13 de abril de 2015

Crítica: "Vallejo contra Vasconcelos: 'un mal elemento en América'", Gari Laguardia

15:09 By Santiago Daydi-Tolson

En una carta a su amigo Pablo Abril del Vivero fechada el 25 de Julio de 1926, César Vallejo mencionó de paso una visita de su amigo de juventud, Raúl Haya de la Torre. Ya una figura importante en la política peruana, el fundador del APRA había pasado ocho días en París. Entre otras cosas Vallejo declara que “el tema de nuestras charlas” había sido el escritor, Ministro de Educación y militante promovedor del mejoramiento cultural de las masas mexicanas, José Vasconcelos. Sin entrar en detalle Vallejo dice que había “logrado que al fin Víctor Raúl convenga en que ese hombre es mal elemento en América”. Ese juicio, despectivo y lacónico, deja a los futuros lectores de Vallejo con algunas incógnitas. ¿A qué se debía la animosidad de éste hacia el destacado mexicano? Y, a la vez ¿cómo logró que Haya de la Torre acordara en el juicio agresivo de aquel? En cuanto a la primera incógnita nos queda solo la especulación ya que parece que no sobrevive documento en que Vallejo explicara en detalle explícito su antipatía a Vasconcelos. En cuanto a la segunda, aunque los detalles de las conversaciones entre Haya y Vallejo quedan permanentemente borrados de la historia, no es muy probable que el poeta podría haber convencido a su amigo a adoptar semejante punto de vista.

Resulta que las relaciones entre Vasconcelos y Haya de la Torre, al momento en que Vallejo escribía su carta, llevaban varios años de vinculación. Ya en el 1916 Haya de la Torre había participado importantemente en las ceremonias en la Universidad de Trujillo, el alma mater de Vallejo y de Haya de la Torre, donde se le otorgó a Vasconcelos, exiliado en aquel tiempo por su oposición a Victoriano Huerta, el título de “Maestro de la Juventud”. Y en el 1921, Haya también recibió a Vasconcelos en la Universidad de San Marcos en Lima. Tal vez recordando los esfuerzos de Haya a su favor, cuando en el 1923 Haya se encontró en aprietos bajo la presidencia de Augusto Legía, Vasconcelos le facilitó la entrada a México y, para asegurarle medios de vivir en el exilio, le obtuvo un puesto en la secretaría de educación donde Haya de la Torre terminó como secretario personal del ministro de Educación. Dadas estas circunstancias, parece inverosímil que Haya de la Torre hubiese descartado años de amistad y de obligaciones debidas para dejarse convencer que Vasconcelos era un “mal elemento”.

Sea como sea lo que llegó a pensar Haya de la Torre respecto a Vasconcelos, es más interesante especular sobre la antipatía de Vallejo hacia Vasconcelos. No creo que esto fuese el mero caso de un juicio espontáneo provocado por quien sabe qué representación del mexicano. Al contrario, creo que esta antipatía tiene raíces en las ideas de Vallejo, a veces contradictorias, en torno a la expresión literaria y política en la América hispanoparlante. Estas se fueron desarrollando en un contexto definido por las polémicas culturales y políticas que consumían a Europa y, de manera a veces indirecta, a América durante los años de entreguerras y que, a partir de la revolución soviética, culminarían primero en la guerra civil española y después en la segunda guerra mundial. Ya que Vallejo nunca tuvo ocasión para sistematizar éstas, vale la pena examinar los márgenes de sus escritos para ver si sus ex abruptos o aparentes equívocos iluminan un pensamiento latente en proceso de evolución.

Vallejo menciona a Vasconcelos en otra ocasión. Dos meses después de sus charlas con Haya de la Torre, Vallejo publica en Lima un artículo sobre “El estado de la literatura española” (Variedades, 4 de Septiembre, 1926.) Allí se refiere a “ciertos hechos de feria y de guiñol ocurridos…entre Chocano, Lugones y Vasconcelos…”. Estos hechos eran entonces tan bien conocidos en España y en Hispanoamérica que no precisaban más elaboración. Vallejo aludía al dramón tragicómico que ocurrió a partir de la publicación en 1925 por Vasconcelos de su ataque a las actividades políticas de José Santos Chocano y Leopoldo Lugones, “Poetas y bufones”. Allí Vasconcelos fustigó las acciones e ideas reaccionarias de los dos poetas, clasificando a éstas como bufonadas. Este artículo provocó una polémica que a su vez generó un drama guiñolesco (hoy diríamos tele novelesco) y que concluyó en tragedia con el homicidio a balazos del escritor peruano Edwin Elmore por Santos Chocano.

Dentro del contexto en que Vallejo menciona la polémica Vasconcelos/Chocano y, sin saber de sus charlas con Haya de la Torre, el lector podría asumir que Vallejo sería, por lo menos en este caso, partidario de Vasconcelos. Vallejo, por ejemplo, distaba mucho de admirar al dictador peruano Augusto Legía muy celebrado por Chocano quien, por esta razón y otras muchas fue criticado en el artículo de Vasconcelos. Más aun, en este mismo artículo Vallejo califica la retórica americanista e indigenista de Chocano como “hinchada” y aún “odiosa”. Sin embargo allí, en otro comentario despectivo lanzado hacia otra voz poética, Gabriela Mistral, Vallejo caracteriza el latino americanismo de ésta como “epidérmico” y “falso”. Si recordamos que en el 1925 Vasconcelos había publicado La raza cósmica y que, por esa época, una de las distinguidas colaboradoras en sus proyectos pedagógicos y promociones culturales era la  poeta chilena, no sería sorprendente asumir que Vallejo veía mal, no solo las ideas sobre la identidad cultural hispanoamericana de  Chocano, sino también las de Gabriela Mistral y, por extensión, las de Vasconcelos.

Tal vez una de las razones por las que Vallejo descartaba las ideas de Vasconcelos y Mistral, las cuales no eran, a primera, vista tan vulgares ni reaccionarias como las de Chocano, era que ya en el 1926 Vallejo habría comenzado su trayectoria hacia su eventual comunismo estalinista. Un comentario de Gabriela Mistral sobre el asunto Vasconcelos/Chocano ilumina este pormenor. Mistral fue una de las muchas personas que contribuyeron al torrente de comentarios en pro y en contra de “Poetas y bufones”. En su contribución a la polémica, por cierto a favor de Vasconcelos, Mistral declaró, en torno a los dictadores cuyos celebrantes ataca Vasconcelos, que el vate mexicano se expresó, “…no mirando en ellos otra cosa que obstáculos a su ideal de democracia con libertad, a su ideal anti comunista” (el énfasis es mío). En otras palabras, el rencor de Vallejo hacia Vasconcelos era sintomático de la idiosincrasia de la política de los partidos comunistas que a veces preferían atacar más a los partidos democrático sociales que a los partidos explicita y ferozmente reaccionarios, ya que aquéllos les parecían, al fin de cuentas, como obstáculos más serios que éstos. Y de ahí, desde esta perspectiva, la caracterización de Vasconcelos como “un mal elemento en América”. No obstante, los comentarios marginales de Vallejo hacia el mexicano implican más matices que esta simpleza monocromática. Recordemos, por ejemplo, que José Carlos Mariátegui, entre otras cosas fundador del partido comunista peruano y por consiguiente oponente político de Víctor Raúl a la vez que de Vasconcelos, no despacha al mexicano de manera sumaria. Es verdad que critica el “indigenismo” de La raza cósmica por su carácter idealista y mal arraigado en la problemática del presente histórico. Pero aún subrayando lo distante entre Vasconcelos y el marxismo, no deja de admirar el análisis que hace el mexicano, en Indología, de los restos negativos de la colonización española en América en contraste con la de los ingleses.

Vale la pena notar que la figura de Vasconcelos no es meramente una que representa, en lo abstracto, un complejo de ideas políticas y culturales. Al contrario, Vasconcelos se encaja en una red de importantes relaciones que para Vallejo irían más allá de las abstracciones intelectuales. Ya hemos visto que esta figura surge en el discurso Vallejano como reportaje de un amigo a otro sobre la visita de un tercer amigo. Y en este contexto, aunque Vallejo no lo menciona, los dos interlocutores (Abril del Vivero y Haya de la Torre) participaron en la polémica Vasconcelos/Chocano. En el caso de Haya de la Torre, éste se había declarado firmemente aliado al mexicano en un artículo publicado originalmente en El Universal Gráfico de México. Pablo Abril también había tomado parte en la polémica en una manera más siniestra. Al contrario de Haya de la Torre, Abril del Vivero que  ejercía un puesto en la embajada peruana en Madrid (y como tal era, en efecto, empleado del gobierno de Augusto Legía) había hecho publicar, con fondos oficiales, en los talleres de la editorial Calpe, un folleto que reproducía una justificación por Santos Chocano de su pistoletazo a Edwin Elmore y también un desaforado ataque a Vasconcelos. (El cual, al enterarse de la muerte de Edwin Elmore, comentó, no sin ironía apropiada: “¿Adónde iremos a dar hoy que nuestros poetas se convierten en asesinos?”). Para que el folleto no apareciera como un acto oficial de propaganda a favor de Chocano, Pablo Abril lo alteró con una estampa que insinuaba, falsamente, que el folleto era publicación oficial de Calpe. Vale recordar que en el mismo artículo donde Vallejo menciona el escándalo “de guiñol “y ataca a Vasconcelos a través de comentarios despectivos sobre Gabriela Mistral, también celebra la poesía inerme de Pablo Abril como ejemplo de lo que debieran estar escribiendo los jóvenes poetas hispanoamericanos. Y como si esto no hiciese más complicado evaluar el pensamiento de Vallejo en torno a los temas importantes que el asunto Vasconcelos/Chocano sugiere sobre la cultura y el porvenir de Hispano América, resulta que muchos de los amigos de la juventud literaria de Vallejo en Trujillo, como Antenor Orrego y Alcides Spelucín, habían firmado en conjunto una declaración fuertemente a favor de Vasconcelos.

Considerando lo sobredicho podríamos concluir que Vallejo, dadas las confusiones provocadas por su emergente adhesión al comunismo de una parte y las opiniones diversas de amigos entrañables de otra, no pudo sino expresarse de manera lacónica y algo equívoca sobre asuntos que para sus amistades eran de considerable interés e importancia. Así pues, a Pablo Abril, partidario de Chocano, le cuenta inverosímilmente que había convencido a “Víctor Raúl” que José Vasconcelos era “un mal elemento”. A la misma vez nunca se declara a favor de Chocano. De tal manera no rompe ni con uno ni con otro. Con el público general es algo más explícito. En su artículo sobre “El estado de la literatura española”, sin mencionar nombres, deja saber clara aunque indirectamente que no es partidario ni de Vasconcelos ni de Chocano. Después de referirse a los “hechos de feria y de guiñol”, los interpreta de la manera siguiente: éstos “…demuestran palmariamente que nuestros mayores pretenden inspirarse…en remotos y fenecidos resortes de cultura.” Estos resortes se definen como “neo puritanismo con asomos… de tartufismo” o como un “nietzcheanismo bastardo y en bruto”. Ni Vasconcelos, presumiblemente el tartufo neo puritano, ni Chocano, presumiblemente el nietzscheano bastardo y bruto, quedan aprobados. Si acaso algo queda en claro aquí es que Vallejo desea señalar otro camino cultural y político. Ese otro camino sería eventualmente un comunismo que, formalmente, era bastante ortodoxo. Al contrario de Neruda, por ejemplo, Vallejo nunca se sintió cómodo manteniendo de una parte su producción poética y de la otra su pensar político. La adhesión de Vallejo al comunismo resultó encontrarse entre la cruz y la hoguera.

La mayoría de las críticas, casi siempre lacónicas y a veces duras, que Vallejo le hace a sus contemporáneos, las flechas verbales que le dirige a Borges, a Neruda, a Mistral y a otros se basan casi siempre en un hilo común: la presumida falta de sinceridad o autenticidad en sus escritos. Lo triste es que Vallejo en su persona de activista político llegó a sospechar la falta de esto mismo en su propia voz poética. Tal vez esto explique la diminución de su producción poética hasta mediados de los años treinta. Recordemos, por ejemplo, al hablante de “Salutación angélica” que en contraste con el bolchevique heroico, implícitamente el hombre universal, se encuentra tardío, “callado y medio tuerto”. No sería hasta los últimos años de su vida que Vallejo superaría esa lucha interior y acumularía los poemas que serán su obra maestra. En el entretanto de parca producción poética esa lucha interior se desplazaría externamente, siendo el ataque a Vasconcelos un ejemplo temprano de esto.

Los más extensos y agudos ejemplos de este desplazamiento son su ataque al surrealismo, "Autopsia al surrealismo”, y más tajante, la denuncia abusiva a Vladimiro Mayakovsky, “El caso Maiakovsky”. Es de notarse que los surrealistas bretonianos al igual que Mayakovsky sufrieron una crisis semejante: una lucha entre la autoridad del partido comunista y la auto conciencia estética. Éste y aquéllos querían ser comunistas en la política pero libres en su actividad artística. En cuanto al estalinismo reinante desde la segunda mitad de los años veinte, esto resultó imposible. La solución a este dilema fue el trotskismo para los bretonianos y el suicidio para Mayakovsky. Para Vallejo, la solución temporera fue la negación y el desplazamiento. En su artículo sobre Mayakovsky Vallejo reconoce la tremenda lucha interior sufrida por el poeta ruso. Lo chocante es que dado tal reconocimiento, Vallejo no se permite la más mínima expresión de simpatía. Al contrario, tacha al ruso de mal poeta y bufón (irónicamente, la misma palabra que usó Vasconcelos para denunciar a Santos Chocano).

Aliándose a la onda poética que, a su manera de ver, prevalecía en la Unión Soviética del momento, Vallejo calificó a otros poetas soviéticos de muy superiores a Mayakovsky como poetas y como revolucionarios. Pero la historia guarda sus propias ironías: eventualmente una autoridad superior declaró que al fin y al cabo Mayakovsky era el gran poeta de la revolución soviética. En el 1935, Lili Brik, poeta y antigua amante de Mayakovsky (y, curiosamente, hermana política del que pronunciara el elogio fúnebre al Vajello difunto, el surrealista convertido al estalinismo, Louis Aragon) se cansó de la crítica continua a su novio futurista de antaño. Le mandó una carta a Stalin, donde insistió que él interviniera para rescatar la reputación del difunto. Stalin, que en su juventud había sido poeta, de vez en cuando le gustaba hacerse de crítico literario e intervino a favor de Mayakovsky. En el margen de la carta de la ofendida Brik, Stalin le escribió una nota concisa al inmundo director de su policía secreta, Nikolai Yehzof el cual en esos  momentos hacía preparaciones para la “ yehzovina”, el sangriento festín que culminaría en las purgas del 1938. Allí Stalin le pidió a su “Querido Camarada” que “investigara” el asunto ya que Mayakovsky era el "más grande poeta de la revolución” y que criticarle era “un crimen”. Las consecuencias para los críticos de Mayakovsky fueron, para muchos de ellos, fatales. Tal vez las hubiesen sido también para Vallejo si como había pensado hacerlo una vez, se hubiera trasladado a la Unión Soviética.

Por suerte Vallejo, al fin, logró salirse del callejón sin salida donde lo había dejado su adherencia a la política estética del comunismo oficial. Su participación en el Congreso de Escritores Revolucionarios celebrado en París en junio del 1935 fue, creo, un momento clave en su evolución. Allí hubiera podido escuchar a Paul Eluard leer una ponencia del jefe surrealista André Bretón al cual se le negó la oportunidad de participar en persona porque la delegación soviética amenazó boicotear el congreso si se le permitiera entrada al surrealista. (Esto porque Bretón había bofeteado al delegado soviético, Ilya Ehrenburg, en la calle.) La ponencia de Bretón trató elocuentemente de reivindicar lo revolucionario de la tradición poética que pasaba de Nerval, Baudelaire, Rimbaud y Lautreamont al surrealismo. El jefe surrealista insistió en que el valor revolucionario de Rimbaud se basaba, no en el hecho de que hubiese participado como militante en las comunas parisienses del 1871 o en que fuese “franco tirador de la revolución”, sino que en esa época había escrito “ Le coeur volé” y la “Lettre du voyant”. Bretón concluyó con las palabras contundentes, “‘Transformar al mundo’ dijo Marx. ‘Cambiar la vida dijo Rimbaud’. Esas frases clave son una para nosotros.”

Esto parece haber dejado huellas en el pensamiento de Vallejo. En uno de sus carnets escribe lo siguiente: “Bretón revindica al Rimbaud humano tanto como el revolucionario. Bretón cree que adherir a un partido revolucionario no hace la obra de un artista necesariamente revolucionaria. Al revés de Maiakovsky.” Las fechas de los poemas póstumos de Vallejo se disputan entre los críticos. Pero no hay duda que a partir del 1935 la labor poética de Vallejo se intensifica marcadamente y va apuntando hacia los libros culminantes Poemas humanos y España, pasa de mí este cáliz. Allí Vallejo permite la libre expresión de su voz poética de manera acertada y contundente, ascendiendo de tal manera al lugar reservado solo para los más grandes poetas del siglo veinte. Sin hacer concesión alguna a dogmas artísticos estos poemas no dejan por eso de ser revolucionarios a la manera de Rimbaud y Bretón.

Termino volviendo a Vasconcelos. Aunque en el contexto inmediato del dramón de guiñol que surgió como consecuencia del ataque a Santos Chocano, las flechas despectivas dirigidas por Vallejo hacia una persona cuyas acciones e ideas eran en aquel entonces loables, se podría conjeturar que en el 1926 Vallejo con clarividencia percibía serias flaquezas, o en sus propias palabras, un “tartufismo” en la postura política de Vasconcelos. Después del fracaso de sus ambiciones presidenciales en el 1929, Vasconcelos progresivamente abandona su postura democrática y va evolucionando hacia un tradicionalismo arcaico hasta culminar, en los años cuarenta, como editor de Timón, una revista patrocinada por la legación alemana en México. De tal manera se convierte Vasconcelos en portavoz de ideas que, a lo mínimo, coinciden con la propaganda del Socialismo Nacional alemán ( el nazismo). Después del cierre de esa revista por el gobierno mexicano, Vasconcelos aboga consistentemente durante la guerra mundial por el triunfo de los gobiernos fascistas. Y así, irónicamente, Vasconcelos llega a desempeñar una postura algo semejante a la que, en el 1925, le criticó a Santos Chocano. Así pues, en el contexto de los años cuarenta, el desprecio de Vallejo hacia Vasconcelos parece perfectamente justo. El hecho de que Vallejo, en el 1926, entreviera adónde iba, insospechadamente para casi todos, la trayectoria política del futuro Vasconcelos hubiese, tal vez, sido caracterizado por los surrealistas bretonianos como instancia del “azar objetivo". Sea como sea, los comentarios de Vallejo sobre Vasconcelos, aunque marginales en el contexto amplio de su escritura, sirven como una importante señal del comienzo de la entrada de Vallejo al drama político de entreguerras y de las complicadas consecuencias que esto produjera para él y para su evolución como poeta. Y es difícil ignorar que para Vallejo esta evolución produciría, irónicamente, en cierto sentido, un espejismo a la inversa de la evolución sufrida por su contendiente al margen, el vate que él caracterizó anticipadamente como “un mal elemento en América.”

NOTA BIBLIOGRÁFICA

Las citas de Vallejo vienen de Epistolario general (Pre-Textos, Valencia ,1982) y Artículos y crónicas completas, Jorge Pulcinelli, editor. (P.U.C.P, Lima 2002). Poetas y bufones: Polémica Vasconcelos-Chocano (Agencia Mundial de Librería, Madrid 1926) recoje un gran número de los artículos sobre la contienda publicados en revistas diversas en España e Hispanoamérica. Este libro, de difícil acceso en bibliotecas se reproduce en www.filosofía.org aut/001/1926pb.htm. Sobre la colaboración de Vasconcelos con Timón consúltese “La revista Timón y la colaboración Nazi de José Vasconcelos”. CVC.Cervantes.es/literatura/aih/pdf/04/ash_04_1-018.pdf.
La imagen al inicio de esta nota proviene de: http://www.diariolaprimeraperu.com

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