31 de agosto de 2016

Cuento de Santiago Daydí-Tolson

LA CURVA FINAL

A la velocidad que iba calculó que la curva requeriría especial cuidado. Más cerrada que las  muchas que había tomado más arriba, bien podía darle problemas. Nada que no pudiera controlar, sin embargo. Se permitió un segundo de descuido para admirar el paisaje, que allí se ampliaba desde la altura a la inmensidad del mar. Dos o tres vueltas antes el camino había dejado de enrodarse entre cerros cortados a tajos monumentales y se había abierto a la extensión de un faldeo de leves colinas que terminaban en el mar lejano. La curva que quedaba por tomar iniciaba un descenso apenas serpentino y le daba un último abrazo al cerro, que allí mismo terminaba abrupto. La grandeza del lugar, que él conocía y admiraba como suyo, con su belleza agreste, de vastas perspectivas, le hacía gozar aun más la velocidad en el descenso. Apenas si podía darle miradas breves al paisaje, concentrado como tenía que ir conduciendo en el camino de trazado antiguo y, por lo mismo, pista inmejorable para su pasatiempo preferido.

Manejar lo más rápido posible por caminos dificultosos como éste le producía una satisfacción incomparable que necesitaba gozar a solas, sin las presiones que le imponía el trato con los demás. El paisaje de altura, con su horizonte interminable, era en este sector motivo principal de su gozo y un estimulante espléndido de esa sensación de libertad que ahora mismo lo desprendía de todo. Lindísimo el mar de esa mañana sin nubes; más lindo aún el encuentro del azul y el jaspeado de ese litoral de rocas escarpadas, donde el oleaje levantaba silenciosos penachos de espuma. En pocos minutos más estaría allí mismo, abajo, enfrentado al mar y su sonido y movimiento interminables. De pie ante el embate de las olas se dejaría bautizar una vez más de los golpes de agua que el viento levantaría hasta él, empapándole la cabeza y salándole los labios. Entonces podría volver tierra adentro.  

Volvió los ojos sobre la ruta: ya estaba encima de la curva. Al comenzar a tomarla comprendió que había cometido un error, que estaba cometiendo otro peor al reaccionar tan bruscamente. Supo que el auto ya no le obedecería, que dejaba de pertenecerle. Lo sorprendió la sensación de impotencia: nunca antes había conocido tal completa falta de control. Sintió una indignación avasalladora al no poder escabullir la responsabilidad de lo que estaba sucediendo. No era su costumbre admitir errores y le hería como algo insoportable tener que hacerlo ahora, precisamente ahora, cuando todo iba tan bien y no había que pensar en el futuro. Porque, ¿qué duda le cabía de que sería siempre lo mismo: un continuo proceso ascendente que no podría sino culminar en lo que ni él mismo en su ambición era capaz de imaginar? Fue la certidumbre del momento la que le dio en todo caso de apuro esa seguridad que hacía vacilar a los demás y lo llevaba siempre el triunfo. Cada día era para él un paso hacia arriba y no podía sino seguir siendo así porque siempre había sido así, desde que de niño sintió, bajo los golpes de la autoridad, que no era el suyo destino de dominado: que tendría que estar por encima de todos.

Más de alguna vez había sentido miedo; pero no era el miedo ahora su problema, sino el no dejarse dominar por el nudo en el estómago y el estupor. Esa misma sensación que en otros llevaba a la inacción o la huída a él lo enardecía, recordándole su energía más vital, y lo impulsaba a actuar de inmediato, por terribles que pudieran ser las consecuencias. Al escalofrío del peligro oponía la indignación. Pero ahora mismo su furia no le ayudaba para nada. Ante lo inevitable el miedo se le imponía; increíblemente trataba de tomar control: y lo estaba consiguiendo. A la indignación siguió la sorpresa de lo inconcebible. “No puede ser, no puede ser que este auto de mierda no pueda tomar la curva”. Ya sentía cómo las ruedas dejaban el camino y la tracción perdía frente a la inercia que lo hacía abandonar la ruta, como si el eje al cual se amarrara el auto en el giro apretado de la curva hubiese cedido, dejándolo seguir esa recta insistente que hacía una dicha ganar las vueltas del camino. Dicha de arriesgar el equilibrio en curvas tomadas cada vez con más velocidad en autos cada vez más aptos para tales retos. Y éste era el mejor de todos los que había tenido. No sería el último, porque habría otros muchos y mejores que vendrían con el tiempo, marcando cada uno un triunfo más, un nuevo peldaño en el ascenso que nadie podría detener.

Sólo una vez antes había estado en una situación desesperada, pero había sido a causa de la porquería de auto que manejaba entonces, una broma mecánica que se quedaba en las apariencias. También había tenido que ver su inexperiencia. Esa vez había terminado estrellando el auto contra un muro y la desdichada que iba con él había ido a dar al hospital, y no por pocos días. Por suerte el autito de juguete aquél era de ella, y ella era de los dos la mayor de edad y la que tenía permiso para conducir. Y fue ella la que resultó responsable de todo. El no había hecho más que dejar el auto medio encaramado en el parapeto y desaparecer antes de que llegara nadie a meter las narices. La del auto podía darse por contenta de que no la acusaron de abuso de menores; tenía que agradecérselo a él que la dejó sola y única protagonista del accidente. Incluso se había arriesgado a hacerle el favor de ir inmediatamente a su piso y llevarse cuanto pudiera incriminarla y alguna cosa más como indemnización por la pérdida que a él le significaba quedarse sin auto y sin cama y techo.

Pero eso había sido cuando apenas entendía nada de nada en el trajín de los días. Desde esa vez jamás había perdido el control de un auto, y que no se dijera que no se había arriesgado. La práctica irresponsable le había dado buenísimos resultados porque en más de una ocasión la experiencia lo sacó de aprietos, cuando el riesgo llamaba a la retirada. La rapidez, se vanagloriaba, era su aliada, “salvo en la cama, claro”, aclaraba antes de que nadie hiciera interpretaciones malintencionadas de lo que decía. Y en eso no mentía, porque, aunque no lo hubiera admitido, su mayor debilidad era precisamente la necesidad avasalladora de dejarse estar en largas tardes de caricias o simplemente siestas bien acompañadas en el abrazo. Desde niño había preferido a todo lo demás el abrigo de unos brazos. De la infancia recordaba las noches en que se acurrucaba a dormir en la cama de sus padres, o las siestas junto al padre que aprovechaba los fines de semana para adormecer su agotamiento. En algún momento que no podía recordar todo aquello había terminado: lo rechazaban, obligándolo a volverse a su cuarto a oscuras a soñar a solas; y sin entender por qué las siestas paternas también terminaron. Tuvieron que ser otros los cuerpos a que acudió buscando esa quietud del sueño acompañado y en la búsqueda se dio de lleno con un mundo en que la cálida dejadez del abrazo parecía un imposible.

Al perder contacto con la carretera el auto pareció ganar velocidad, como si hubiera dado un salto y estuviera a punto de echarse a volar. Sintió cómo el asiento en el que iba hasta el momento cómodamente arrellanado dejaba de abrazarlo con su piel de animal de compañía. Era el auto el que lo abandonaba ahora, rechazándolo para seguir su propio destino, libre ya de sus demandas de atención y cariño. El horizonte le pareció durísimo en su línea de encuentro de dos azules demasiado limpios, acerados. Pensó que junto al mar la aspersión de las olas estrellándose contra las rocas sería una llovizna demasiado fría sobre el cuerpo ansioso de la tibieza de otra piel. Ya no le pareció tan buena idea bajar hasta la costa y detenerse frente al mar hasta quedar empapado de esas aguas de incesante turbulencia.

La casa materna había dejado de ser lugar de abrigo y al cariño sucedieron la distancia y el enojo. En la soledad de una adolescencia ingenuamente sorprendida fue aprendiendo a distinguir entre lo más íntimo de su deseo y la necesidad de enfrentarse a los demás con la máscara hirsuta de la insensibilidad y el dominio. Ahora ya no le temía a nadie, pero nadie tampoco lo quería, nadie le podía dar esos ratos de quietud ansiados, que conseguía a medias con una u otra de las tantas que lo acompañaban y seguían.  Imposibilitado de dar a conocer su debilidad no se abandonaba con ninguna y sus encuentros no podían ser sino violentos y apresurados; sí, apresurados como todo en esa vida triunfadora del que no se había dejado dominar y dominaba.

Ahora conducía a solas, a solas se enfrentaba al momento de su mayor debilidad, cuando a la ira del darse cuenta de que había errado la seguía la conciencia de haber perdido por completo el control del automóvil. Reconocía, con un abatimiento del que se creía inmune, que ya no había vuelta atrás. Esta vez era él quien perdía. Al instante reaccionó, enfurecido esta vez por la mala suerte en la jugada, y apretó con más fuerza aún el volante, como si pudiera todavía recobrar el control y volver sobre la carretera que se escabullía a su costado. No era el momento de dejarse ganar por la debilidad del que acepta la realidad sin disputarle el derecho a transformarla a su voluntad y conveniencia.  Se negaba a aceptar que esa curva del diablo que tan bien conocía pudiera esta vez ganarle, burlarse de él, hacerle pasar el mal rato y la vergüenza de salirse del camino y tener que pedir ayuda para sacar el auto de sepa dios qué zanja o quebrada treinta metros más abajo del camino.

Fue en vano. Ya sentía la fuerza que trataba de arrancarlo del asiento, ya veía cómo el paisaje giraba sobre sí mismo, el horizonte convertido en un aspa en movimiento, esfumado ya el camino en una confusión de imágenes de cielo intensamente azul y de algo borroso y oscuro que se aproximaba avasallador como una roca al vuelo, un meteoro y su estallido desconsolador al momento del impacto. Alcanzó a comprender con agobiante claridad que otra vez, como entonces, cuando todo cambió de un momento a otro y se encontró completamente a solas, abandonado, la realidad se volvía incoherente y una tristeza superior a sus fuerzas le empapaba el cuerpo de una languidez de entrega. Esta vez, sin embargo, sintió la embriaguez maravillosa del abrazo.

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Miércoles 31 de agosto, 2016

24 de agosto de 2016

Ficción: Minicuentos de A. Pedraza y M. Brasca

Hoy ponemos a la consideración de nuestros lectores los minicuentos de los autores Alfondo Pedraza y Mónica Brasca. Les recordamos que todos los comentarios son bievenidos y uno de los propósitos de esta publicación es dialogar con las personas que visitan nuestro blog.

Dos mínimas narraciones de Alfondo Pedraza

Clásico.

Teje, desteje. Penélope es otra desde aquel “ahora vuelvo, voy por cigarros”.

El esperador esperado.

Para volver, Odiseo aguarda, desde hace añales, que la túnica esté completamente tejida.

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Y otro de Mónica Brasca:

Discreción unilateral
.

El traductor guardó en su maletín, bajo llave, la palabra que había omitido y se marchó de la reunión cumbre, seguro de haber puesto fin al eterno conflicto entre aquellos dos países.


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Miércoles 24 de agosto, 2016.

10 de agosto de 2016

Fotografías de Gary Keller

El Valle de Elqui, en Chile, la tierra de Gabriela Mistral,

¡Donde las fotos del medioambiente parecen pinturas en  el museo!

Tomadas por Gary Keller en una visita al lugar donde el espíritu franciscano de la escritora, allí enterrada, pareciera dominar ese paisaje austero, en el que se encuentran desierto y tierra fértil en los faldeos de la Cordillera de los Andes.


VALLE DE ELQUI

Tengo de llegar al Valle
que su flor guarda el almendro
y cría los higuerales
que azulan higos extremos,
para ambular a la tarde
con mis vivos y mis muertos.

Pende sobre el Valle, que arde,
una laguna de ensueño
que lo bautiza y refresca
de un eterno refrigerio
cuando el río de Elqui merma
blanqueando el ijar sediento.

Van a mirarme los cerros
como padrinos tremendos,
volviéndose en animales
con ijares soñolientos,
dando el vagido profundo
que les oigo hasta durmiendo,
porque doce me ahuecaron
cuna de piedra y de leño.

Quiero que, sentados todos
sobre la alfalfa o el trébol,
según el clan y el anillo
de los que se aman sin tiempo
y mudos se hablan sin más
que la sangre y los alientos.

Estemos así y duremos,
trocando mirada y gesto
en un repasar dichoso
el cordón de los recuerdos,
con edad y sin edad,
con nombre y sin nombre expreso,
casta de la cordillera,
apretado nudo ardiendo,
unas veces cantadora,
otras, quedada en silencio.

Pasan, del primero al último,
las alegrías, los duelos,
el mosto de los muchachos,
la lenta miel de los viejos;
pasan, en fuego, el fervor,
la congoja y el jadeo,
y más, y más: pasa el Valle
a curvas de viboreo,
de Peralillo a La Unión,
vario y uno y entero.

Hay una paz y un hervor,
hay calenturas y oreos
en este disco de carne
que aprietan los treinta cerros.
Y los ojos van y vienen
como quien hace el recuento,
y los que faltaban ya
acuden, con o sin cuerpo,
con repechos y jadeados,
con derrotas y denuedos.

A cada vez que los hallo,
más rendidos los encuentro.
Sólo les traigo la lengua
y los gestos que me dieron
y, abierto el pecho, les doy
la esperanza que no tengo.

Mi infancia aquí mana leche
de cada rama que quiebro
y de mi cara se acuerdan
salvia con el romero
y vuelven sus ojos dulces
como con entendimiento
y yo me duermo embriagada
en sus nudos y entreveros.

Quiero que me den no más
el guillave de sus cerros
y sobar, en mano y mano,
melón de olor, niño tierno,
trocando cuentos y veras
con sus pobres alimentos.

Y, si de pronto mi infancia
vuelve, salta y me da al pecho,
toda me doblo y me fundo
y, como gavilla suelta,
me recobro y me sujeto,
porque ¿cómo la revivo
con cabellos cenicientos?

Ahora ya me voy, hurtando
el rostro, por que no sepan
y me echen los cerros ojos
grises de resentimiento.

Me voy, montaña adelante,
por donde van mis arrieros,
aunque espinos y algarrobos
me atajan con llamamientos,
aguzando las espinas
o atravesándome el leño.



































Hay buena información sobre el valle en: http://www.chileestuyo.cl/destino/valle-del-elqui/

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 Miércoles 10 de agosto, 2016

3 de agosto de 2016

Cuento de Elsa Covián

VOCES.

Como siempre, hoy camino la misma calle, la misma ruta que recorro desde hace años con el viejo paisaje de testigo. En la esquina, el puesto de revistas, más adelante la parada del metrobús; negocios y escuelas iniciando labores y por todos lados gente, mucha gente. Cada quien en su propia versión del mundo.

Ya se que el cambio sucede constante, paulatino, pero siempre hay un momento en el que nos golpea para que no volteemos la cara y lo veamos de frente. Para que nos demos cuenta de que aún la sensación de que nada cambia es un ardid para protegernos del ancestral, profundo, visceral miedo a quedarnos sin puntos de referencia, de aquello que nos define y nos da una identidad. Que nos hace existir. Soy, porque me levanto a las siete todos los días, odio el jugo de naranja y leo media hora antes de dormir.

La rutina es ese camino de piedras que nos ayuda a cruzar un río impersonal e indiferente que acaba por aniquilarnos. Cada pequeño ritual es una forma de decir: Aquí estoy, dejando una marca en el tiempo. A veces pienso, ¿qué sería yo sin mis costumbres?

Aún se tiene la esperanza de encontrar sobrevivientes… Los gobiernos de Francia, Suiza e Italia enviaron  brigadas médicas para apoyar a la Cruz Roja… La Comisión Federal de Electricidad trabaja veinticuatro horas para reparar los daños…

Paso por la vitrina de una tienda de vestidos de novia. En mi juventud me paraba frente al que más me gustaba e imaginaba que era yo la que lucía esa prenda blanca y majestuosa que servía de marco para la felicidad que por fin había llegado. La frontera transparente parecía fundir la realidad de adentro con la de afuera, creando una ilusión casi perfecta. Luego entendí que las ilusiones siempre son perfectas, como trajes a la medida; si no fuera así, no quedaríamos a su merced. Desde hace años, ni siquiera volteo a mirar. Entendí que mi realidad era, por un lado el ruido, el caos, de la calle y por otro el silencio de la soledad añeja.

El gobierno mexicano se ha visto rebasado ante la magnitud de la tragedia… Cada minuto crece la lista de muertos y desaparecidos…

Me dirijo al mismo edificio viejo en Insurgentes 770 por el que, dicen algunos, se detuvo el tiempo. Su estilo es anticuado, pero el deterioro franco en el que se encuentra es un claro testimonio de que el tiempo nunca hace nido. Pasa, vuela, arrasa, llevándose todo: belleza, juventud, alegría, vida. Dicen que también el dolor, pero no es verdad. Si un viejo dolor se desgasta, llega otro que no hace sino continuar ese ruido de fondo que se escucha aún detrás de la canción mas alegre, como el gis de los discos de pasta. Podemos oírlo más o menos presente, creer a ratos que no está, pero ahí sigue, omnipresente, como el aire o el tiempo.

Destrucción en toda la ruta de Avenida de los Insurgentes… La Autopista Urbana Sur, la Súper vía Poniente y el Distribuidor víal San Antonio se colapsaron, causando la muerte de cientos de personas…

Me siento como en un sueño. Alguna vez le conté a mi amiga Sandra que a menudo me sentía así, como flotando en un mundo onírico poniendo en duda la realidad de lo que vivo. Ella me dijo, todo es como un sueño, así de ilusorio. Lo que llamamos realidad no es sino una proyección del color de nuestros hábitos. Yo me reí, pero en el fondo algo me hizo sentido.

Al morir mi madre, Sandra me aseguró que despertaría a los tres días creyendo que su muerte había sido sólo un sueño. Se incorporaría a su vida según sus viejos hábitos, pero al notar que nadie la escucha o ve y que incluso hablan de ella en su presencia sin el menor reparo, entraría en pánico. Buscaría desesperada su reflejo para constatar su existencia, pero no lo hallaría en ninguna parte. Háblale, dijo mi amiga, ahórrale esa angustia, despiértala de la ilusión de estar viva y dile que no tenga miedo.

Lo hice. Al cumplirse tres días de su muerte, fui al rincón en el que se sentaba todas las tardes y repetí como autónoma la letanía que me sugirió Sandra. Me sentí ridícula hablándole al sillón vacío.

A los pocos minutos, mi corazón dio un vuelco; no sé si fue producto de la sugestión, pero sentí como si mi madre hubiese respondido. Surgió en mí la necesidad de hablarle con la honestidad con la que nunca lo hice mientras estaba viva. Le agradecí, le dije que siempre la amaría, pero que tenía que dejarme ir. Un calor entrañable me envolvió, como cuando me abrazaba en mi infancia después de un mal sueño y luego se marchó. Lo sé porque desde entonces mi casa se siente aplastantemente vacía.

¿Qué hubiera pasado si en vez de despertarla como me dijo Sandra, nos hubiéramos quedado juntas, acompañándonos, siguiendo nuestra vieja rutina, cada una desde su propio sueño? Al menos ninguna de las dos estaría sola.

…A los tres días del terremoto de 9.3 que destruyó gran parte de la ciudad de México y varias poblaciones de Guerrero, Puebla e Hidalgo, sigue habiendo derrumbes…

Sigo caminando… Súbitamente, estoy de nuevo frente al edificio en el que vivo.

Ana… Ana

Es la voz de Sandra, ¿pero dónde está?

Ana, despierta de la ilusión de estar viva…

¿Ilusión?

En mi cabeza a punto de explotar se agolpan sueños, recuerdos…

Yo, sentada en el sillón de mi madre. La voz de metal anuncia la tragedia. Siento la primera sacudida como una explosión en las entrañas y el estruendo de la tierra se convierte en gritos, llanto de tantos allá afuera… yo estoy sola. Todo obscurece. El edificio se desmorona bajo mis pies. Tengo tanto miedo, pero no de morir, sino de sentir que el camino de piedras  se desvanece como un sueño. Mis puntos de referencia, mi identidad…Lo que me hace existir.

¡No quiero dejar de estar viva en este sueño de actos repetidos!

¡Qué será de mis costumbres… sin mí!

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Miércoles 3 de agosto, 2016

27 de julio de 2016

Poesía: Veintiún poemas de José Luis Mendizábal

SAGA DEL AIRE
Veinte poemas del aire y un suspiro

TACTO

Déjame olerte una vez más.
Abrir las alas de mi olfato,
mordisquear la trama del aire
y paladearla como un sabueso.
Sentir tu caricia con la brisa
y guardarla como un beso
dentro de mi entraña.



PESCA

Te huelo.
Te percibo en el viento.
Eres tú, no existe otra lógica.
Has tirado tus redes
al oleaje del aire
y es tu aroma
el perfecto señuelo  
para la boca de mi olfato.
Yo soy tu pez
y ambos sabemos
que picaré siempre
ese anzuelo
y su inevitable cebo.

TELAR

Justo en esa esquina
que ves a lo lejos,
al dar la vuelta,
sentí en mi cara
el golpe del aire
que traía en sus alas
tu aliento.
Entonces me elevé
como lo hace
un cometa sin miedo
y desde arriba
divisé nuevamente
la orografía de tu cuerpo.
Aire, aire travieso
eres como un bastidor
que siempre teje
un vestido nuevo
tuyo, que me pruebo.

RELOJ

Me impregna tu aroma.
Se convierte todo él
en mi atmósfera,
que todo lo abarca.
Desde el suelo al cielo
y desde el cielo al sueño.
Puedo así contar el tiempo
una y otra vez más.
Desde el suelo al cielo
y desde el cielo al sueño,
con la percepción
del vaivén del olor
de su ida y su regreso.

MUSICA

Toca el viento
sus arpegios
en el instrumento
afinado de tu cuerpo.

Prodigioso ejecutante
que obtiene
delirios de sonata
de tu voz exenta de pudor
y con tu entrega
appassionata

BUQUÉ

Como dedos
son los hilos de tu aroma
que utiliza
el vehículo de tu pelo.
Y es que hablan
el lenguaje de los  mudos
y preparan
el brebaje que me atrapa
y el licor
que en tu cuerpo
se destila
y me embriaga.

ÓLEO

La luz de la ventana
ha descubierto
en tu cama
las gotas de sudor
que escurren
por el lienzo de tu carne.
Un arcoíris ha pintado
en esos ríos
que crecen su caudal
al ritmo del pulso
de tu sexo.
Lujuria de colores
que se elevan
y trazan la bóveda
de nuestro cielo.

JUEGO

Un girón de tu vestido
levanta el niño del viento.
Me enseña
con su travieso juego
tu íntimo santuario
con todos tus secretos.
Luego ya no puedo
descolgar de la memoria
las columnas que
guardan a tu templo.
Soy presa y mi vista
me ha implicado
en toda tu extensión
y en tus adentros. 

CLIMA

Mis dedos alisios
recorren en cálidas
ráfagas de brisa
la geografía de tu cuerpo.
Húmedos besos
te llueven y
aumentan el caudal
de tus ríos,
ahogando en su cauce
la pasión de tus quejidos.
Dedos que se desplazan
de tus sierras a tus playas
y te visten del clima
que brota de mis manos.

CUERVOS  

Un pentagrama cuelga
y orea en el cielo.
Vuelan y se posan
las corcheas
creando melodías
que evocan la fricción
de nuestros cuerpos
y tu vaho en mis oídos
y el placer de lo prohibido
y el recato desbordado
y el cantar de tus gemidos.

ACUARELA

Aguamarinas del éter
pintan los nimbos y cirros,
como trazos de Nierman,
como Boteros por niños.
Son pinceles del viento
de obras fugaces y breves,
de niños embelesados
y uno que otro demente.
El cielo es lienzo pequeño
para abarcar tu figura
y si no puedo, borrarte
y volverme a la cordura.
Aguamarina del cielo
de un Van Gogh alucinado
¡Préndeme el cosmos por ella!
que quiero oler tus colores
que me evoquen a mi estrella.

DANZA

La parvada  baila en el aire
en el proscenio del cielo.
¡Qué hermosas coreografías!
escribe el maestro viento.
Así es, cuando tú caminas
y te quedas con mi aliento,
dibujando caleidoscopios
con los giros de tu pelo.

CÉFIRO

Te filtras  por las rendijas
como quisiera yo hacerlo.
Eres aire que me recorre
por los recovecos del cuerpo
Silbas en mis estrechos
y en mis remansos, silencios
y cuando duermo en tus brazos
me acaricias con tus dedos.
Viento templado y ligero,
tan húmedo, como tus besos.

MEMORIA

Se deshacen los sueños
como cirros por los vientos
y el rocío se nos muere
bajo los rayos de Helius.
Pero tú nunca te pierdes
estas siempre patente,
resguardada de todos
bajo mi críptica mente.

Y en las frescas mañanas
como brisa desciendes
y en las noches del desvelo
como conjuro apareces.

VELETA

Si yo pudiera cambiar
el rumbo de tu mirada,
como el viento lo hace
con mi veleta de casa
o convertirme yo todo
en una giralda de alientos
y poder ser de tu aroma
un chalado catavientos.

MOLINOS

Enemigos del Quijote
con sus gigantes brazos
en la llanura manchega
rompen el aire a pedazos.
Tal vez haces lo contrario
con esos tus brazos blancos,
pues el aire que despiden
lo aglutinas en mi olfato.
Y así, en esa alba llanura
te recorro con mis pasos
respiro el aire que emanas
y con lanza y a caballo
elimino a todo gigante
que corte tu aire a pedazos.

GOURMET

Cuando pasas a mi lado
con ese andar descuidado,
cada estela que tú dejas
vuelve al aire sazonado,
con la esencia de tu cuerpo
en  un plato  degustado
que me como a pedacitos
y  disfruto con mi olfato.
Y es que olerte es comerte
un banquete al paladar
que es guisado en el aire
y  que hierve con tu andar.   

SAETA

Gime el viento en las copas
de los árboles,
como saetas que rasgan
el telón del cielo.
Diez saetas tienen mis manos
cuando recorren tu templo
y lo hacen gemir
con el roce de los dedos.
Y tus  murmullos quedan
como ecos fatigados
del hablar de las saetas
que a tu cuerpo han venerado.

PAS DE DEUX

Sus pies
no tocan el suelo
sus brazos
no llegan al cielo
suspendidas
en el aire
son torbellinos
del viento.
Mariposas sin alas
trompos
de giros soberbios.
De la tierra
se desprenden
como hojas
por el viento
y en ráfagas sus pasos
escalan hacia el cielo.
Yo solo imito
sus vuelos
como si fuera
un juego
para llegar en ventiscas
y poder apagar
tu fuego.

ANEMOSCOPIO

Desde la manga del viento
un caballero escondido
que toca todas las pieles
con sus múltiples vestidos.
Desde la brisa templada
al vendaval galopante,
como un exótico monzón
o un siroco agobiante.
Con atuendo del cálido ostro
o arropado del frio mistral,
la turbulenta tramontana,
el seco y sucio levante,
los alisios que acarician
y el jasmin tan sofocante.
Pero de todos estos ropajes
de este caballero andante.
Yo me quedo con tu vaho
que sopla desde tu boca
y  hace temblar mi carne.

SUSPIRO

Y después,
cuando el viento ya no sople,
cuando todo este calmo,
cuando no se mueva una hoja del árbol;
Te diré algo:
- Sé que no respiro
si no comparto el aire contigo.
Y es que si no estás,
el aire se seca en mi garganta
y pierde su camino,
y la pausa
como ensayo de agonía
se vuelve suspiro.
Mi aire no está en el viento
que mueve a los molinos,
no cabalga en los ijares
de las flechas,
no levanta hojas del suelo,
ni a las nubes deshace,
ni juega en rascacielos.
Mi aire nace
directo de tu boca,
como vaho que destierras
de tu entraña
y trastorna mis sentidos.
Es tu hálito invisible
que al sentirlo me estremece
y despierta el magma de mi carne
que me hierve.
Es susurro encendido
en mi oído
que convence.
Son tus dedos en tropel
como navajas
que cortan a mi aliento
cada vez que me recorren
como vientos.
Esas ráfagas gestadas
en las fallas de tu cuerpo.
Por eso la esperanza
de mezclar nuestros respiros
esta siempre latente
y aguarda el respirarnos,
nuestro suspiro.

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Miércoles 27 de julio, 2016

20 de julio de 2016

Cuento de Silvia L. Cuesy

Sólo ustedes lo saben.

Malhaya la tarde en que lo conociste, Nacho. Me di cuenta de inmediato. Ese instante cambió tu suerte. ¿Te acuerdas? Pues claro que te acuerdas. Incluso el todopoderoso de la nación te lo dijo: ese hombre sólo te traerá dolores de cabeza, conozco su estirpe. Pero ya era tarde para enterarte de lo que no querías saber. Cuando te topaste con él, tu línea del destino quedó trazada. No pensaste en otra cosa sino averiguar quién era, y pronto tu gente te lo dijo. Te aturdiste con su galanura y su porte bragado. Una apremio se te metió en la piel, y las ganas de conocerlo te desbordaban los poros. La idea de que fuera rebelde e indomable te avivó una extraña mirada sólo entendida por los que sabían tus secretos. Tú que entonces manipulabas la Cámara a tu antojo; tú que poseías innumerables tierras y eras dueño del destino de tantas personas, tenías que acercártele. Los caballos sirvieron de pretexto. Tú presumías los más finos del país; él era el mejor arrendador de la región.

Hoy sí piensas en Amada, ¿verdad? Estás agonizando en esa cama del Hospital Stern, Nacho, y ahora sí la llamas. Maldito. Ojalá también te acuerdes de lo mucho que la hiciste sufrir. Año tras año la dejaste sola en Navidades y aniversarios, además de los otros trescientos cincuenta y cinco días del año, si descontamos los ocho en que quizá la llevaste al teatro o a algún baile porque así te convenía hacerlo. Desdichada. Deambulaba por cualquiera de las casas, ya fueran las de la capital o en alguna de las haciendas. Sola en su hogar, sola en los ajenos. Sus lamentos, zumbidos molestos a tus oídos… Nacho, ya no quiero que me miren con lástima cada vez que llego sin ti a una fiesta. Nacho no soporto los cuchicheos detrás de las copas de cognac o los abanicos… Sola, porque ni un hijo le quisiste dar; ni para cubrir las apariencias o acallar las malas lenguas. Rehuías las miradas de tu esposa suplicando caricias, y el contacto de sus manos sobre las tuyas te revolvía las entrañas. Por las noches escuchaste sus pasos detenerse a la puerta de tu habitación y no abriste ni siquiera para un Buenas noches. ¿Qué te costaba sacrificarte un poquito con tal de cumplirle el deseo de la maternidad? Te vas a morir pronto, Nacho, y esa mujer merecía por lo menos el consuelo de un heredero. Ella te dio fidelidad y devoción, y tú le devolviste penas y vergüenza. Ya no tendrá otra opción que cuidar sobrinos y morirse de vieja con los brazos vacíos.

Ni el azúcar producido en todas tus haciendas lograba endulzarte el carácter, bromeaba tu suegro con el resto de la familia. Fuiste siempre tan arrogante. Las fotos no mienten, en ellas pareces estatua de conquistador moderno. Un sportman de revista: mano a la cintura, bigote retorcido a manera de káiser mexicano, chaqueta de tweed, pantalón golf y boina de lana: pura moda inglesa, no hay duda. ¡Ah! qué diferencia ¿verdad? Y ahora, mírate ahí tan vulnerable con el trasero purulento reventado por las almorranas; alrededor, enfermos que al igual que tú tienen los minutos contados; sin embargo ninguno del mismo mal, ninguno se retuerce tanto en la cama para calmar sus dolores, y ninguno tan arrepentido de sus pecados mientras suplica y llora. Espérate tantito, desgraciado, Amada no tarda, viene en camino desde México. Llevaba meses buscándote; en la capital, en Morelos, bajo las piedras. Seguro dio gracias a Dios y a los santos del Cielo cuando le llegó la nota furtiva en la que le avisabas, desde Veracruz, que ya ibas rumbo a Nueva York. Ni ella misma supo cómo había sido la huida. No importa si fue mediante su ayuda o la de otros, no interesa si fue un milagro Divino. Vendió las alhajas que le diste en lugar de amor después de que los rebeldes le quitaron a tu familia cuanta pertenencia tenía; esas joyas eran su esperanza de no depender de los parientes y de la supuesta herencia de su padre. Viene a firmar la autorización para que los médicos te sometan a una cirugía. Sorteó obstáculos y lágrimas en medio de tiempos convulsionados. Quiere estar a tu lado y cumplir con su deber de esposa abnegada. Pareces cadáver, quién sabe si aguantes. Por lo menos dale ese único gusto. Espérala vivo, infeliz.

Utilizabas a la gente. La movías a placer para proteger tus intereses. Para eso son el poder y el dinero, decías. Confabulaste con tus colegas diputados para acabar con el gobierno de Madero, mandaste a tu chofer a rentar un auto frente a La Alameda; uno de los coches que llevarían al presidente y al vicepresidente a su encuentro con la traición y la muerte, junto a la penitenciaría de Lecumberri. Pensaste que acabado su gobierno todo volvería a ser igual y los capitales, tuyos y de tu camarilla, estarían a salvo.

¿Qué no corrías peligro en la zona de Morelos? Emiliano me debe incontables favores y allá soy el único hacendado que puede transitar seguro, afirmabas. Vamos, qué inocente. ¿Ya con darle trabajo en tus caballerizas te iba a vivir agradecido? ¿Ya con ser tu patrón de campo? ¿Creíste de veras que con librarlo de la leva del 98 regimiento te lo echabas a la bolsa? Poca cosa para un hombre como Miliano, ¿no? Tú y yo sabemos por qué acumuló y guardó odio hacia ti y por qué le llegó el momento de sacarlo ¿Te protege para agradecerte tus favores estúpidos o te mantiene preso para poder deleitarse mes a mes, semana a semana, día a día con su venganza? ¿El silencio es tu contravenganza? Él nunca va a abrir la boca. El silencio es su salvación. Con tu silencio quieres provocar rumores. Las habladurías no lo van a destrozar, cabrón; tú no vas a destruir su lucha social. Su reclamo de justicia va a trascender tiempo y espacio y el silencio de los dos. Ya lo veremos. Lo que él haya podido hacer o no es cosa que no le importa a nadie, ahora o cien años después sus ideales quedarán en las conciencias de sus seguidores.

¿Ser un preso en esas condiciones era a lo que tú llamabas estar a salvo? ¡Caray!, más te valdría haberte quedado en manos de los carranclanes. Por ser de tu clase, tal vez te hubieras entendido mejor con ellos para llegar a un acuerdo. En cambio, Emiliano es diferente ¿no? Él defiende a los campesinos de gente de tu calaña. ¿De dónde sacas que te va a proteger si es tu enemigo? A cuenta de qué te va amparar si lo que quiere es el desquite y no sólo por el despojo de tierras a los pueblos. Esa revancha es por aquello escondido tras el silencio que ni tú ni él se atreven a romper.

Te acuerdas del rayo que te partió al verlo, no del lugar. No sabes si fue en la hacienda de Atlihuayán donde andabas de visita o si fue en la de San Carlos Borromeo, propiedad de tu familia, ¿o fue en la tuya de Tenextepango? Desde entonces lo contrataste, lo protegiste y lo procuraste a pesar de los consejos en contrario que te dábamos tantos, incluso don Porfirio. Ni él pudo domeñar tu prepotencia y tus actos, tal vez para no afligir a su pobre hija o quizá para no enfrentarse a ti, cabeza de empresarios y políticos. Ni él, vencedor de numerosas batallas, en contra de nacionales y extranjeros, te metió en cintura. Ni siquiera cuando en su tercera presidencia, y aún era joven y rebosaba vitalidad, los gendarmes te descubrieron en una fiesta vestido de mujer, y él te reprendió con suma dureza a la mañana siguiente. Era el colmo. Mientras sus palabras paseaban por tus oídos, tú sólo pensabas en lo linda que lucías vestida de holanes y la finura de tu talle al apretar el corsé y el color carmín tus mejillas. Cuando su vigor había ido mermando al tratar de meter en cintura a un país ingobernable ¿iba tu suegro a lograr cambiarte? Te advirtió, no obstante te dejó hacer al igual que siempre. Desde el principio valores entendidos, Nachito, él era la fuerza política, tú la económica; cada uno necesitaba del otro. Don Porfirio emparentaba con un acaudalado empresario y le daba a Amada, amada hija, el marido que la muchacha jamás hubiera soñado tener. Aunque era muy hermoso recibir los cumplidos y atenciones del soltero por quien suspiraban las jóvenes casaderas de la capital, maldito su estigma, esa marca no se borraba.

Desde el momento en que conociste a la señorita Díaz, en los elegantes jardines del Tívoli del Eliseo, tomaste la decisión. Capitalizaste su bastardía, pues, por lo mismo, aunque reconocida por su padre, no se atrevería a cuestionarle nada al cónyuge perfecto. En las tertulias familiares, cuando se formalizó el noviazgo, no te importó fingir una atracción que no sentías y ahí sí fuiste pródigo en halagos y suspiros. Entonces tú, Nacho, te convertiste en el yerno del que ya se perfilaba como gobernante egregio. Amada sería tu pantalla para tus perversiones y, asimismo, tu contrafuerte en asuntos políticos y financieros. De lo primero te olvidaste pronto y tu descaro fue evidente; de lo segundo sacaste la gran tajada. Tras el derrocamiento del viejo, diste todas las patadas de ahogado que la situación te permitió, hasta que caíste cautivo de Miliano quien, presumías, iba a ser tu salvador. Te mandó sacar de Lecumberri, donde te habían refundido los carrancistas luego de encontrarte temblando en una casa de la Ciudad de México; parecías un indefenso ratoncillo incapaz de urdir ningún plan en complicidad con el régimen usurpador.

Seguiste sin hacerme caso. Ya estabas con la cruz volteada, Ignacio, no eras de la gracia de ninguno de los bandos. Sin una explicación lógica, el estado mayor morelense te dio una segunda oportunidad, a pesar de ser hacendado no te hicieron nada y te vigilaron muy de cerca en Lerma; pero, rufián al fin, volviste a salir con tus triquiñuelas, así que terminaste en esos jacales del estado de Morelos y llegó la hora de enfrentar la venganza de Miliano. Te abandonó a tu suerte y ante la exigencia de sus hombres te entregó a la tropa; no hubo escapatoria ni del jacal ni de los piojos ni de tu destino. Si me hubieras escuchado aquel malhadado instante no estarías aquí muriéndote, arrepentido de haberte fijado en el charro prieto de mirada impenetrable. Mes a mes, semana a semana, jornada a jornada, varias veces al día, soldados embrutecidos por el alcohol y el resentimiento, entraban sobrados y salían satisfechos de la choza y tú, Nacho, tú no eras más que la puta de todos.

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Miércoles 20 de julio, 2016