3 de diciembre de 2018

Otoño y primavera

Como las otras dos estaciones del año, el otoño y la primavera se dan simultáneamente, cada cual en su hemisferio, ajena la una de la otra, ignorantes de su opuesta coincidencia: la de ser dos estaciones igualmente delicadas, sin los extremos de las otras dos y sus severas diferencias. 

Todo lo opuesto a la severidad del invierno y del verano son las delicias del otoño y la primavera. Estaciones de transición, las define lo intermedio del lento transcurrir de un estado extremo al otro. Son estaciones mesuradas, bella manifestación cada una de ellas del tiempo y su transcurso: nos evocan nuestra esencia en la fugacidad del ciruelo en flor y de la rosa; en el fulgor del oro breve del follaje del abedul y el ginko.

Tienen ambas —otoño y primavera— la tibieza del sol levemente inclinado, su luz suavemente esplendorosa; y ambas sacuden sus ramas coloridas al viento, a veces demasiado entusiasta, del norte en un caso y del sur en el otro. Desprendidos, pétalos y hojas secas vuelan en el aire fresco, cubren el suelo con tapiz de exótico diseño.

Belleza simultánea que el que viaja de norte a sur o de sur a norte y cruza la zona tropical de un hemisferio al otro puede gozar en el contraste que otorgan unas pocas horas de vuelo. Quien zarpa en noche de luna llena de primavera arriba en la madrugada de dorada luna de otoño. La velocidad del vuelo permite la experiencia conmovedora de apreciar casi simultáneamente la sutil perfección pasajera de ambas estaciones: la resurrección primaveral y el lento apagarse de las ascuas otoñales. 

Rara oportunidad para el que sabe apreciar lo no habitual de la experiencia viajera.

28 de noviembre de 2018

"Hace frío", un texto de Rebecca Bowman

Lo sentí al salir de la casa, el cambio de estación, el aire matutino de repente frío, un aire que hiere de lo gélido que está, el olor a leña y la sensación de que todo disminuye, que el mundo no se expande sino que se enrosca, se vuelve hacia sí mismo.
 Y nos alejamos del sol, todo el hemisferio busca la infinita sombra del espacio, como si se inclinara hacia la muerte. ¿Y yo?, ¿y yo? que cada año soy mayor, que cada año percibo los pequeños cambios que señalan mi deterioro, ¿qué busco?
Habrá momentos de consuelo, la cobija que ahora me tapa, el calor de un buen café, la chimenea en donde chispean unas llamas alegres. Estos pequeños placeres me son, con cada año, más importantes. Pero el fenómeno me confunde.  ¿Soy un árbol que pierde sus hojas para así sobrevivir el invierno? ¿Soy solo una hoja que empieza a encresparse, a volver hacia sí misma para marchitarse y caer? El tiempo requiere que algunos se vayan, que dejen lugar, y si soy parte de todo un universo, el insistir en quedarme sería un acto egoísta, un acto que pone en peligro a quien me seguirá. Y así como mis sentimientos también se secan, como con los años me he vuelto más dura y menos conmovible, mi propio deceso no me preocupa tanto.  Nos llenamos con una especie de algodón al envejecer, ni nos llegan las sensaciones igual, ni nuestras propias emociones son tan agobiantes. La muerte natural es un proceso tan lento que cuando nos damos cuenta de ella, ya tiene bien invadido nuestro sistema.
 En esto hay misericordia, porque al dejar de existir no habrá ni lamento ni gozo posible. Es solo la anticipación a la muerte lo que nos duele, y nuestro propio ser ha hallado la manera de mitigar ese sufrimiento. 
 Ya veo en los árboles los cambios de color, y cae de vez en cuando una hoja, una nuez. Las monarcas pasan por el bosque en camino a lugares más templados, y mi vitalidad, igual, se va esfumando sin que eso me tenga con cuidado.

Lago de otoño

Si sólo por compartir una fotografía añado esta entrada al blog en los días finales del otoño. Cuesta no dejare impresionar por estos días de esplendor.




25 de noviembre de 2018

Otoño ::: Fall

Otoño es, yo diría, el mejor período del año. 

Días como hoy, este último domingo de noviembre, lo convencen a uno de la excelencia de esta estación. Algo hay en su lento avanzar hacia el invierno que nos afecta de un modo inexpresable, algo que conmueve y tranquiliza. Algo que a la vez nos exalta y nos calma. 

Nuestro sistema se trastorna al extremo de alcanzar, sin saber cómo ni por qué, los estados más intensos de lo espiritual. Se diría que tiene esta luz de noviembre un fulgor de trascendencia, que la quietud del aire tiene el vibrar profundo de lo numinoso y que las cosas participan de un estar contemplativo.
            
Y todo esto porque el eje de la tierra se ha inclinado una vez más según un ritmo y una ley que pensamos inviolables. 

Año a año vuelve el otoño y siempre el mismo de otras veces. Contamos con su vuelta y lo recibimos y aceptamos como un bien indisputable, un derecho y un don que nos otorga nuestro estar en el tiempo. 

Ese mismo tiempo que nos dice que aunque siga el orbe en su girar interminable, para cada uno de nosotros habrá un último otoño, el impredecible otoño de nuestra última exaltada ilusión de lo trascendente.


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Fall is, I would say, the best time of the year. 

Days like today, this last Sunday of November, convince us of the season’s excellence. There is something in its slow movement towards winter that affects us in a way we cannot express, something that trouble us and gives us peace. Something that at the same time calms us and exalts us. 

Our system is transformed to the extreme of reaching, not knowing how and why, the most intense states of spirituality. One would say that this November light has the brightness of transcendence, that the quiet air has the deep tremor of the numinous, and that things are participant of a state of contemplation.
            
And all of this because the earth’s axle has tilted once more following a rhythm and a law we think inviolable. 

Year after year fall returns, and it is always the same as before. We count on its return, and we receive it and accept it as an indisputable good, as a right and a present we are given because we are in time. 

That same time that tells us that even if the orb continues in its never ending gyration there will be for each one of us a last fall, the unpredictable fall of our last exalted illusion of transcendence.

            

20 de noviembre de 2018

No muy en serio

Tendemos los que nos consideramos escritores —como tienden los artistas en general— a tomarnos a nosotros mismos y a nuestro oficio demasiado en serio. Nos atribuimos virtudes casi sobrenaturales y hacemos de nuestro arte y artificio una valoración exagerada, como si escribir fuera un acto próximo a la magia o a lo sagrado. 

No nos damos cuenta de que nuestro arte resulta de un talento como cualquier otro talento que, por diversas circunstancias históricas y sociales se lo ha revestido de un aura exagerada. Le viene ese carácter de superioridad de lo misterioso del lenguaje, capacidad humana que define la esencia de ser uno, la conciencia individual y su pasmo esencial, la sorprendida incertidumbre. 

Es virtud del escritor poner por escrito lo que todos sienten, imaginan y piensan. No es poco logro; pero no es tanto como para creer que un escritor es un ser extraordinario y la literatura un bien superior a tantos otros bienes creados por las variadísimas capacidades humanas. A cada cual le corresponde la suya en mayor o menor grado de excelencia. 

19 de noviembre de 2018

Poil de Carotte

Una de las breves narraciones de Jules Renard en Poil de Carotte (Pelo de Zanahoria) hace uso de la araña y un insecto atrapado en su tela para expresar la emoción del niño protagonista que se esconde en un cobertizo para escapar en sus ensueños. Me he atrevido a traducir la sección pertinente. 

"Se acercan las llamadas, los pasos.
—¿Pelo de Zanahoria? ¿Pelo de Zanahoria?
Una cabeza se inclina y Pelo de Zanahoria, reducido a una bolita, apretándose contra el suelo y la pared, muerto el aliento, la boca enorme, inmobilizada incluso la mirada, siente que unos ojos escudriñan las sombras.
—Pelo de Zanahoria, ¿estás ahí?
Las sienes hinchadas, sufre. Va a llorar de angustia.
—No está aquí, el animalito. ¿Dónde diablos está?
Se alejan, Pelo de Zanahoria relaja un poco el cuerpo, retoma su tranquilidad.
Su pensamiento recorre de nuevo largas rutas de silencio.
Pero un alboroto le llena los oídos. En el cielo raso un mosquito ha caído en una tela de araña, vibra y lucha. Y la araña se desliza por un hilo. Su vientre tiene la blancura de una miga de pan. Se detiene un instante, suspendida, inquieta, apelotonada.
Pelo de Zanahoria, encuclillado, la acecha, esperando el final, y cuando la araña trágica se avalanza, firme la estrella de sus patas y estrecha la presa para comérsela, se pone de pie, apasionado, como si quisiera su parte.
Nada más.
La araña asciende. Pelo de Zanahoria vuelve a sentarse, vuelve en sí, en su alma de liebre, donde está oscuro.
Luego, como un hilillo de agua entorpecido por la arena, su desvarío, falto de inclinación, se detiene, forma un charco y se aposa."

Jules Renard. Poil de Carotte,“Le toiton”.


"Des appels approchent, des pas.
 —Poil de Carotte? Poil de Carotte?
Une tEte se baisse et Poil de Carotte réduit en boulette, se poussant dans la terre et le mur, le souffle mort, la bouche grande, le regard mEme immobilisé, sent que des yeux fouillent l'ombre.
—Poil de Carotte, es-tu là?
Les tempes bosselées, il soufre. Il va crier d'angoisse.
—il n'y est pas, le petit animal. Où diable est-il?
On s'éloigne, et le corps de Poil de Carotte se dilate un peu, reprend de l'aise.
Sa pensée parcourt encore de longues routes de silence.
Mais un vacarme emplit ses oreilles. Au plafond, un moucheron s'est pris dans une toile d'araignée, vibre et se débat. Et l'araignée glisse le long d'un fil. Son ventre a la blancheur d'un mie de pain. Elle reste un instant suspendue, inquiète, pelotonnée.
Poil de Carotte, sur la poine des fesses, la guette, aspire au dénouement, et quand l'araignée tragique fonce, ferme l'étoile de ses pattes, étreint la proie à manger, il se dresse debout, passionné, come s'il voulait sa part.
Rien de plus.
L'araignée remonte. Poil de Carotte se rassied, retourne en lui, en son Ame de lièvre où il fait noir.
Bientot, comme un filet d'eau alourdie par le sable, sa rêvasserie, faute de pente, s'arrête, forme flaque et croupit."