16 de octubre de 2018

Niebla y sol 2: Primavera frente al mar

No es todo sol en esta primavera viñamarina*. 

Por las mañanas prima casi a diario la niebla del mar que va poco a poco esfumándose a medida que avanza el día. 

Por la tarde o alrededor del mediodía se levanta el viento sur —surazose lo nombra cuando sopla enérgico y cubre el mar de un oleaje acorderado— que vuelve el cielo de un nítido azul sin nubes y hace del horizonte una línea perfecta: división dos azules intensos. 

En la playa las olas crecen y revientan sonoramente; al dar contra las rocas de la costa se alzan en penachos de espuma y neblina de aerosol salino. 

Huele el aire a mar y algas sacudidas por las olas.




La temperatura —para dicha de las flores— fluctúa entre los 50s y los 60s grados Farehneit. El viento austral puede parecer más frío porque sopla desde el mar que, a causa de la Corriente de Humboldt, no alcanza más de 54 grados Farenheit (12 grados Celsius).

Es ésta la primavera refrigerada de la costa central, desnuda frente al océano que se extiende interminablemente hacia el oriente.

Al anochecer, cuando decae el viento y el sol se aproxima debilitado al horizonte, se ve crecer, mar afuera, el banco obscuro de niebla que avanzará por la noche hasta la tierra y un amanecer nublado, de sol invisible.


*De Viña del Mar, en la costa de Chile central

14 de octubre de 2018

Insectarium: La caza de moscas

"Muchas tardes, al salir a la huerta, contemplo en una tapia el espectáculo extraordinario de la caza de moscas por unas cuantas arañas.

Esta tapia, que suele estar al sol y a medias cubierta por una enredadera, es un nido de arañas. Unas son de las que hacen telas, otras de esas pequeñas vagabundas que se llaman vulgarmente alguacilillos. El alguacilillo es un verdadero monstruo, con sus tres filas de ojos, su agilidad, sus saltos. Un bicho así del tamaño de un perro sería algo horroroso.



El alguacilillo, como la araña tejedora y sedentaria, que son tan terribles para las moscas, se baten en retirada cuando aparece volando una especie de mosquita larga y estrecha: el pompilo. Inmediatamente que la distinguen se ve a las arañas, azoradas, que se esconden y buscan un agujero, pero el pompilo es implacable, las persigue, las coge, les da un lancetazo que las paraliza, las mete en un agujero de la pared, pone sus huevos y cierra.

La caza de la mosca es una de las cosas más interesante y más dramática que se puedan ver. Los dos procedimientos de caza, el de la telaraña y el de la persecución son terrible, más traidor, claro es, de la tela. ¡Qué ejercicio gimnásticos hacen las arañas sobre sus cuerdas! No hay marinero que las iguale. Cuando tienen su presa la agarrotan con su hilo en un momento y les sorben los jugos.

El alguacilillo más noble en su caza es como un tigre o un león; tiene unos movimientos rápidos, unos saltos terribles y unas emboscadas traidoras".

Pío Baroja. “El calor”. Las horas solitarias. 344-345 

Nota editorial: Este texto está copiado al pie de la letra de la primera edición, hecha en Madrid el año 1920 por Rafael Caro Raggio, editor de Baroja. Las posibles faltas de sintáxis y puntuación son responsabilidad del editor y del autor. 

7 de octubre de 2018

NIebla y sol

En la costa es habitual que por las mañanas haya niebla, a veces densa. El sol se va mostrando muy de apenas a lo largo de la mañana para manifestarse en todo su esplendor, en un cielo completamente despejado, hacia el mediodía.

Lo que por la mañana se muestra así:


y requiere de cierto abrigo a causa de la temperatura, por la tarde tiene un aspecto bastante diferente:


La temperatura es algo más alta, aunque siempre fresca, como controlada por el mar.

En estas fotos no se ve el mar, pero está muy cerca, hacia la izquierda, al pie de las colinas:



6 de octubre de 2018

Vuelo nocturno y amanecer

El vuelo es nocturno.

Despega el avión en Dallas ya apenas caída la noche e inicia el vuelo en dirección sur, alzándose hasta las alturas en las que avanzará gran parte de la noche. Sobrevuela el sur de Tejas, México y Centro América, según lo indica la pantalla con que se informa a los pasajeros que puedan tener curiosidad sobre los detalles de altura y velocidad de vuelo, distancia recorrida y tiempo transcurrido desde el momento de la partida.

Transcurre la noche en el vuelo imperceptible de la nave —palabra más hermosa que muchas— que apenas se siente suspendida en la velocidad del aire.

La monotonía del avance comienza a disminuir hacia las ocho horas de vuelo, cuando la pantalla indica que el avión se aproxima desde el Pacífico a la costa chilena y su destino, a los pies de Los Andes, en el aeropuerto de Santiago.

Está amaneciendo y hacia el este la Cordillera ofrece el espectáculo, siempre impresionante, del Cerro Aconcagua, la cumbre más alta del continente.

Destaca su altura sobre las nubes y contra el pálido cielo del amanecer. No hay mejor bienvenida a Chile que su presencia colosal en lo colosal del macizo cordillerano.


Los pasajeros sentados junto a las ventanillas que dan al este tienen la visión completa del espectáculo y algunos lo contemplan. Sólo algunos, los que saben de estas raras oportunidades que los vuelos ofrecen desde la altura.

El avión comienza su descenso, dejando atrás el monte y la vista de la cordillera nevada y las luces del amanecer.



Pocos minutos después, a casi nueve horas de haber despegado de Dallas, el avión desciende entre las cumbres de Los Andes y las más bajas de las Cordilleras del Melón y de la Costa, y aterriza en Santiago, rodeado de las siluetas monumentales de los montes elevados contra el cielo sin una nube del nuevo día. El de la llegada.

5 de octubre de 2018

Dicha y desdicha del vuelo

Las leyes de la perspectiva se cumplen con demasiados efectos negativos en la cabina de un avión en vuelo.

Los pasajeros que se sientan junto a los ventanucos —ni ojos de buey alcanzan a ser—abiertos al exterior tienen un panorama inmenso, de amplitudes ampliamente abarcadoras, mientras el resto de los pasajeros apenas si alcanzan a ver desde su asiento más distante un trozo mínimo de un cielo indistinto que, con suerte a veces, ofrece la belleza surrealista de una nube y algún juego de luces admirable.

Volar junto a una ventanilla, por pequeña que sea, puede ser una experiencia visual inmejorable. Cielos inverosímiles, distancias de ensueño, territorios como de un atlas de veras se suceden lentamente al avance rapidísimo del avión que, desde la altura, pareciera casi no avanzar, quieto como se lo siente en la inmovilidad del interior de pote de conservas o lata de sardinas.

Fascinado con lo contemplable, el pasajero de ventanilla puede muy bien perder noción de la incomodidad del asiento y el desagrado de la aglomeración humana. Su viaje es deleitable.

Llama la atención que de entre ellos la mayoría prefiera bajar la cortina y enfrascarse, como los demás pasajeros, los que sufren la condena de viajar a ciegas, en la pantalla de los espectáculos mayormente absurdos o en la lectura de la revista de vuelo, deplorable ejemplo del género publicitario que predica la dicha infinita de los hoteles de lujo y las comidas estrambóticas de una culinaria concebida para engaño de ingenuos habituados a las sutilezas gastronómicas de la pizza y la hamburguesa.

El aburrimiento del viaje lo rompe el reparto de porquerías comestibles y bebidas que se reciben como un regalo de los dioses aéreos. Todos comen y bien como si no lo hubieran hecho nunca antes.

Mientras tanto, afuera, invisible, transcurre la magnificencia del espectáculo que sólo se lo puede ver desde el agujero mezquino de la ventanilla que unos pocos pasajeros controlan y desaprovechan desde sus asientos selectos, únicos abiertos a la perspectiva de lo casi infinito.

Volar puede ser, dependiendo del asiento que se tenga, una experiencia estupenda o una tortura apenas soportable.


1 de octubre de 2018

Consideraciones sobre el viaje

Viajar ha de ser una de las actividades humanas más antiguas, casi tanto como las esenciales para la subsistencia. Bien podría decirse, incluso, que viajar ha sido una necesidad vital, una acción dirigida a sobrevivir, a resolver cuestiones esenciales para cumplir una vida satisfactoria.

Como función así de central a la existencia el viaje, el ir de un lado a otro en busca de algo que no se tiene, adquiere multiples significaciones y diversas formas de producirse que nos informan todavía sobre este impulso a viajar, esta ansiedad de trasladarse, esta curiosidad de lo otro que caracteriza a nuestra cultura y que ha hecho del viajar un producto de consumo en gran demanda.

Se pregunta el curioso, que todo lo pone en tela de juicio, a qué se debe tal demanda y qué ha hecho del viaje, desde siempre, una experiencia —mayormente difícil— tan acudida, ya voluntariamente, ya por imposiciones de las circunstancias, que algunos llaman destino.

Enfrentado a las complicaciones de viajar, y especialmente a la batahola de aeropuertos y sitios turísticos de visita obligada, el viajero ocioso, el que viaja sin un motivo aparente que lo impulse a hacerlo, se admira de tanto esfuerzo, tanto tira y afloja a que se someten la infinidad de viajeros, consumidores ávidos de un producto popular, que, como tal, no se puede dejar de adquirirlo.



Se admira y se pregunta qué explica este fenómeno —del cual él es también partíciple voluntario— aparentemente contradictorio: una forma de placer pespunteada de disgustos y malos ratos. 

Y, no teniendo una respuesta satisfactoria e inmediata, se sume en el análisis de los componentes del problema, para solo tener que dejarlo para más tarde y correr entre el gentío a la puerta de salida de su vuelo, que está por despegar.