10 de febrero de 2015

Sueños de Escritor - por Bertha Jacobson

17:41 By Ed Valenz

Venustiano Lerma tenía aspiraciones literarias y, a pesar de haber abandonado la escuela en el sexto año de primaria, vivía con la ilusión de ver su fotografía, tamaño gigante, meciéndose como papalote en un aparador de la Librería Cervantes, y en recorrer el país de costa a costa promoviendo sus obras.
 De día era operador en una planta industrial y de noche le robaba horas al sueño para escribir sus cuentos en una Remington adquirida en el monte de piedad al día siguiente de descubrir su vocación oculta.

Todo empezó una tarde de 1999 cuando regresando del trabajo, bajó del autobús y encontró una multitud congregada al frente de la Casa de la Cultura.

--¿Qué pasa? – preguntó a un hombre calvo al frente de la fila.

--El famoso novelista peruano, Mario Vargas Llosa, viene a dictar cátedra – contestó el pelón señalando una foto enorme del autor que se bamboleaba junto a la puerta ̶ la entrada es gratis – añadió, mirando el uniforme sucio del obrero.

˗̶ Un escritor vivo ˗̶ musitó Tano para sus adentros. Nada sabía del invitado, pero la curiosidad pudo más que el cansancio. De escritores Tano conocía los nombres de los desaparecidos: Gabriela Mistral, Amado Nervo y Juan de Dios Peza, habitantes permanentes de los libros de texto, y recordó que alguna vez tuvo que aprender algunos de sus poemas de memoria. Como el tal Vargas Llosa era un hombre de carne y hueso, un contemporáneo que atraía grandes multitudes, supuso que valdría la pena asistir.

Ante un silencio expectativo, el ilustre invitado entró al recinto seguido por un séquito de ayudantes; el primero le acomodó el micrófono en la solapa, otro le encendió un cigarrillo y un tercero abrió una carpeta con el material de la cátedra. No era necesario que el escritor diera órdenes: todos parecían adivinar sus deseos en una simple mirada o en un leve movimiento de la mano.

Tano escuchó la plática con la boca abierta, ajeno a que su vida cambiaría esa noche. Esperó largo tiempo en la fila para que el autor le dedicara una copia de ‘La Tía Julia y el Escribidor’; ‘Para mi amigo chihuahuense, Venustiano Lerma’, leía la inscripción seguida de un garabato ilegible.

El obrero leyó el libro de un jalón; el primero y el único que leería en su vida. Tras terminar, cayó víctima de una necesidad casi febril de escribir. Pedro Camacho tuvo la culpa: el singular personaje de escasa educación creado por Vargas Llosa, había alcanzado el éxito redactando guiones de radioteatro con la vida, miserias y dramas de la gente bien y no tan bien de los barrios de Lima.

Los habitantes de Chihuahua poseían su propio encanto y Tano entrelazó historias para manipular las pasiones, zozobras y traiciones de los personajes de su infancia, a quienes encontró anidados en un lugar recóndito de su memoria.

El primero en aparecer fue Celso, el vendedor ambulante de frutas y verduras que acudía antes del amanecer al mercado de abastos, quien empujando un carretón de dos ruedas por los barrios populares, solía pregonar sus productos al son de un cencerro oxidado. Le imaginó un criadero de palomas mensajeras y lo sentó noche tras noche ante una mesa coja y destartalada, escribiendo cartas de amor que procedía a enviar por medio de los pichones a una granja en las afueras de Villa Juárez.
Siguió con la viuda del aguerrido revolucionario de los Dorados de Chihuahua asesinado en 1923. La anciana de ojos azul mar, vivía de sus recuerdos en un caserón semidestruido donde por el equivalente a un dólar, permitía a los turistas entrar a ver sus reliquias. En el relato de un mundo ficticio la puso al frente de una banda de huérfanos carteristas, a quienes explotaba sin miramiento alguno para salir de la miseria.

Recordó después al hermano Canuto, un sacristán cuarentón impregnado de olor a incienso y parafina. No pudiendo realizar sus sueños de ser cura, tuvo que conformarse con mantener las veladoras encendidas y las sotanas limpias y almidonadas. Le inventó una doble vida como amante de damas encopetadas de la caridad y le hizo pasar tantas penurias para evitar ser descubierto durante sus proezas donjuanescas, que él mismo se moría de la risa al leer y releer sus ocurrencias. Al completar veinte cuentos cortos regresó a la Casa de la Cultura con el anhelo de convertirse en un escritor famoso.

 ̶ Disculpe, señorita, ¿quién me puede ayudar en asuntos de letras? ̶ preguntó a la recepcionista enrollando y desenrollando el legajo de papeles con marcado nerviosismo.

 ̶ El Licenciado Nieto, ¿gusta usted hacer una cita?

 ̶ No es necesario ̶ respondió una voz potente detrás de él. Un joven alto, que le pareció muy seguro de sí mismo le extendió la mano ̶ Soy Guillermo Nieto. Mucho gusto.
Tano Lerma solicitó hablarle en privado. Una vez en su despacho, le confió sus aspiraciones y puso los papeles sobre el escritorio del funcionario. A Guillermo Nieto le cayó en gracia el candor del obrero cuarentón y se ofreció a leer sus cuentos. Fue el inicio de una amistad poco convencional. El licenciado Nieto recibía los relatos mecanografiados llenos de faltas de ortografía y los regresaba anegados de marcas en tinta roja.

 ̶ Corríjalos y tráigamelos de vuelta. Necesitan trabajarse más pero me gusta su estilo, tiene usted una gran creatividad.

Dos años más tarde, el Licenciado Nieto aceptó un puesto de agregado cultural con la embajada de México en Madrid y tuvo que marcharse. Al perder a su tutor y crítico literario, Tano se sintió perdido. No obstante, continuó escribiendo, ya que los cuentos surgían por sí solos en su imaginación. Compró un archivero metálico con cuatro cajones que fueron llenándose de relatos que nadie leía.

En octubre del año 2010 Vargas Llosa recibió el premio Nobel de literatura y Tano, con gran nostalgia, desempolvó el volumen autografiado por el autor una década atrás y lo releyó con la misma ilusión de la primera vez. Su corazón volvió a llenarse de aquel mismo delirio que lo impulsó a escribir y decidió poner manos a la obra e intentar publicar y promover sus cuentos.

Hurgó en los cajones del archivero aquellos primeros borradores corregidos por el Licenciado Nieto. Entre los papeles, encontró una nota.

“Tano: antes de mandar sus escritos a un editor, vaya a la librería y vea los libros publicados bajo ese tema. Conozca su mercado y asegúrese que su manuscrito esté en hojas limpias, a doble espacio.”
Viendo las páginas amarillentas inundadas de tinta roja, Tano resolvió mecanografiarlas de nuevo. No consiguió cintas y él mismo se dio a la tarea de embarrar las viejas con una brochita empapada en tinta negra, lo cual resultó en que algunas de sus páginas salieran chorreadas o con las letras deformes.

Con los cuentos bajo el brazo, Tano Lerma entró a la librería. Se dedicó a escudriñar uno por uno los volúmenes en la sección de cuentos. En una libreta hizo anotaciones siguiendo los consejos del licenciado Nieto: nombre de la editorial, dirección, autor, año de publicación y número de páginas.

Un rostro conocido le sonrió desde la contraportada de un pequeño libro publicado en el 2006 por una casa editorial española.

“Callejones y Cuestas, galardonada como uno de los mejores relatos del año, coloca al eminente diplomático y Licenciado Guillermo Nieto en el umbral que conduce hacia la rotonda de los grandes hombres de la literatura.”

 ̶ Así que también al licenciado le picó el gusanito de escribir ̶ susurró Tano dejando escapar un silbido de sorpresa. Emocionado, empezó a hojear el volumen para conocer la obra de su antiguo mentor.

Los personajes, lugares y situaciones le resultaron demasiado familiares. Como si eso no fuera suficiente, se vio a sí mismo retratado en el último cuento, ‘Sueños de Escritor’, donde Nieto satirizaba las ilusiones del obrero con insólita crueldad. El fajo de papeles que tenía bajo el brazo cayó al suelo y sin ánimo de recogerlos, Tano abandonó la librería.

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