21 de septiembre de 2016

Cuento de Porfirio Mamani Macedo

 El hombre del viento.
Porfirio Mamani Macedo

No éramos demasiados. Habíamos pensado que era mejor quedarse bajo el árbol del patio, no en el interior de la casa porque era muy vieja, y además la vez anterior que hubo viento le había arrancado ya unas calaminas del techo. El árbol por lo menos nos protegía de la lluvia y del viento. Del viento huíamos, según la dirección de la cual soplaba. Ese día Onel no estaba con nosotros, había ido a buscar ramas para tapar el gallinero y la conejera, pues ya se acercaba la temporada de lluvias. Yo no tenía miedo a los rayos, nos habíamos acostumbrado a no tener miedo de nada, pues habíamos nacido con los temblores que tanto sacudían la casa. Era normal oír o sentir el sacudón que producían. Ese día sólo había viento, un viento pesado, duro, muy duro que golpeaba las paredes de la casa. Por eso salimos. “Se va a caer la casa”, eso había dicho María, y todos miramos el techo. Había moscas que se habían refugiado en el interior, también había arañas que corrían tras las moscas. Las calaminas vibraban con el viento. “Salgamos de aquí”, les dije yo. Entonces salimos apresurados en fila india. Sólo éramos siete. Nosotros éramos cinco y ellos dos.
Alberto y Benito se habían refugiado en nuestra casa porque la suya, con el primer soplo del viento, se fue abajo. Sólo quedó la pared del lado donde había sillares, porque de los lados que la levantaron con piedras y barro, se derrumbaron fácilmente. Ellos estaban solos, por eso les dijimos que vinieran a nuestra casa, cuando salieron aterrados de su casa que se derrumbaba. María les abrió la puerta y los condujo al fondo donde estábamos arrinconados. Era el lugar más seguro de la casa. Era la primera vez que el viento soplaba así, parecía un rayo desencadenado. El árbol era ancho, robusto y viejo. Quizá tendría cien, doscientos o más años. Los padres de mis abuelos, dijeron que ya estaba allí, por eso habían decido construir su casa al lado de ese árbol.

Alberto y Benito estaban tan asustados que no cesaban de temblar. Pensamos que era por el viento frío, pero era por el susto que tuvieron cuando la casa se les vino abajo. Nosotros también habíamos oído el ruido violento y seco. Ninguno de nosotros dijo nada, sólo nos miramos, imaginando que pudo haber sido nuestra casa, pero estaba allí, resistiendo el paso del viento. Bajo el árbol nos sentimos mejor, aunque a ratos el ruido que hacían las ramas, como si se estuvieran quebrando, nos hacía pensar que hubiera sido mejor quedarse dentro de la casa, pero nadie quería regresar. Para no estar dando la vuelta alrededor del árbol nos tapamos la cara, cada quien como pudo y nos sentamos alrededor de él, como si lo estuviéramos protegiendo. Y el viento no amainaba, seguía azotando todo cuanto había. A lo lejos veíamos volar papeles, cartones, trozos de maderas, calaminas e infinidad de bolsas de plástico. En poco tiempo estuvimos cubiertos de polvo. Onel no regresaba, tal vez se quedó atrapado entre aquellos eucaliptos y sauces de donde fue a traer ramas. Había ido con su amigo Lorenzo. A ambos les gustaba salir a cazar gaviotas o lagartos, según la época. Demoraban mucho, quizá a causa del terral. La casa de la vecina Aurora, quien vivía no lejos de nosotros, sufrió varios estragos por la envestida del viento. Los perros aullaban en medio de la corriente de polvo que arrastraba el viento. Poco a poco fue calmando la ráfaga de viento, y aprovechamos para limpiarnos la cara.

Sacudimos nuestra ropa. Todos teníamos sed, sobre todo los más pequeños, Feliciano y Marcela. Carlos no decía nada, estaba callado, sólo miraba el horizonte lejano que el polvo confundía. María, sin que nadie le dijera nada, corrió a la casa y trajo una botella de agua, aunque le costó regresar, porque el viento volvió a la carga justo cuando salía de la casa; así que no le dio tiempo de cerrar la puerta y por eso salió el perro tras ella. Le ordenó para que regresara al interior de la casa, pero ya era demasiado tarde: el perro estaba con nosotros. A ella sólo le quedaba avanzar o retroceder. Nosotros le gritábamos para que se quedara pegada a la pared un rato, hasta que calmara un poco. Quizá no nos oía por el ruido sordo que hacía el viento arrastrando latas y otros objetos ruidosos. Avanzaba de perfil con la botella de agua en el aire, y el viento la empujaba hacia atrás. Entonces corrí hacia ella, y juntos pudimos avanzar, cortando el viento que golpeaba nuestras caras.

Se fue el viento y Onel no regresaba. Nuestra casa había resistido más o menos. Regresamos a casa y comenzamos a ordenar las cosas que el viento derribó. Los vecinos Alberto y Benito se quedaron con nosotros hasta el final, quizá tenían miedo de regresar a su casa; además, de ella no quedaba gran cosa. Nuestro perro se fue de la casa guiado por algún olor que había traído el viento. Cuando regresó, trajo en su hocico un pato malimuerto. Lo dejó caer en el patio, y él se fue a sentar al lado de la puerta. El pato estaba herido, al parecer tenía el ala quebrada, pues se puso a correr torpemente por el patio, haciendo un círculo arrastrando su ala. Nos reunimos a su alrededor esperando que se tranquilizara. Estaba aterrado, por eso tratábamos de no hacer ruido para que no se asustara más de lo que ya estaba. Mientras mirábamos cómo daba vueltas el pato con su ala caída, a lo lejos vimos aparecer un hombre que salía del polvo que aún permanecía quieto en el aire. Al ver que se acercaba con aquellos bolceíses viejos, con aquella barba larga que le colgaba de la quijada, los vecinos Alberto y Benito corrieron hacia el interior de nuestra casa y no volvieron a salir hasta que se fue el hombre. Pensamos que venía a llevarse el pato. En nuestra distracción viendo al hombre que llegaba, el pato se había refugiado en el gallinero, hasta donde lo siguió el perro sin ladrar. Las gallinas, los patos y los otros animales se replegaron en un rincón del gallinero huyendo del intruso. El pato había entrado por una ranura que había ensanchado el viento, al hacer caer un trozo de sillar sobre la malla.

--¿Dónde vive la Raquel?–fue lo primero que nos dijo.

Estaba muy harapiento, sucio, lleno de polvo. Seguro el terral lo cogió en el camino. Tenía los zapatos rotos, desclavados. Para que la suela no se quedara en el camino la había sujetado con un alambre. Nosotros no nos movimos hasta que él se acercó completamente.

--¿Dónde vive la Raquel?–volvió a preguntar.

Nunca habíamos oído hablar de ese nombre, o por lo menos a nadie se le conocía con ese nombre, puesto que en este pueblo todo el mundo se conocía al revés y al derecho.

--No sabemos–le dije yo--, aquí no hay nadie con ese nombre.
--¿Esto no es Bellavista?–preguntó él, arrugando la frente más de lo que ya estaba.
--Sí–le dije–, este pueblo es Bellavista, pero aquí no vive ninguna Raquel. Hay una Rafa, pero no una Raquel.
--Por todo el camino me han dicho que aquí estaba ella–dijo el hombre.

Se le veía el semblante extremadamente cansado. Estaba de pie, pero se balanceaba lentamente hacia atrás y hacia delante como si fuera una estatua a punto de ser derribada por el viento. Miraba de un lado a otro, buscando las casas dispersas del pueblo.

--“Vaya usted para allá–eso me dijeron–, aún vive donde la dejó”.
--“¿No se ha movido de allá?–les dije yo–, quizá ya no vive nadie en ese pueblo”.
--“Al contrario–me dijeron–hay más gente que antes. Hasta agua potable han puesto”.
--Y yo continuaba mi camino–dijo el hombre–, fui avanzando de pueblo en pueblo hasta que me agarró la lluvia, justo pasando el último cerro que tapa Socabaya. Me recibieron en una casa hasta que dejó de llover, de modo que pasé la noche en esa casa, echado en un cuero de borrego, uno parecido a los cueros en que dormían ellos.

Se puso a hablar solo, como si nosotros le hubiéramos dicho que nos relatara lo que le había ocurrido. Movía la mandíbula parsimoniosamente, al ritmo que iban saliendo las palabras de sus labios.
De un modo extraño nuestro perro ni siquiera le había ladrado, para él era como si no hubiese llegado nadie. Ya debía ser las cinco de la tarde y Onel no regresaba de ningún lado, y nosotros estábamos con el intruso en el patio. Los vecinos que se habían refugiado en nuestra casa, nos miraban por la rendija de la puerta.

--¡No es posible–dijo–aquí hay un error, no he venido cruzando todos aquellos caminos y poblados para nada! He seguido lo que me iban diciendo en el camino, y cada vez que preguntaba me decían: “allá está la Raquel”. Y yo seguía el camino con la esperanza de encontrarla aquí.

Su semblante demacrado, con el caer de la tarde se fue haciendo más oscuro. Sus ojos cansados buscaban a lo lejos, tal vez, la silueta de la casa de esa Raquel que él había traído en su mente, vaya a saber de qué confín del mundo, esa Raquel que nosotros no conocíamos. Nos hubiera gustado decirle que sí la conocíamos, sólo para verlo con cara de vivo y no con aquella que tenía.

--Quizá se fue de este pueblo–le dije yo–antes que nosotros naciéramos. En este caso los mayores le dirán adónde se ha ido.

Parecía que ya no me escuchaba, pues siguió con la mirada perdida hacia los lados. Nosotros estábamos quietos, consternados sin saber qué decirle para que se pusiera alegre. Miró la tierra o sus zapatos rotos, y así se quedó un rato con la cabeza medio colgada, dejando que los rezagos de viento le desordenaran aún más el pelo largo y marchitado que tenía. Nuestros vecinos ya no miraban por la ranura de la puerta, sino que se habían apostado en la ventana. Los animales del gallinero acogieron al intruso que ya corría entre ellos con su ala quebrada.

--¿Qué hacemos?–le dije en voz baja a María, nuestra hermana mayor.
--No sé--me dijo ella, levantando los hombros.
En ese momento el hombre levantó la cabeza. Había llorado, pero su mirada seguía rígida, determinada a encontrar a Raquel.
--Quiero hablar con tu madre–me dijo–, corre, dile que quiero preguntarle una cosa.
--No tenemos madre–le dije–, murió hace mucho tiempo.
--Entonces a tu padre–dijo él balbuceando las palabras.
--Nuestro padre regresa en la noche–le dije–, pero no tarda en llegar Onel.

Le dije esto último sin saber a qué hora regresaba Onel, se lo dije sólo para no decepcionarlo demasiado. Pero el hombre no me dijo nada. Miró el árbol y caminó hacia él, arrastrando sus zapatos descosidos. Lo vimos alejarse lentamente hacia el árbol. Se apoyó en él, y se sentó donde nosotros nos habíamos sentado cuando el viento arreciaba. Alguna otra tempestad debía de haber en su mente. Nosotros quedamos desorientados en el centro del patio sin saber hacia donde ir; hacia la casa o hacia el árbol. Decidimos quedarnos afuera, al lado de la puerta de la casa, desde allí vigilábamos al hombre desconocido. Y así fue cayendo la noche.

Después de un buen rato, ya cuando la noche tomó plena posesión del pueblo, el perro súbitamente corrió en dirección al árbol. Allí se puso a dar aullidos extraños, que otros perros de otras casas replicaban. Cuando corrió, le gritamos para que se detuviera por temor a que mordiera al hombre que estaba descansando al pie del árbol. Cuando llegamos al árbol ya no encontramos al hombre. Dimos varias vueltas alrededor del árbol y nada. Lo buscamos un poco más lejos en la oscuridad, pero no respondía nadie. Le dije a María que fuera a traer la linterna. El perro se había alejado aullando hacia el lugar por donde apareció el hombre. Con la linterna miramos el lugar donde se había sentado el hombre y no vimos ninguna huella de él. Sólo estaban nuestras huellas frescas, porque seguía cayendo el polvo que había levantado el viento. Por más que buscamos sus huellas, no encontrábamos nada. No sé cuánto tiempo lo buscamos, quizá una hora o más. Empezábamos a tener frío y hambre, por eso regresamos a la casa para seguir esperando a Onel y a papá. Onel tardaba demasiado, pero estábamos acostumbrados a aquellas ausencias largas de Onel. El siempre era así, a veces desaparecía dos o tres días, y cuando llagaba nos contaba historias de lo que le había ocurrido, o quizá él las inventaba para distraernos. Primero llegaron los padres de los vecinos, afligidos por lo que les había ocurrido a su casa, luego se alegraron cuando vieron a sus hijos sanos y salvos. Se fueron a vivir a la casa de unos parientes que tenían a la entrada del pueblo. Un poco más tarde llegó papá. Calentamos la comida que habíamos preparado antes del ventarrón.

Nadie se atrevía a referirle a papá sobre la presencia y desaparición del hombre. Sólo cuando todos estábamos sentados a la mesa, papá se dio cuenta que algo no iba bien. Le preguntó a María qué había ocurrido, y ella se lo dijo todo. Papá no se alarmó de nada y al final nos dijo que comiéramos, porque se estaba haciendo tarde y la comida se enfriaba. Y no se habló más del asunto.

Unos meses más tarde papá nos reunió a todos al pie del árbol y nos refirió que efectivamente la Raquel que buscaba el hombre había vivido en el pueblo, hace muchos años, pero que se había marchado siguiendo a unos arrieros, y nunca más se supo de ella. El hombre que la andaba buscando fue su primer novio. Ella lo había enviado con engaños a un sitio donde sabía que lo iban a matar, porque ella prefería casarse con el hijo de un terrateniente, con el cual nunca se casó. Dicen que le había dicho “yo te espero aquí hasta que regreses.”

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Miércoles 21 de septiembre, 2016.
Publicado originalmente el 22 de octubre del 2012 en el número 9 de la Revista Labrapalabra Digital.

14 de septiembre de 2016

Diente de león: imágenes y palabras

Imagen y palabra se han dado juntas, en armonía o contrapunto, desde a lo mejor los inicios del lenguaje hablado y el de la representación visual. Se podría pensar que surgieron casi como una misma cosa, hermanas gemelas que fueron poco a poco, milenio a milenio, evolucionando hasta alcanzar, a través del complicado proceso de los jeroglíficos y los ideogamas, identidades aparentemente distintas en las diferencias entre decir y mostrar, entre contar con palabras y hacerlo con imágenes, ésas que erróneamente dicen valer mil de aquéllas.

 Erróneamente, por cierto, porque no es sustituible un modo de expresión por otro: son intransferibles. Pero se complementan. Así, por ejemplo, la imagen del diente de león y el lema que habla de sembrar a todos los vientos que la acompaña en el excelente logo de la Editorial Larousse se hermanan en un mismo significado.

Está visto que en los logos se cumple esa simbiosis significante en que lo visual y lo verbal expresan en conjunto, multiplicando la impresión con que los sentidos más elevados--vista y oído: los intelectuales--sienten el mundo y lo comunican a la conciencia que lo comprende admirada.

¿Y qué comprende el ojo al ver la imagen de este diente de león que dispersa paraguas por los aires? ¿Necesita la imagen el complemento del verbo que la explique?

Postulo que la mente, sin proponérselo, al ver que vuelan los paraguas como vilanos al viento, los verbaliza,

Ya sea como una bandada de pájaros que por lo negro se dirían de mal agüero: torvos cuervos de corvo pico, picotas del duelo; turbias alas de socavón o cueva de vampiros.

Ya sea de otra manera muy diferente. Porque por negro que el paraguas sea, en el vuelo disperso de muchos de ellos leerse puede el pentagrama del ensueño o el capricho alegre. Música de circo para el que se equilibra afirmado en un paraguas. El negro, ya se sabe, absorbe la luz, se empapa de ella, como se empapa del agua nutricia todo paraguas abierto a evitarla.

Invención del ingenio, pararrayos, el paraguas, negro y todo--como el tordo que lindo canta--protege de tormentas y chaparrones. Se agradece así la lluvia necesaria que no moja.

Pareja principal entre los invitados al arca debió ser la del paraguas con su paraguas. Extendida su cúpula negra de trémula tela se reprodujo de tal manera en los cuarenta días de travesía que negó el diluvio que lo empapaba todo.

Vuelan los paraguas redimiendo a los que ya secos, incólume ante las iras del castigo, los enarbolan como banderines de alegría. Hacia el fondo el viento destapa la amanecida.

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Miércoles 14 de septiembre, 2016

7 de septiembre de 2016

Fotografías virtuales de Gerundio Andel

Imágenes de un mundo de pixeles…

Hace ocho años descubrí la existencia de otros mundos. No, no se trata de especulaciones esotéricas ni de investigaciones astronómicas. Me refiero a la existencia de mundos virtuales creados de pixeles que residen en el espacio cibernético dentro de ordenadores.  Unos de estos mundos, conocido por el nombre de Segunda Vida (Second Life), es donde comencé mis expediciones con mi entonces recién engendrado avatar, que bauticé con el nombre de Gerundio Andel.

Decidí que esta nueva versión del yo se trataba de una forma no personal, justo como lo es la definición del término gerundio y que el apellido Andel asumía la función de abrirme el paso a campo traviesa en un nuevo espacio completamente desconocido.

Y así Gerundio Andel comenzó su viaje en el que conoció avatares de otras lenguas y culturas y visitó réplicas de ciudades, reales o fantásticas.

Los mundos virtuales les sirven de plataforma a muchos artistas para crear contenidos visuales tridimensionales. De esas creaciones son estas imágenes que les comparto hoy a nuestros lectores. Son paisajes de pixeles que, aunque parecen tener las características del mundo físico, solamente pueden visitarse mediante la inmersión en los espacios virtuales.

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Gerundio Andel nació el 14 de octubre del 2008 en Second Life y desde entonces se ha dedicado a la creación de contenidos tridimensionales y a la fotografía virtual. Yo, su creador, me considero un refugiado del mundo real. En los espacios virtuales creamos nuestra realidad y la percibimos de tal manera que llegamos a creerla. Como planteara el filósofo Descartes: “Cogito ergo sum” "Pienso, luego existo". Estos paisajes y personajes son productos de la imaginación; pero a pesar de ser engendros del pensamiento, toman vida en intrincados pixeles, por lo que “existen” y ocupan su propio espacio palpable y perceptible visualmente dentro de la inmersión virtual.

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Miércoles 7 de septiembre, 2016

31 de agosto de 2016

Cuento de Santiago Daydí-Tolson

LA CURVA FINAL

A la velocidad que iba calculó que la curva requeriría especial cuidado. Más cerrada que las  muchas que había tomado más arriba, bien podía darle problemas. Nada que no pudiera controlar, sin embargo. Se permitió un segundo de descuido para admirar el paisaje, que allí se ampliaba desde la altura a la inmensidad del mar. Dos o tres vueltas antes el camino había dejado de enrodarse entre cerros cortados a tajos monumentales y se había abierto a la extensión de un faldeo de leves colinas que terminaban en el mar lejano. La curva que quedaba por tomar iniciaba un descenso apenas serpentino y le daba un último abrazo al cerro, que allí mismo terminaba abrupto. La grandeza del lugar, que él conocía y admiraba como suyo, con su belleza agreste, de vastas perspectivas, le hacía gozar aun más la velocidad en el descenso. Apenas si podía darle miradas breves al paisaje, concentrado como tenía que ir conduciendo en el camino de trazado antiguo y, por lo mismo, pista inmejorable para su pasatiempo preferido.

Manejar lo más rápido posible por caminos dificultosos como éste le producía una satisfacción incomparable que necesitaba gozar a solas, sin las presiones que le imponía el trato con los demás. El paisaje de altura, con su horizonte interminable, era en este sector motivo principal de su gozo y un estimulante espléndido de esa sensación de libertad que ahora mismo lo desprendía de todo. Lindísimo el mar de esa mañana sin nubes; más lindo aún el encuentro del azul y el jaspeado de ese litoral de rocas escarpadas, donde el oleaje levantaba silenciosos penachos de espuma. En pocos minutos más estaría allí mismo, abajo, enfrentado al mar y su sonido y movimiento interminables. De pie ante el embate de las olas se dejaría bautizar una vez más de los golpes de agua que el viento levantaría hasta él, empapándole la cabeza y salándole los labios. Entonces podría volver tierra adentro.  

Volvió los ojos sobre la ruta: ya estaba encima de la curva. Al comenzar a tomarla comprendió que había cometido un error, que estaba cometiendo otro peor al reaccionar tan bruscamente. Supo que el auto ya no le obedecería, que dejaba de pertenecerle. Lo sorprendió la sensación de impotencia: nunca antes había conocido tal completa falta de control. Sintió una indignación avasalladora al no poder escabullir la responsabilidad de lo que estaba sucediendo. No era su costumbre admitir errores y le hería como algo insoportable tener que hacerlo ahora, precisamente ahora, cuando todo iba tan bien y no había que pensar en el futuro. Porque, ¿qué duda le cabía de que sería siempre lo mismo: un continuo proceso ascendente que no podría sino culminar en lo que ni él mismo en su ambición era capaz de imaginar? Fue la certidumbre del momento la que le dio en todo caso de apuro esa seguridad que hacía vacilar a los demás y lo llevaba siempre el triunfo. Cada día era para él un paso hacia arriba y no podía sino seguir siendo así porque siempre había sido así, desde que de niño sintió, bajo los golpes de la autoridad, que no era el suyo destino de dominado: que tendría que estar por encima de todos.

Más de alguna vez había sentido miedo; pero no era el miedo ahora su problema, sino el no dejarse dominar por el nudo en el estómago y el estupor. Esa misma sensación que en otros llevaba a la inacción o la huída a él lo enardecía, recordándole su energía más vital, y lo impulsaba a actuar de inmediato, por terribles que pudieran ser las consecuencias. Al escalofrío del peligro oponía la indignación. Pero ahora mismo su furia no le ayudaba para nada. Ante lo inevitable el miedo se le imponía; increíblemente trataba de tomar control: y lo estaba consiguiendo. A la indignación siguió la sorpresa de lo inconcebible. “No puede ser, no puede ser que este auto de mierda no pueda tomar la curva”. Ya sentía cómo las ruedas dejaban el camino y la tracción perdía frente a la inercia que lo hacía abandonar la ruta, como si el eje al cual se amarrara el auto en el giro apretado de la curva hubiese cedido, dejándolo seguir esa recta insistente que hacía una dicha ganar las vueltas del camino. Dicha de arriesgar el equilibrio en curvas tomadas cada vez con más velocidad en autos cada vez más aptos para tales retos. Y éste era el mejor de todos los que había tenido. No sería el último, porque habría otros muchos y mejores que vendrían con el tiempo, marcando cada uno un triunfo más, un nuevo peldaño en el ascenso que nadie podría detener.

Sólo una vez antes había estado en una situación desesperada, pero había sido a causa de la porquería de auto que manejaba entonces, una broma mecánica que se quedaba en las apariencias. También había tenido que ver su inexperiencia. Esa vez había terminado estrellando el auto contra un muro y la desdichada que iba con él había ido a dar al hospital, y no por pocos días. Por suerte el autito de juguete aquél era de ella, y ella era de los dos la mayor de edad y la que tenía permiso para conducir. Y fue ella la que resultó responsable de todo. El no había hecho más que dejar el auto medio encaramado en el parapeto y desaparecer antes de que llegara nadie a meter las narices. La del auto podía darse por contenta de que no la acusaron de abuso de menores; tenía que agradecérselo a él que la dejó sola y única protagonista del accidente. Incluso se había arriesgado a hacerle el favor de ir inmediatamente a su piso y llevarse cuanto pudiera incriminarla y alguna cosa más como indemnización por la pérdida que a él le significaba quedarse sin auto y sin cama y techo.

Pero eso había sido cuando apenas entendía nada de nada en el trajín de los días. Desde esa vez jamás había perdido el control de un auto, y que no se dijera que no se había arriesgado. La práctica irresponsable le había dado buenísimos resultados porque en más de una ocasión la experiencia lo sacó de aprietos, cuando el riesgo llamaba a la retirada. La rapidez, se vanagloriaba, era su aliada, “salvo en la cama, claro”, aclaraba antes de que nadie hiciera interpretaciones malintencionadas de lo que decía. Y en eso no mentía, porque, aunque no lo hubiera admitido, su mayor debilidad era precisamente la necesidad avasalladora de dejarse estar en largas tardes de caricias o simplemente siestas bien acompañadas en el abrazo. Desde niño había preferido a todo lo demás el abrigo de unos brazos. De la infancia recordaba las noches en que se acurrucaba a dormir en la cama de sus padres, o las siestas junto al padre que aprovechaba los fines de semana para adormecer su agotamiento. En algún momento que no podía recordar todo aquello había terminado: lo rechazaban, obligándolo a volverse a su cuarto a oscuras a soñar a solas; y sin entender por qué las siestas paternas también terminaron. Tuvieron que ser otros los cuerpos a que acudió buscando esa quietud del sueño acompañado y en la búsqueda se dio de lleno con un mundo en que la cálida dejadez del abrazo parecía un imposible.

Al perder contacto con la carretera el auto pareció ganar velocidad, como si hubiera dado un salto y estuviera a punto de echarse a volar. Sintió cómo el asiento en el que iba hasta el momento cómodamente arrellanado dejaba de abrazarlo con su piel de animal de compañía. Era el auto el que lo abandonaba ahora, rechazándolo para seguir su propio destino, libre ya de sus demandas de atención y cariño. El horizonte le pareció durísimo en su línea de encuentro de dos azules demasiado limpios, acerados. Pensó que junto al mar la aspersión de las olas estrellándose contra las rocas sería una llovizna demasiado fría sobre el cuerpo ansioso de la tibieza de otra piel. Ya no le pareció tan buena idea bajar hasta la costa y detenerse frente al mar hasta quedar empapado de esas aguas de incesante turbulencia.

La casa materna había dejado de ser lugar de abrigo y al cariño sucedieron la distancia y el enojo. En la soledad de una adolescencia ingenuamente sorprendida fue aprendiendo a distinguir entre lo más íntimo de su deseo y la necesidad de enfrentarse a los demás con la máscara hirsuta de la insensibilidad y el dominio. Ahora ya no le temía a nadie, pero nadie tampoco lo quería, nadie le podía dar esos ratos de quietud ansiados, que conseguía a medias con una u otra de las tantas que lo acompañaban y seguían.  Imposibilitado de dar a conocer su debilidad no se abandonaba con ninguna y sus encuentros no podían ser sino violentos y apresurados; sí, apresurados como todo en esa vida triunfadora del que no se había dejado dominar y dominaba.

Ahora conducía a solas, a solas se enfrentaba al momento de su mayor debilidad, cuando a la ira del darse cuenta de que había errado la seguía la conciencia de haber perdido por completo el control del automóvil. Reconocía, con un abatimiento del que se creía inmune, que ya no había vuelta atrás. Esta vez era él quien perdía. Al instante reaccionó, enfurecido esta vez por la mala suerte en la jugada, y apretó con más fuerza aún el volante, como si pudiera todavía recobrar el control y volver sobre la carretera que se escabullía a su costado. No era el momento de dejarse ganar por la debilidad del que acepta la realidad sin disputarle el derecho a transformarla a su voluntad y conveniencia.  Se negaba a aceptar que esa curva del diablo que tan bien conocía pudiera esta vez ganarle, burlarse de él, hacerle pasar el mal rato y la vergüenza de salirse del camino y tener que pedir ayuda para sacar el auto de sepa dios qué zanja o quebrada treinta metros más abajo del camino.

Fue en vano. Ya sentía la fuerza que trataba de arrancarlo del asiento, ya veía cómo el paisaje giraba sobre sí mismo, el horizonte convertido en un aspa en movimiento, esfumado ya el camino en una confusión de imágenes de cielo intensamente azul y de algo borroso y oscuro que se aproximaba avasallador como una roca al vuelo, un meteoro y su estallido desconsolador al momento del impacto. Alcanzó a comprender con agobiante claridad que otra vez, como entonces, cuando todo cambió de un momento a otro y se encontró completamente a solas, abandonado, la realidad se volvía incoherente y una tristeza superior a sus fuerzas le empapaba el cuerpo de una languidez de entrega. Esta vez, sin embargo, sintió la embriaguez maravillosa del abrazo.

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Miércoles 31 de agosto, 2016

24 de agosto de 2016

Ficción: Minicuentos de A. Pedraza y M. Brasca

Hoy ponemos a la consideración de nuestros lectores los minicuentos de los autores Alfondo Pedraza y Mónica Brasca. Les recordamos que todos los comentarios son bievenidos y uno de los propósitos de esta publicación es dialogar con las personas que visitan nuestro blog.

Dos mínimas narraciones de Alfondo Pedraza

Clásico.

Teje, desteje. Penélope es otra desde aquel “ahora vuelvo, voy por cigarros”.

El esperador esperado.

Para volver, Odiseo aguarda, desde hace añales, que la túnica esté completamente tejida.

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Y otro de Mónica Brasca:

Discreción unilateral
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El traductor guardó en su maletín, bajo llave, la palabra que había omitido y se marchó de la reunión cumbre, seguro de haber puesto fin al eterno conflicto entre aquellos dos países.


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Miércoles 24 de agosto, 2016.

10 de agosto de 2016

Fotografías de Gary Keller

El Valle de Elqui, en Chile, la tierra de Gabriela Mistral,

¡Donde las fotos del medioambiente parecen pinturas en  el museo!

Tomadas por Gary Keller en una visita al lugar donde el espíritu franciscano de la escritora, allí enterrada, pareciera dominar ese paisaje austero, en el que se encuentran desierto y tierra fértil en los faldeos de la Cordillera de los Andes.


VALLE DE ELQUI

Tengo de llegar al Valle
que su flor guarda el almendro
y cría los higuerales
que azulan higos extremos,
para ambular a la tarde
con mis vivos y mis muertos.

Pende sobre el Valle, que arde,
una laguna de ensueño
que lo bautiza y refresca
de un eterno refrigerio
cuando el río de Elqui merma
blanqueando el ijar sediento.

Van a mirarme los cerros
como padrinos tremendos,
volviéndose en animales
con ijares soñolientos,
dando el vagido profundo
que les oigo hasta durmiendo,
porque doce me ahuecaron
cuna de piedra y de leño.

Quiero que, sentados todos
sobre la alfalfa o el trébol,
según el clan y el anillo
de los que se aman sin tiempo
y mudos se hablan sin más
que la sangre y los alientos.

Estemos así y duremos,
trocando mirada y gesto
en un repasar dichoso
el cordón de los recuerdos,
con edad y sin edad,
con nombre y sin nombre expreso,
casta de la cordillera,
apretado nudo ardiendo,
unas veces cantadora,
otras, quedada en silencio.

Pasan, del primero al último,
las alegrías, los duelos,
el mosto de los muchachos,
la lenta miel de los viejos;
pasan, en fuego, el fervor,
la congoja y el jadeo,
y más, y más: pasa el Valle
a curvas de viboreo,
de Peralillo a La Unión,
vario y uno y entero.

Hay una paz y un hervor,
hay calenturas y oreos
en este disco de carne
que aprietan los treinta cerros.
Y los ojos van y vienen
como quien hace el recuento,
y los que faltaban ya
acuden, con o sin cuerpo,
con repechos y jadeados,
con derrotas y denuedos.

A cada vez que los hallo,
más rendidos los encuentro.
Sólo les traigo la lengua
y los gestos que me dieron
y, abierto el pecho, les doy
la esperanza que no tengo.

Mi infancia aquí mana leche
de cada rama que quiebro
y de mi cara se acuerdan
salvia con el romero
y vuelven sus ojos dulces
como con entendimiento
y yo me duermo embriagada
en sus nudos y entreveros.

Quiero que me den no más
el guillave de sus cerros
y sobar, en mano y mano,
melón de olor, niño tierno,
trocando cuentos y veras
con sus pobres alimentos.

Y, si de pronto mi infancia
vuelve, salta y me da al pecho,
toda me doblo y me fundo
y, como gavilla suelta,
me recobro y me sujeto,
porque ¿cómo la revivo
con cabellos cenicientos?

Ahora ya me voy, hurtando
el rostro, por que no sepan
y me echen los cerros ojos
grises de resentimiento.

Me voy, montaña adelante,
por donde van mis arrieros,
aunque espinos y algarrobos
me atajan con llamamientos,
aguzando las espinas
o atravesándome el leño.



































Hay buena información sobre el valle en: http://www.chileestuyo.cl/destino/valle-del-elqui/

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 Miércoles 10 de agosto, 2016