6 de abril de 2015

Cuento: "Corazón de barro negro", Amélie Olaiz

13:01 By Santiago Daydi-Tolson

La mujer ama Oaxaca. Su padre abrió la ruta con los camiones Cristóbal Colón. La ruta México
Oaxaca. Recuerda que, muy ilusionado, llevó en esos días a casa una marimba que tenía como moño un rebozo y el primer oro que decoró los lóbulos de sus orejas. Su madre alimentó su predilección por el mole negro, el chocolate con almendras, el queso de hebras, el tasajo y las tlayudas. Quizá por eso vuelve a la menor oportunidad a buscar el abrigo de la cantera verde, de las imágenes de Santo Domingo y de los laureles de sus plazas.

La mujer entra a la iglesia y observa el altar dorado que labró el ebanista. Piensa que esas manos de artesano son celestiales, que bien merece el artista estar enterrado ahí. Camina bajo la bóveda y gira su cabeza para absorber las imágenes en desorden, y guardarlas en el movimiento de su mente. Mareada por tanta belleza se inclina y con recogimiento le agradece a ese Dios, que ya no es suyo, que sus padres le hayan heredado el gusto por la belleza de los pueblos. Sale y el sol grosero, irrespetuoso del deseo de recoger con vehemencia la vida zapoteca, le deslumbra la mirada que termina por asirse a los ventanales de hierro forjado. Camina por la calle y se detiene frente a la invitación de un portón abierto que promete un patio fresco, enmarcado por arcos de grueso adobe pintados de blanco. Papalotes decorados adornan los muros. Bajo un arco observa el patio: mesas de madera, techo de bugambilias, paredes con textura de sombras vegetales y un hombre leyendo. Ese hombre, sentado frente a la última mesa del patio, levanta la cabeza y la mira. Es sólo un instante, pero la mujer siente que en esos ojos se abre un puerta. Ojos de conocimiento, líneas de madurez, expresión de humildad, brillo de música y de risa; ojos de hombre que la recorren. Elige una mesa, saca una libreta de dibujo desgastada y mira de hito en hito al lector. Es un hombre moreno, tan oscuro y tan brillante como el barro negro y en su cara se dibujan sombras y luces que acentúan el color de su piel. Sobre su camisa los grises y los blancos establecen su territorio. Las sensaciones se cruzan de una mesa a otra, rasando sin temores los muros cubiertos de troncos de buganvilia.

El hombre deja su mesa y se dirige a la biblioteca que está a espaldas de ella. Selecciona un libro y lo deposita sobre la mesa de la mujer. Ella tiembla casi imperceptiblemente. Soy poeta, le dice, pero primero soy hombre y usted me gusta. La mujer despega los ojos del libro y mira al hombre que huele a mezcal. Iluminado, recortado a contraluz sobre el muro blanco. No se mueva, dice ella, mientras hace, a mano alzada, un boceto de la silueta del hombre enmarcado por las sombras y las luces del muro. Yo soy pintora dice, pero primero soy mujer y usted también me gusta. Sentados uno frente a otro con la mesa de por medio, se observan en silencio. Dígame que esto no es un sueño, dice él, que está usted aquí frente a mí en realidad. La mujer lo mira queriendo despertar, tratando de articular las palabras que el hombre le pide, pero sabe que si lo hace su boca se llenará de mentiras, porque también ella siente que está soñando.

Sé que esto es inusual, perdone mi atrevimiento, pero por favor coma conmigo hoy. Déjeme enseñarle mi Oaxaca. La mujer asiente y ambos caminan por las calles. Cualquiera podría seguirlos porque van dejando en el adoquín verde las huellas de sus pies.

La mujer mira al hombre que se va transformado en su oaxaqueño. Suyo de ella; entre el mole negro, los tacos de chapulines y un mezcal en cada cantina. Sabe que en la noche tendrá que desvestir a ese hombre duro. Él, para que no se escape de sus versos la envuelve con palabras suaves, como si la abrazara con la oblonga textura del quesillo. Le escribe poemas en los brazos y promete escribirle en la pierna, abajito de su sexo donde sólo ellos dos puedan leer. Ella le pide que no le prometa promesas, que sólo quiere pasar un día, uno solo, con un hombre de barro negro.

Y hombre y mujer van tejiendo, con la charla, las confesiones espontáneas en el telar de su cintura, pegadito a las entrañas, la historia que los une y los define como lo que son. El oaxaqueño que le revive las costumbres de sus padres, que trae el amor por su gente tatuado en el pecho, y que con su ternura y su rudeza hace que la mujer recupere gota a gota los recuerdos de sus padres muertos, su legado; las miserias y las riquezas que han hecho de ella lo que es hoy. Qué importa si terminan enredándose en las sábanas de una hostal o en un pajar. Lo esencial es que ambos saben que comparten un corazón de barro negro.

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Lunes 6 de Abril, 2015

3 comments:

  1. Excelente cuento! Quisiera conocer a esa escritora...

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  2. Me ha encantado este cuento, Amelie! Felicidades y saludos.
    Bertha

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  3. Precioso relato, Amélie. El viaje, la memoria, el reconocimiento y gran, gran juego de miradas: la observadora observada.

    Josep

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