9 de noviembre de 2018

Ante el mar, callar

Ante el mar, callar . . . Qué más queda.


El susurro de las olas y la resaca que acarician la arena de la playa parece decirlo todo, misteriosamente, sin palabras.

He caminado un par de kilómetros por el sendero que sigue la costa escarpada, de roqueríos en el que revientan las lentas olas del mar matinal, hasta llegar al paseo de la playa que se extiende al sur hasta el sector de los altos edificios frente al mar. Me he sentado a estar en el lugar y el momento infinitos.


Si no fuera por el golpe sucesivo de las olas se diría que el tiempo se ha detenido en la eternidad. Inmensurable la extensión del mar y su horizonte ilimitado.   

Mínimo, el espíritu se expande, sorprendido de sí mismo y su osadía. Pero insiste el cuerpo en su biológica temporalidad: late el cronómetro de lo vivo, de lo que apenas perdura, efímero suspiro.

Ante el mar, qué más queda que callar y contar, acompasados, el palpitar del pulso —determinado— y el continuo de las olas.





8 de noviembre de 2018

Por la mañana

Me he dado tiempo esta mañana para tomar unas notas y he estado escribiendo afuera, al aire libre, sentado en el banco del jardín, junto al rosal en flor, enfrentado al paisaje que hoy desaparece tras la niebla matinal. Viene la niebla del mar y se irá disipando a medida que avance el día; no alcanza a enfriar el aire y se está muy bien en la calma aromática de la primavera. 



Huele bien el jardín. Corre una muy leve brisa que mueve apenas las ramas del damasco cargadas de frutos que ayer no más eran diminutos y hoy son como gemas de color entre las hojas verdes. 






La brisa también hace avanzar a la niebla entre el follaje oscuro de vegetación nativa que, intacta en medio de la ciudad encaramada, cubre las lomas inmediatas que forman la honda quebrada hacia la que se precipita el jardín.





Poco a poco se levanta la niebla dejando paso al sol.

Cantan los pájaros, cerca y lejos. Varios se acercan a comer del plato que el gato dejó a medias vacío.

Desde la ciudad alrededor llega el rumor intermitente de su actividad y el ladrido de algún perro.

Con la niebla que se ha ido se va también la mañana. Por la tarde el viento tendrá el vigor entusiasta de un día de primavera. 

7 de noviembre de 2018

Un ritual de viaje

Ritual —o más bien capricho— de mis viajes ha sido desde hace mucho comprar una o varias plumas y libretas en los lugares de paso o estadía pasajera. He acumulado así unos cuantos objetos que, relacionados con mi manía de tomar demasiadas notas a toda hora, me recuerdan a veces las diversas evasiones del autoengaño y la ilusión.

Hace unos días, y satisfaciendo mi capricho, he cumplido con el ritual al comprar en una pequeña papelería atiborrada de productos de escritorio, una libreta francesa y una pluma alemana, ambas nada caras; ambas, por casualidad, negras.

Me servirán en estos días de visita al lugar que dejó de ser mío hace ya más años de los que quisiera contar.

Invariablemente, cada nueva libreta se presenta, con sus prístinas páginas en blanco, como la oportunidad perfecta para escribir eso que jamás se podrá escribir, lo imaginado como inconcebible.


Esta nueva libreta no es excepción, como no es excepción tampoco sentir que esta pluma, que inauguro escribiendo el borrador de estas líneas, será el instrumento que escriba lo que no he podido escribir con ninguna de las muchas plumas con que he escrito a lo largo —tan largo— de los años.*

Cierto es —y hay que anotarlo— que compite con la pluma y la libreta este computador portátil y su agilidad tan apropiada a las demandas del momento y a la aparentemente obligada necesidad de dar cuenta del viaje para satisfacción de posibles lectores atentos a las novedades que todo viajero experimenta.

Es con el teclado y la pantalla, al fin y al cabo, con los que compongo esta nota. La pluma y la libreta sirven para más íntimos sentimentalismos.



*Adviertan los estilistas que la repetición de un mismo verbo en tan pocas líneas no ha sido resultado de un descuido sino, todo lo contrario, de una voluntaria pretensión.

1 de noviembre de 2018

Pasión de la rosa


Tiene la rosa 


la efusión de la hermosura 


y su fugaz delirio.

                           
                                   

31 de octubre de 2018

A pasos de paseo

Habituado al uso del automóvil individual, el viajero cree conveniente arrendar un auto por las varias semanas de estadía en la ciudad y región donde muchos años antes se movilizaba a pie, en bicicleta y en las varias alternativas de movilización colectiva. El tráfico excesivo y el trazado de calles y caminos, cuyas dificultades no está acostumbrado ni preparado para sortear, lo convencen de la conveniencia de evitarse problemas y dolores de cabeza y, en vez de movilizarse en un auto privado, hacer uso, de nuevo, como en otros tiempos, del pie —ya no tan ágil como entonces— y de la movilización colectiva, que ofrece las opciones del bus, el metro, el taxi colectivo, el taxi privado e incluso el Uber.




Caminar ha sido siempre una buena opción cuando se trata de cubrir breves distancias, sobre todo si el trayecto se cumple por calles y paseos agradables. Así, por ejemplo, un paseo por los jardines a la orilla del mar o por una costanera junto a la playa en un día luminoso y refrescado por la brisa marina ofrece la triple virtud del ejercicio al aire libre, la admiración del contorno y la evocación sentimental de otros paseos similares de tiempo atrás, ese tiempo que no tiene por qué sentírselo como mejor que el actual, y que en la memoria enriquece la experiencia presente. 


Así mismo, recorrer calles conocidas que se desconoce por lo cambiadas, no deja de ser una actividad valiosa para la salud física y mental. El mundo cambia como cambia uno y si el paso hoy es más lento, pausado por la nosgalgia, el lugar también difiere del recordado, sin ser mejor ni peor, sino solo diferente. Al paso pausado el pensamiento divaga gratamente, motivado por las impresiones confundidas de lo actual y su versión de antaño. 


Entre lo nuevo —construcciones modernas en alto donde solo había casas con jardín y la altura la determinaban las palmeras más viejas, las araucarias, los vetustas ceibos, los sicomoros, castaños y acacias de calles, avenidas y plazoletas diseñadas por los abuelos— aparece lo todavía intacto o apenas transformado: un caserón convertido en oficinas, los árboles que el desarrollo urbano ha respetado, el rincón típico de la pobreza que, incapaz de ponerse al ritmo del progreso, se mantiene igual, con su mismo aspecto descuidado de garajes sucios, tenducos miserables y coloridos, puestos de fruta, perros dormidos al sol que los transeuntes evitan respetosamente.

Al ritmo del pie, tanto más vívido que el paso insensible del automóvil, la ciudad renace del recuerdo y es idéntica en su esencia a la que se conoció de niño. Podrá ser muy diferente en algunos aspectos —más moderna, más caótica, menos ciudad jardín— pero en su esencia sigue igual: su espíritu está vivo en la profundidad de su carácter propio, suma de una infinidad de datos de sutil efecto que confirman su identidad inviolable: espacio geográficamente esplendoroso, clima delicadamente caprichoso, actitudes, costumbres, aromas, sonidos, árboles y flores son todos factores entre otros —muchos más — que es imposible discernir en el estado de efusión que produce el caminar lo conocido.

Cumplido el paseo ha de buscarse el medio de movilizarse a más distancia. Sea esta aventura motivo de otra entrega.

28 de octubre de 2018

Volver: un imposible.

Pretender volver al lugar en que —se cree— uno fue feliz es un error. Volver es un imposible: tal lugar no existe sino sólo en la mente, en el inventado ámbito sentimental de la añoranza. La "sensación de retorno —dice Baroja— es triste. La canción de la infancia que se oye de viejo es melancólica". Lastimoso es, por eso, quien quiere volver al recuerdo del pasado, su invención, el aparentemente inofensivo engaño de la memoria que reniega del presente en que se vive inexorablemente.