22 de enero de 2019

Para "Insectarium": Angel exterminador

Esta foto de una mantis religiosa, tomada por Martha Bronstein, sugiere una imagen de apocalipsis, en la que el insecto y su reflejo, como suspendidos en el cielo, figuran un terrible angel exterminador.

17 de enero de 2019

Palabras del escriba

Me preguntan —y me pregunto— qué es esto de escribir: qué lo impulsa y qué lo justifica. Se lo pregunta, tal vez, todo el que escribe de veras, todo aquél que se encuentra sorprendido frente al papel, pluma en mano (la imagen antiquísima se impone) y ve cómo va ésta dibujando, como por sí misma, filigranas de palabras en turbio tizón, brea oscura del pozo del que la abrevan las sombras. Quien escribe habita en el limbo del duermevela, bebe del manantial de lo incierto. Negra verborrea es su escritura, derrame incontrolable, flujo de las tinieblas que busca un cauce hacia la luz y el jardín radiante.

13 de enero de 2019

Autor de Labrapalabra. Tres breves narraciones de Alfredo Ávalos

Allá en el Norte 
Se sentaron a la mesa, José, María, Jesús y toda la plebe. Las mujeres trajeron las cazuelas humeantes. Cabrito pa' todos, dijo una, y los todos aprobaron con gritos y silbidos, saboreando de antemano la tierna y aromática carne. Se sirvieron los platos, se destaparon las cervezas y se rezaron las oraciones correspondientes antes de empezar la comilona. 
Una mujer notó entonces un sitio vacío, una silla pequeña donde debía estar su hijo Matías y preguntó por él.
La última vez que lo vi estaba jugando con Jesús, dijo una huerquilla.
El niño Jesús recordó los juegos de la mañana con Matías. Primero hicieron pajaritos de lodo que alinearon sobre una gran piedra al borde del arroyo y cuando hubo una docena lista, Jesús aplaudió y la parvada se echó a volar, ante la mirada de ah chingao pos ¿cómo le hicites? de Matías. Después anduvieron por las nopaleras comiendo pitayas que les dejaron la boca del color del manto que un día Jesús llevaría en el calvario. Jugaron a las carreras y Jesús se encabronó porque Matías le ganó. Pa que aprendiera el guey que al niño Jesús nadie le ganaba, lo convirtió en chivo y éste corrió a unirse a la manada que pastaba en las orillas del arroyo.
Sus padres lo miran fijamente, en silencio exigen una respuesta al huerco. Jesús se lleva la carne a la boca y parece decirles con la mirada; a comer amá, a comer apá, que esto, ni a chingadazos de mi verdadero padre hay manera de echarlo p’atrás.



Opticoid
El caso estaba documentado, pero nadie lo había atestiguado jamás. El último de su especie había nacido y muerto cientos de años atrás. Imposible, dijo el jefe del hospital mientras lo sacaban de su oficina para llevarlo a la sala de partos.  
Se abrieron paso entre la multitud de médicos, enfermeras y otros curiosos que se aglomeraban deseosos de echarle un vistazo al fenómeno. A empujones llegaron a la puerta detrás de la cual estaba el evento científico del siglo. La madre lo sostenía en brazos y lo arrullaba dándole el consuelo que iba a necesitar ante semejante tara con que tendría que afrontar la vida.  
Olvidándose de la precaución de los guantes, el jefe lo tomó con cuidado y lo movió frente a si una y otra vez observándolo a detalle con sus diecisiete ojos distribuidos en la cara, cuello, pecho y brazos.  El bebé dejó de llorar y pareció regalarle una mirada curiosa del único par de ojos con el que había nacido, herencia de una especie extinta.



Piratería
Por navidad papá me regaló un ángel. Es chiquito como una libélula. Le ha costado un huevo adaptarse a su nueva vida de juguete infantil. Heracles el gato, a quien le cuestan los dos huevos aceptarlo en la suya, lo persigue por toda la casa. El pobre se da de tumbos contra los vidrios de las ventanas tratando de huir de las garras felinas. Cuando Heracles se harta de torturarlo y se va a lamerse el culo el ángel se queda quieto, pegado el rostro al vidrio, viendo las nubes pasar. Entonces me acerco y le hago mil preguntas acerca del cielo y sus habitantes, pero no sabe nada. Dice que a él, lo fabricaron en China. 

10 de enero de 2019

Garabato


El arte del garabato está en que no es arte. Aunque se le parece por eso de que se produce inexplicablemente, como por inspiración, como dictado por una de esas musas de que tanto se habla por no pensar lo que se dice. Difiere del arte en que no requiere de talento ni de técnica alguna. No resulta tampoco a un proceso creativo largamente elaborado; más bien todo lo contrario: responde a un estado mental de suspensión, a una especie de enajenación, una huída por los recovecos del escondrijo.

8 de enero de 2019

Autores de Labrapalabra: “Frida y yo”, memoria de Eliana Rivero

A quien lea estas líneas le podrá parecer que pertenecen a una fantasía, pero no es así. Lo contado es autobiográfico y sucedió tal cual. Confieso que ahora me suenan estas palabras como si salieran de un cuento de Hans Christian Andersen o de una narración de Jorge Luis Borges, pero no: se escapan de las memorias de una joven que ya no lo es y que recuerda vívidamente episodios de una vida pasada.    
En Cuba, en la década de los cincuenta, había una jovenzuela que asistía a colegios privados y recibía instrucción académica de mujeres altamente capaces, con diplomas de sitios tan lejanos como el instituto Fermi en Italia. Tal era mi profesora de matemáticas, mujer de alta estatura física e increíble cabeza para las raíces cuadradas y todo tipo de números. Y mi profesora de química inorgánica era mujer de voz profunda y conocimientos científicos admirables; con ella aprendí la tabla de elementos y entendí que la plata era Argentum (y claro, de ahí el nombre de Argentina). Pero quizás mi maestra preferida era Lidia Braun, quien a pesar de su apellido germánico me enseñó las sutilezas del Poema de Mío Cid y las piraterías de Espronceda con sus canciones: ella me proporcionaba el alivio que las letras y el arte ofrecen a las ciencias. En cierto modo, yo fui una Cenicienta del conocimiento y tuve hadas madrinas que me guiaron.
Tal vez para recompensar mis arduos estudios fue en esa época que mi madre decidió redecorar mi habitación con telas satinadas color rosa para las cortinas y el cobertor, y colocó junto a mi cama, en una mesita tallada por un ebanista local, una muñequita china de porte delicado.


Vestía una chaquetita de raso color rosa y usaba una melenita corta, de pelo natural. Era muy linda y yo la amaba. Cuando me fui de mi país natal para no regresar, se quedó la muñeca en su sitio, y años después, cuando mis padres pudieron reunirse conmigo, atrás quedaron todos los adornos y los libros y los recuerdos de aquella niñez y juventud encantadas, que ahora en el recordar se me asemejan a un cuento de hadas. Nunca más vi a mi muñeca china.
Busqué por todas partes y durante años una que se le pareciera, aunque no tenía esperanza de encontrar una muñeca idéntica; tristemente, nunca la hallé. Hasta un día feliz e inesperado, casi medio siglo después, cuando una amiga querida me llevó a la casa azul de Frida Kahlo en Coyoacán, y allí—maravilla de maravillas—en el aposento donde sufrió la artista sus dolores, en una mesita junto a la cama, estaba mi muñeca china. Quiero decir que había una igual que la mía, idéntica en ropa y en expresión. Nunca podré olvidar la emoción del encuentro, ni la sensación de irrealidad que me embargó en aquel instante. ¿Sería la misma u otra igual? 



Hasta hoy he querido pensar que Frida y yo poseíamos el mismo gusto, aunque debo otorgarle el crédito a mi madre, quien la había encontrado y puesto junto a mi lecho. Pero quién sabe si el destino, sorprendente en sus encontronazos, quiso regalarme una sonrisa y ofrecerme un alivio casi en forma de milagro: saber que Frida y yo tuvimos, entre la pena de accidentes y abandonos, dolores y emigraciones, el consuelo de recordar a la misma muñeca que había velado nuestros sueños.



6 de enero de 2019

John Marin en San Antonio




El museo de arte de San Antonio (SAMA) he estado exhibiendo cerca de un centenar de obras—dibujos, grabados, óleos y acuarelas—del pintor norteamericano John Marin (1870-1953). La exposición ofrece una buena oportunidad de admirar en sus originales algunas de las muchas obras del artista que se pueden encontrar en el internet.

Toda exhibición de la obra de un artista es incompleta; no podría no serlo. Sólo un segmento de la misma, materiales dispersos de ese total que es la obra completa y que ni el propio artista—en perpetuo proceso creativo—puede alcanzar, se exhibe.



Y basta. El observador admira en los ejemplares seleccionados la perfección de lo que podría ser el conjunto completo.