulo.

--Yo no lo recomendaría--repitió el Licenciado Mireles meneando la cabeza. --Pero estamos aquí para servirles y acatarnos a sus deseos.

--Yo tampoco estoy de acuerdo con eso--repuse. --Mi padrino me dio autoridad de decidir este asunto y mi abuela será enterrada con su madre. Es lo que ella hubiera deseado y además, lo más conveniente.

--Me permito contradecirte--bufó mi primo sacando un cigarrillo y encendiéndolo. --El tío Goyo te vio flaquear ante sus órdenes, por eso me pidió que viniera. Estoy aquí para asegurarme que las cosas se hagan tal como él lo dispuso.

--Estuvimos discutiendo por más de una hora hasta que la terquedad de mi primo cuarentón me colmó la paciencia. Me despedí del Licenciado Mireles y sin mirar a Rómulo, salí de la oficina.

Horas después, los dolientes nos amontonamos bajo paraguas de todos colores alrededor de la fosa elegida por Rómulo. Con aire prepotente dirigió a los concurrentes una serie de palabras cursis para despedir a la abuela. No recuerdo nada de lo que dijo. Sólo sé que en un gesto teatral, tomó una flor y se acercó demasiado al ataúd para colocarla sobre la tapa. El suelo, convertido en fango por las lluvias otoñales, cedió y la fosa se desmoronó frente a los ojos atónitos de todos. Rómulo perdió el equilibrio y cayó al hueco con un grito que pareció salir del mismo infierno. En la caída se agarró de la banda que sostenía el ataúd y éste también cayó de lado. El Licenciado Mireles tomó a mi padrino del brazo y balbució miles de disculpas que no podían escucharse bajo el ruido del chubasco. Los sepultureros bajaron cuerdas tratando de rescatar a mi primo. Era un espectáculo realmente deprimente. Sin embargo, debo confesar que a mí la situación me causó gracia. Se me vinieron a la mente las palabras de la abuela: “No entiendo por qué Rómulo salió tan pedante,” y comprendí que de alguna manera, la abuela le daba su merecido.

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Jueves 16 de abril, 2015

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