20 de noviembre de 2018

No muy en serio

Tendemos los que nos consideramos escritores —como tienden los artistas en general— a tomarnos a nosotros mismos y a nuestro oficio demasiado en serio. Nos atribuimos virtudes casi sobrenaturales y hacemos de nuestro arte y artificio una valoración exagerada, como si escribir fuera un acto próximo a la magia o a lo sagrado. 

No nos damos cuenta de que nuestro arte resulta de un talento como cualquier otro talento que, por diversas circunstancias históricas y sociales se lo ha revestido de un aura exagerada. Le viene ese carácter de superioridad de lo misterioso del lenguaje, capacidad humana que define la esencia de ser uno, la conciencia individual y su pasmo esencial, la sorprendida incertidumbre. 

Es virtud del escritor poner por escrito lo que todos sienten, imaginan y piensan. No es poco logro; pero no es tanto como para creer que un escritor es un ser extraordinario y la literatura un bien superior a tantos otros bienes creados por las variadísimas capacidades humanas. A cada cual le corresponde la suya en mayor o menor grado de excelencia. 

19 de noviembre de 2018

Poil de Carotte

Una de las breves narraciones de Jules Renard en Poil de Carotte (Pelo de Zanahoria) hace uso de la araña y un insecto atrapado en su tela para expresar la emoción del niño protagonista que se esconde en un cobertizo para escapar en sus ensueños. Me he atrevido a traducir la sección pertinente. 

"Se acercan las llamadas, los pasos.
—¿Pelo de Zanahoria? ¿Pelo de Zanahoria?
Una cabeza se inclina y Pelo de Zanahoria, reducido a una bolita, apretándose contra el suelo y la pared, muerto el aliento, la boca enorme, inmobilizada incluso la mirada, siente que unos ojos escudriñan las sombras.
—Pelo de Zanahoria, ¿estás ahí?
Las sienes hinchadas, sufre. Va a llorar de angustia.
—No está aquí, el animalito. ¿Dónde diablos está?
Se alejan, Pelo de Zanahoria relaja un poco el cuerpo, retoma su tranquilidad.
Su pensamiento recorre de nuevo largas rutas de silencio.
Pero un alboroto le llena los oídos. En el cielo raso un mosquito ha caído en una tela de araña, vibra y lucha. Y la araña se desliza por un hilo. Su vientre tiene la blancura de una miga de pan. Se detiene un instante, suspendida, inquieta, apelotonada.
Pelo de Zanahoria, encuclillado, la acecha, esperando el final, y cuando la araña trágica se avalanza, firme la estrella de sus patas y estrecha la presa para comérsela, se pone de pie, apasionado, como si quisiera su parte.
Nada más.
La araña asciende. Pelo de Zanahoria vuelve a sentarse, vuelve en sí, en su alma de liebre, donde está oscuro.
Luego, como un hilillo de agua entorpecido por la arena, su desvarío, falto de inclinación, se detiene, forma un charco y se aposa."

Jules Renard. Poil de Carotte,“Le toiton”.


"Des appels approchent, des pas.
 —Poil de Carotte? Poil de Carotte?
Une tEte se baisse et Poil de Carotte réduit en boulette, se poussant dans la terre et le mur, le souffle mort, la bouche grande, le regard mEme immobilisé, sent que des yeux fouillent l'ombre.
—Poil de Carotte, es-tu là?
Les tempes bosselées, il soufre. Il va crier d'angoisse.
—il n'y est pas, le petit animal. Où diable est-il?
On s'éloigne, et le corps de Poil de Carotte se dilate un peu, reprend de l'aise.
Sa pensée parcourt encore de longues routes de silence.
Mais un vacarme emplit ses oreilles. Au plafond, un moucheron s'est pris dans une toile d'araignée, vibre et se débat. Et l'araignée glisse le long d'un fil. Son ventre a la blancheur d'un mie de pain. Elle reste un instant suspendue, inquiète, pelotonnée.
Poil de Carotte, sur la poine des fesses, la guette, aspire au dénouement, et quand l'araignée tragique fonce, ferme l'étoile de ses pattes, étreint la proie à manger, il se dresse debout, passionné, come s'il voulait sa part.
Rien de plus.
L'araignée remonte. Poil de Carotte se rassied, retourne en lui, en son Ame de lièvre où il fait noir.
Bientot, comme un filet d'eau alourdie par le sable, sa rêvasserie, faute de pente, s'arrête, forme flaque et croupit."


13 de noviembre de 2018

La situación constante

“Hay gente que tiene hambre y no tiene qué comer, y gente que tiene qué comer y no tiene apetito  . . .  Esta gran armonía de la vida les induce a unos a creer que hay Providencia y a otros a hacer política conservadora para que no se pueda perder un estado de cosas tan halagüeño”. 

Escribe Pío Baroja hace casi un siglo atrás en El gran torbellino del mundo. No creo que hagan falta comentarios.


9 de noviembre de 2018

Ante el mar, callar

Ante el mar, callar . . . Qué más queda.


El susurro de las olas y la resaca que acarician la arena de la playa parece decirlo todo, misteriosamente, sin palabras.

He caminado un par de kilómetros por el sendero que sigue la costa escarpada, de roqueríos en el que revientan las lentas olas del mar matinal, hasta llegar al paseo de la playa que se extiende al sur hasta el sector de los altos edificios frente al mar. Me he sentado a estar en el lugar y el momento infinitos.


Si no fuera por el golpe sucesivo de las olas se diría que el tiempo se ha detenido en la eternidad. Inmensurable la extensión del mar y su horizonte ilimitado.   

Mínimo, el espíritu se expande, sorprendido de sí mismo y su osadía. Pero insiste el cuerpo en su biológica temporalidad: late el cronómetro de lo vivo, de lo que apenas perdura, efímero suspiro.

Ante el mar, qué más queda que callar y contar, acompasados, el palpitar del pulso —determinado— y el continuo de las olas.





8 de noviembre de 2018

Por la mañana

Me he dado tiempo esta mañana para tomar unas notas y he estado escribiendo afuera, al aire libre, sentado en el banco del jardín, junto al rosal en flor, enfrentado al paisaje que hoy desaparece tras la niebla matinal. Viene la niebla del mar y se irá disipando a medida que avance el día; no alcanza a enfriar el aire y se está muy bien en la calma aromática de la primavera. 



Huele bien el jardín. Corre una muy leve brisa que mueve apenas las ramas del damasco cargadas de frutos que ayer no más eran diminutos y hoy son como gemas de color entre las hojas verdes. 






La brisa también hace avanzar a la niebla entre el follaje oscuro de vegetación nativa que, intacta en medio de la ciudad encaramada, cubre las lomas inmediatas que forman la honda quebrada hacia la que se precipita el jardín.





Poco a poco se levanta la niebla dejando paso al sol.

Cantan los pájaros, cerca y lejos. Varios se acercan a comer del plato que el gato dejó a medias vacío.

Desde la ciudad alrededor llega el rumor intermitente de su actividad y el ladrido de algún perro.

Con la niebla que se ha ido se va también la mañana. Por la tarde el viento tendrá el vigor entusiasta de un día de primavera. 

7 de noviembre de 2018

Un ritual de viaje

Ritual —o más bien capricho— de mis viajes ha sido desde hace mucho comprar una o varias plumas y libretas en los lugares de paso o estadía pasajera. He acumulado así unos cuantos objetos que, relacionados con mi manía de tomar demasiadas notas a toda hora, me recuerdan a veces las diversas evasiones del autoengaño y la ilusión.

Hace unos días, y satisfaciendo mi capricho, he cumplido con el ritual al comprar en una pequeña papelería atiborrada de productos de escritorio, una libreta francesa y una pluma alemana, ambas nada caras; ambas, por casualidad, negras.

Me servirán en estos días de visita al lugar que dejó de ser mío hace ya más años de los que quisiera contar.

Invariablemente, cada nueva libreta se presenta, con sus prístinas páginas en blanco, como la oportunidad perfecta para escribir eso que jamás se podrá escribir, lo imaginado como inconcebible.


Esta nueva libreta no es excepción, como no es excepción tampoco sentir que esta pluma, que inauguro escribiendo el borrador de estas líneas, será el instrumento que escriba lo que no he podido escribir con ninguna de las muchas plumas con que he escrito a lo largo —tan largo— de los años.*

Cierto es —y hay que anotarlo— que compite con la pluma y la libreta este computador portátil y su agilidad tan apropiada a las demandas del momento y a la aparentemente obligada necesidad de dar cuenta del viaje para satisfacción de posibles lectores atentos a las novedades que todo viajero experimenta.

Es con el teclado y la pantalla, al fin y al cabo, con los que compongo esta nota. La pluma y la libreta sirven para más íntimos sentimentalismos.



*Adviertan los estilistas que la repetición de un mismo verbo en tan pocas líneas no ha sido resultado de un descuido sino, todo lo contrario, de una voluntaria pretensión.